¿Qué pasó, Michelle? - El Mostrador

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¿Qué pasó, Michelle?

por 4 mayo, 2007

"La política es una mierda", espetó Bachelet hace dos semanas, según el diario La Tercera, y nadie lo desmintió. Cierta o no, de seguro la frase refleja crudamente el estado de ánimo de la Presidenta: a estas alturas, lo único que debe querer es irse para la casa. Uno puede imaginarla despertándose en la mitad de la noche, con sudor y pesadillas, embotamiento y taquicardia. Se estará preguntando con angustia, con impotencia, qué pasó, qué carajos sucedió, cómo fue que se esfumó tan rápida, tan brutalmente esa suerte de estado de gracia que parecía acompañarla a todos lados. The dream is over? ¿Qué pasó, Michelle? ¿Cómo fue que, en un cerrar de ojos, en menos de cuatrocientos días, el sueño casi casi parece haberse terminado?



El escenario es, en cierto modo, patético. Guarenes grandes y guarenes chicos huyen del barco entre sirenas de naufragio. Bachelet de pronto se ha convertido en el pianista, y todos disparan contra ella. Primero fueron Flores y sus astutos, después la artillería del Colorín y compañía, más tarde el bueno de Ominami, y suma y sigue. Ahora resulta que el gobierno es también responsable de los terremotos, y si mañana aparece un tornado en La Serena será también la grandísima culpa de Bachelet. El domingo asomó Juan Villarzú, un técnico tan neutro y disciplinado hasta hace tan poco, y dio por concluida la faena: "La Concertación ya no tiene nada que ofrecer", dijo, sin más. ¿Quién será el próximo? ¿Quién será el último en apretar el gatillo cuando de la fiesta ya no quede ni una vela?



Nadie duda de las buenas intenciones de la Presidenta, ni de su temple de luchadora empecinada, ni de su talante democrático y abierto, y sólo el machismo más recalcitrante ha puesto en cuestión su inteligencia. ¿Y entonces? Simplemente sucedió lo del bolero: la chica decía sí, y hacía no, decía no, y hacía sí. ¿Voluntarismo? ¿Ligereza? ¿Inercia? ¿O es acaso que el pianista no tenía dedos para el piano?



Michelle prometió cambiar el maldito binominal, y para hacerlo puso nada menos que a Boeninger a la cabeza de la comisión respectiva; o sea, al gato a cargo de la carnicería: Boeninger al mando de un proceso que debía precisamente acabar con la hegemonía infinita de los Boeninger y todos los personajes como él. Luego prometió "caras nuevas", y que nadie se repetiría el plato, pero acabó de tripas corazón pidiéndole agua a otro sempiterno, Viera Gallo, un operador travestido que, después de pedirle perdón a Pinochet, en la última década concentró todos sus esfuerzos, todos, en cultivar vínculos con la derecha y en estrechar relaciones con la iglesia. ¿Esa era la mentada ciudadanía? ¿Esa era la famosa sociedad civil?



¿Han dejado de multiplicarse un décimo menos los faraónicos balances anuales de las AFPs? ¿Algún chileno es hoy un centavo menos esquilmado por las isapres que lo que era antes?



Como el niño rico del colegio, el ministro de Hacienda es, en este sistema, el dueño de la pelota. Nada, en ningún ámbito, es posible sin su pontificio visto bueno. Nada. Y el supremo elegido de Bachelet es otro chico bien intencionado como ella, Andrés Velasco, uno de esos técnicos que vocean su desprecio de toda ideología, pero aplican a rajatabla ideología y nada más que ideología desde la mañana hasta la noche. Dicho de otro modo, y por citar sólo un ejemplo, un soporte significativo de Expansiva ha sido el Banco Mundial. El mismo banco que -como recordaba la notable Naomi Klein en estos días- obligó a cobrar aranceles en las escuelas de Ghana a cambio de un préstamo; que exigió que Tanzania privatizara su sistema de agua; que puso como condición privatizar las telecomunicaciones en Centroamérica a cambio de una ayuda tras el huracán Mitch; que exigió "flexibilidad laboral" después del tsunami asiático en Sri Lanka; que le negó la sal y el agua a Ecuador cuando osó gastar parte de sus ingresos petroleros en salud y educación, etcétera.



Nadie le ha preguntado a Andrés Velasco por qué acepta que todos los bancos ingresen al millonario negocio del sistema de pensiones, menos el Banco de Estado. Nadie le preguntó por qué se empeñó en lanzar el Transantiago con dos chauchas y un criterio de autofinanciamiento y de mercado, cuando en todos los países desarrollados, incluido su admirado Estados Unidos, en el transporte público tiene un rol determinante el Estado. Él dirá que es sólo un asunto técnico, que nada tiene que ver la ideología, ¿no, Michelle?



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Pablo Azócar. Periodista

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