Bachelet, El Mercurio y la credibilidad - El Mostrador

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Bachelet, El Mercurio y la credibilidad

por 30 mayo, 2007

"Escepticismo general" titula este domingo El Mercurio en la primera de su cuerpo de Reportajes, aludiendo a una encuesta que muestra el recelo de la gente frente a las medidas anunciadas por la Presidenta el 21 de mayo. Lo que no dice El Mercurio, o lo que soslaya esta encuesta, es que la desconfianza es generalizada y va mucho más allá de Bachelet: se extiende como una mancha vergonzante a toda la clase política. Y nadie venga, 17 años después, a echarle la culpa al sonsonete nasal de "los señores políticos" de Pinochet. Eso es historia. Hoy, una tras otra, las consultas ciudadanas van mostrando inexorablemente que todos los capitostes del gobierno bajan más o menos en picada, pero la oposición y sus galgos tampoco suben ni mucho menos: Ä„todos al despeñadero!



Otra consultora, el Barómetro del Cerc, hizo durante años y cada tres meses una pregunta singular: ¿cuánta confianza tiene usted en nuestras instituciones políticas, sociales y culturales? El resultado fue sintomático y bastante sorprendente. Entre una veintena de posibilidades, la institución que genera más confianza resulta ser Carabineros de Chile (54 puntos sobre 100). ¿Y la que da menos confianza de todas?: Ä„los partidos políticos! (9). Le siguen, de abajo para arriba, o sea de más malo a menos malo, la Cámara de Diputados (18), el Poder Judicial (19) y el Senado (20). Es decir, aparte de los jueces y sus tramoyas, todos los peor calificados son políticos.



¿Qué pasó? ¿Cómo llegamos a esta situación tan penosa para el propio sistema democrático? Sucedió que la política fue paulatina y deliberadamente despojada de su alma. El pueblo fue apodado gente, a los ciudadanos los convirtieron en meros consumidores, los sacaron de cuajo del escenario con un sistema electoral hermético e inaccesible, y la política empezó a ser ejecutada por una elite que se fue repitiendo como en un mal sueño y acabó convertida en un club cerrado y casi vitalicio, suerte de millonaria cámara de los lores o nomenklatura a la soviética.



En términos generales, el político profesional es hoy un tipo que no vive en la comuna o región de sus representados, sino que los "visita" como un médico con prisa; que no le habla a la gente cara a cara, sino a través de la televisión; que no defiende proyectos realmente propios, sino que adecua su discurso a los guarismos de los sondeos o a las sugerencias de unos "técnicos" electorales, una plaga muy bien remunerada de periodistas y sociólogos que inventaron este truco para eludir la cesantía. ¿El día de un político? Por la mañana se mete en su automóvil con vidrios polarizados, habla por celular mientras avanza, estaciona en un subterráneo y sube raudamente por un ascensor hasta una oficina también polarizada en un piso catorce y se reúne con esos expertos y expertillos que le exhiben gráficos y cifras. El resultado es la conocida política del "cosismo", el corto plazo a lo Waldo Mora, lo facilón, el cálculo cicatero.



¿Alguna idea propia (buena o mala), algún planteamiento ético, ya no digamos algún sueño de país? Nada de nada. La fórmula es llenarse la boca, por ejemplo, con la delincuencia, o las riñas en las poblaciones, y piden cárceles y más cárceles, cómo es posible, aunque Chile sea el segundo país con más cárceles por habitante en el mundo, y hablan y despotrican contra La Pintana con la arrogancia y la seguridad de quien habla del patio de su casa, pero de La Pintana no tienen la más peregrinísima idea, por allí ni siquiera han pasado en automóvil, pues no queda en camino al aeropuerto. El drama del Transantiago es un ejemplo: fue diseñado por especialistas de laboratorio, individuos con postgrados que nunca anduvieron en micro, o que ya hace demasiados años dejaron de practicar el arte ciudadano por excelencia que es caminar por la calle.



¿Por qué uno de esos realities de la televisión, que proponen pruebas tan épicas y tan grandiosas, no le pide a un político que sobreviva el mes de julio, digamos, o agosto, con 150 mil y ni un peso más en el bolsillo? ¿O que trate de resistir un mes, solo eso, un mes, en la misma casa y comiendo lo mismo que los deudores habitacionales, esa gente de mal gusto que insiste, una y otra y otra vez, en aguarnos y mearnos la fiesta?



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Pablo Azócar. Periodista y escritor

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