Y los derechos políticos de los jóvenes, ¿cuándo? - El Mostrador

Domingo, 19 de noviembre de 2017 Actualizado a las 20:37

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Y los derechos políticos de los jóvenes, ¿cuándo?

por 19 mayo, 2007

Una realidad asfixiante para nuestro sistema democrático está constituida por la desafección de los jóvenes por la política, entendida como participación activa en la vida institucional y en la resignificación del sistema democrático. Entre las razones de la retirada de facto podemos encontrar diferentes motivos, todos ellos, conjugados en una misma línea ondulante de profunda insatisfacción: distanciamiento pragmático de las elites y la clase política, ritualización y privatización de lo público, desencanto frente a las opciones metamorfoseadas de actores políticos que no pueden diferenciarse en sus discursos y en sus prácticas. El agravio es concreto y no admite interpretaciones sesgadas: cerca de tres millones de jóvenes no están validados (acreditados) para ejercer sus derechos políticos y, por tanto, no pueden ejercer el principio básico de participación política: elegir y ser elegido a través del voto libre e informado de las autoridades representativas del espacio colectivo. El sistema electoral los deja fuera en la doble trampa de requerir la inscripción en los registros respectivos y, al mismo tiempo, obligar bajo penas civiles el cumplimiento de lo que es un derecho, no permitiéndoles optar por ejercer el derecho a voto en conciencia, la cual, también, puede determinar no manifestarse en este sentido.



Esta "pandemia" de desafección está determinada por tendencias que cruzan las fronteras de los países occidentales, sean éstos, desarrollados o no. Tiene que ver con el significado atribuido por las personas a la constatación de la hegemonía unipolar en el ejercicio del poder y, en términos generales, con la instalación de un "síndrome de la sospecha" sobre las intencionalidades ulteriores de las decisiones, como señala Humberto Eco. En lo instrumental, en el espacio nacional, el detonante es un sistema binominal único en el mundo, que consagra un virtual empate entre mayorías y minorías, dejando la expresión del voto en un acto vacío de opinión vinculante. No obstante, la adscripción y valoración del ideario democrático alcanza una positiva adhesión y valoración en el mundo juvenil, la racionalidad simbólica, lo que podemos llamar la ética de la democracia es considerada en gran estima por los jóvenes.



La desafección está en su carácter instrumental. Es el sistema de representación democrática lo que está en entredicho, comenzando por la clase política y la mala evaluación del instrumento central del juego democrático: los partidos políticos y, en continuidad, los conglomerados actualmente vigentes. El núcleo de la crisis se encuentra en la pérdida de legitimidad del aspecto esencial que permite el funcionamiento del sistema de representación: los mandatados no cuentan con la confianza y el beneplácito cívico de los jóvenes. Los pingüinos así lo demostraron. La representación instrumental está desvinculada de la voluntad, las aspiraciones y deseos del mundo juvenil. Aquí encontramos un círculo perverso que podemos interpretar de este modo: el mundo político no tiene lectura y oferta para el universo juvenil, los mantiene fuera ya que su comportamiento imprevisible puede modificar profundamente el actual estado de situación. Así, la prudencia aconseja concentrar el juego elite-electorado en el mundo adulto, socializado políticamente de acuerdo a una racionalidad predecible. En esta adultocracia es conveniente, mantener las lealtades ya cautivas, concentrarse en la estabilidad que aporta el mundo adulto e incluso, el cada vez más reconocido, estamento del adulto mayor. Por lo tanto, frente a los jóvenes la distancia social se refuerza al no incorporarse sus temas, porque no aparecen sus problemas, intereses y expectativas. Al mismo tiempo, los jóvenes al verse no considerados, invisibilizados de las agendas, de los proyectos de ley, -solo se los considera como estudiantes o trabajadores, no en cuanto a jóvenes/ciudadanos, propiamente tales- tienen la convicción de no perderse nada al mantener una actitud de resistencia en el margen para no legitimar un sistema de funcionamiento político que los niega y del cual se desconfía por la utilización y manipulación que pueden ser objeto al tiempo que concurran a validarlo. Entonces, el círculo se cierra y se refuerza en sus consecuencias de exclusión.



El mundo juvenil refrenda esta instalación que la clase política hace de ellos en el margen de la política o de su quehacer político, lo cual alimenta y sostiene una circularidad excluyente. La pregunta pertinente, por tanto, es: si la clase política no se siente cómoda teniendo ubicados a los jóvenes en esta posición, fuera del mercado electoral, ¿la entrada de estos tres millones de jóvenes, acaso, no significaría incertidumbre para la repartición del poder? De este modo, no se quiere asumir el riesgo de verse con actores sociales nuevos, con otras demandas, más creativos, informados y empoderados en la persecución de sus anhelos. Demandantes de soluciones que no pueden ser satisfechas con diagnósticos improvisados y de corto plazo. Posiblemente, con su inclusión la política alcanzaría un nivel importante de renovación y sus discursos se validarían con una base social más cercana y verdadera.



A partir de una alta participación del mundo juvenil en el ejercicio de sus derechos políticos, se potenciaría la apertura para la construcción de necesarios derechos sociales y culturales que no han estado en la agenda y que deben incorporarse en lógicas de integración ciudadana para generar un círculo virtuoso en que la democracia se sustantiviza con los contenidos propios de todos sus diferentes actores.



La solución está sobre la mesa: inscripción automática y voto voluntario. El planteamiento comienza en el discurso público a tomar cuerpo y se instala en un sentido común difícil de revertir. Es así, que incluso, el único candidato presidencial de la derecha en estos momentos, lo ha reafirmado. Esta es la solución para un problema que de no corregirse a tiempo puede convertirse en un boomerang para una democracia que no puede renunciar a mayor madurez y coherencia de una vez por todas. Las palabras están empeñadas es el tiempo de la voluntad.



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Sergio González Rodríguez. Psicólogo y Antropólogo, Doctor en Psicología (U. de Chile), Académico de la Facultad de Humanidades, Usach.

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