La integración regional - El Mostrador

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La integración regional

por 30 mayo, 2007

Cada día más me convenzo de que la paradiplomacia, esa política que de algún modo es táctica y estrategia a la vez, y que consiste en tejer y poner a trabajar vínculos cooperativos entre instancias subnacionales de gobierno de distintos países, sean estas regionales, provinciales o comunales, se constituye en nuestro mundo globalizado e interdependiente, en una poderosa herramienta de afianzamiento de las relaciones internacionales. Y en tal sentido, debe ser asumida como una dimensión de importante y comprobada eficacia para el logro de los objetivos estratégicos de nuestra política exterior. Sobre todo si dicha política aspira, como debe aspirar toda política gubernamental, a redundar en oportunidades y beneficios tangibles para los ciudadanos.



Consecuente con tal convicción, suelo repartir mi tiempo como embajador entre los contactos con las diversas instituciones nacionales radicadas en la capital Bucarest, y mis continuos periplos por este extenso, bello y sorprendente país cuya transformación se verifica ante nuestros propios ojos. Conociendo su realidad más profunda y verdadera, e interactuando con los Prefectos (nuestros Intendentes) y los Primar (nuestros Alcaldes), con el propósito de identificar intereses comunes y reflejarlos en acuerdos de cooperación. De tipo y objetivos de los que precisamente acabamos de formular y poner en marcha entre ciudades rumanas y contrapartes chilenas como Valparaíso, Valdivia, y Punta Arenas.



Precisamente en eso andaba, transitando por la mítica región de Transilvania, cuando me tocó pasar por una aldea campesina. En aquel pueblo se celebraba en ese momento una feria del tipo de las que son muy tradicionales en las regiones campesinas europeas y de todo el mundo y que como se sabe, a fines de la Edad Media, dieron origen a las ciudades tal y como hoy las conocemos. Esos eventos, casi siempre celebrados en alguna encrucijada de caminos y organizados en honor de un santo patrono, convocan a personas de diversos pueblos y aldeas cercanas quienes concurren a vender sus mercancías, las que incluyen animales, alimentos, vestuario y útiles para la labranza. Pero que por sobre todo proporcionan una ocasión propicia para encontrarse y confraternizar. Tal y como suele ocurrir nuestro propio campo chileno.



Fue entonces en que conversando con el Primar de la aldea, este me contó que dicha feria tenía, según se sabía, mas de 300 años de historia, pero que en esta ocasión, por primera vez el expendio de alimentos estaba separado estrictamente de la exhibición y venta de animales, los que a su vez estaban separados de los productos agrícolas, y distantes de los puestos de vestuario u utensilios. Me dijo, en otras palabras, que la feria había debido transformarse completamente en su tradicional y más que tres veces centenaria forma de funcionamiento, y que todo aquello había ocurrido, por disposición de los organismos pertinentes de la Unión Europea, a la que Rumania acababa de integrarse.



Con un una serenidad que no podía ocultar del todo un cierto dejo de amargura y resignación, el Primar me contó además en los próximos meses los campesinos del lugar, y de toda Rumania, debían encarar la dolorosa misión de arrancar todos los viñedos de las llamadas cepas no nobles, que las producciones de vinos artesanales deberían de desaparecer totalmente en un plazo breve y perentorio y que lo mismo ocurriría con otras producciones de alcoholes, quesos y productos elaborados a partir de la carne de cerdo, producidos hasta ahora en las propias casas y con técnicas antiquísimas, en primer lugar, para el propio consumo familiar.



Las disposiciones sanitarias de la UE son muy estrictas, me dijo el Primar, y no queda más remedio que acatarlas rigurosamente. Es doloroso, agregó, porque todas estas costumbres tienen que ver con nuestra forma de vida, la de nuestros padres y nuestros abuelos, pero lo asumimos con un costo que debemos pagar por nuestro ingreso a la UE, que estamos seguros nos traerá progreso y desarrollo. Ahora atenemos más esperanzas en un futuro mejor para todos nosotros, y especialmente para nuestros hijos, concluyó el Primar.



Fue precisamente esta última frase del Primar la que me dejó pensando y me dio el pretexto perfecto para escribir esta nota. Efectivamente, la integración regional se constituye en un objetivo tan urgente como necesario en todos los continentes. Ella entraña enormes beneficios, como otras experiencias lo comprueban fehacientemente, pero no esta exenta de esfuerzo y sacrificios grandes o pequeños para su concreción.



En el caso de América Latina, la integración implica ni más ni menos la oportunidad, quizás la única, de que podamos ser considerados en el tablero mundial y que por lo mismo nuestros intereses sean tomados debidamente en cuenta. Esta circunstancia por si sola ya sería razón suficiente para que nos tomáramos el objetivo integracionista mas en serio, pero están además las sinergias, las complementariedades de toda índole y la atmósfera de paz y cooperación que los auténticos procesos de integración traen aparejados. Tal y como ocurre cuando existe la conciencia que los destinos de los unos y los otros pasan a estar íntimamente entrelazados y a ser por lo mismo interdependientes y solidarios entre sí.



La integración es efectivamente capaz de beneficiarnos a todos por igual, tal y como la propia experiencia de la Unión Europea lo prueba categóricamente. Pero también, es preciso tener claro que su viabilidad nos impone sacrificios y acaso renunciamientos en pro de un bien mayor, como el propio caso de la aldea rumana lo grafica a un nivel micro y se quiere anecdótico.



Actualmente la UE agrupa a 27 países que totalizan 500 millones de habitantes. En su entorno geográfico y político se hablan 23 idiomas y en su actual territorio han tenido lugar un gran número de conflictos armados, incluidas las dos devastadoras guerras mundiales.



Sin embargo, la UE que empezó su trayectoria en 1951 con la modesta Comunidad del Carbón y el Acero, hoy posee un Parlamento y un Tribunal Comunitario, una moneda única y avanza no sin tropiezos tras la Constitución común. La UE se ha constituido en un actor decisivo e influyente de los procesos internacionales en todos los campos, y no cesa de plantearse nuevos desafíos que profundicen y fortalezcan su unidad. No hay ni que decir que de la UE nadie quiere salirse, más bien, sobran los candidatos a entrar.



Muy distinta es, desafortunadamente, la situación en América Latina. Desde los tiempos de Simón Bolívar, la retórica integracionista ha hecho correr anchurosos ríos de tinta y saliva. Entre las miles de toneladas de literatura producidos en torno a la buena nueva de las bondades de la integración, no se ha dejado de mencionar las condiciones así llamadas "objetivas" que avalarían y facilitarían tal propósito urgente e impostergable.



Para empezar, se subraya la herencia histórica y cultural común, que incluye por cierto nuestra lengua, la religión predominante y otras tantas características del ser latinoamericano, que pueden encontrarse desde el Río Grande hasta la Tierra del Fuego.



Se recuerda que hace más de cien años, por lo menos, que nuestra Región no experimenta conflictos bélicos de magnitud y en términos generales, se puede afirmar que los latinoamericanos vivimos mas o menos en paz los unos con los otros.



Como si todo esto fuera poco o insuficiente, se subraya que tenemos problemas comunes: infraestructura deficiente, carencias energéticas, y un largo etcétera de obstáculos para nuestro desarrollo, cuyas soluciones escapan a nuestras posibilidades como naciones independientemente consideradas.



Desde hace al menos 50 años los latinoamericanos nos hemos pasado inventando, reinventando o superponiendo nuevas instituciones, las que "ahora sí harán posible la integración". Y no dejamos pasar ocasión, sean estas cumbres de jefes de estado o cualquier otro evento en que nuestros lideres se vean las caras o se estrechen calurosamente las manos, para volver a escribir en las declaraciones conjuntas alguna cosa que vuelva a dar testimonio de nuestra común e irrenunciable voluntad de integrarnos ¿Y entonces que es lo que está fallando, que es lo que sobra y que es lo que falta?



Modestamente creo que lo que falla y especialmente falta, es la generosidad. Una y otra vez, a todos por igual, nos traiciona nuestro egocentrismo nacional. El creer que se puede construir la integración, pero bajo nuestras condiciones y conceptos, y sobre todo, cautelando milimétricamente nuestros supuestos intereses nacionales permanentes, sin querer conceder nada sustantivo a cambio a la otra parte.



Sea aquello una pequeña franja de territorio, un arancel favorable para el comercio de un determinado producto, un proyecto de infraestructura que irrogue mayores gastos para una parte en beneficio de la otra, el agua que el uno reclama, el gas que precisa el otro, la negociación amistosa de un cierto litigio, y una larga lista de pequeñeces y torpezas que pone la desnudo la falta de auténtica voluntad y pragmatismo para alcanzar la integración que se proclama.



Como si todo esto fuera poco, se observa que en último tiempo y nuevamente al contrario de lo que ocurre con otros procesos de integración exitosos, la cuestión de la integración latinoamericana se convierte en una cuestión política en el sentido partidario.



La derecha, en toda Latinoamérica casi sin excepciones, cuando no se opone abiertamente la obstaculiza siempre que puede y por todos los medios, demostrando que para este tipo de pensamiento, todo lo que existe más allá de las fronteras nacionales, sigue signado por la incertidumbre, el peligro y la agresión inminente y desastrosa.



El pensamiento de izquierda y el progresismo en general, por su parte, desde tiempos inmemoriales viene proclamando la integración regional como una cuestión esencial de su programa político. Pero la mayoría de las veces incurriendo en el error de estimar que este objetivo es tan urgente, necesario y acaso obvio, que no hace falta ni siquiera explicarlo para que sea abrazado con pasión por la ciudadanía de cada uno de nuestros países.



Es decir, de alguna manera se razona sobre la integración de un modo semejante al que en algún tiempo se razonó respecto al socialismo. Un propósito tan necesario, ineludible y natural, tanto como que el día sucede a la noche, y que por lo mismo debía de ser impuesto sin más tardanza, incluso por la fuerza si hubiese necesidad.



He aquí entonces la segunda falencia, la falta de una pedagogía integracionista. No es obvio ni mucho menos demostrable que los latinoamericanos estén efectivamente convencidos de la necesidad y urgencia de la integración regional, más bien se podría decir que perfectamente podría demostrarse lo contrario. Si hay dudas al respecto, pues miremos como nuestros respectivos países siguen observando, en primer lugar, a sus vecinos latinoamericanos más próximos.



La integración como objetivo estratégico necesita ser razonada y explicada metódicamente. La conciencia de su necesidad histórica no habrá de emerger como por arte de magia, sino como resultado de un proceso deliberado de socialización de sus virtualidades. Ni más ni menos como ha ocurrido en Europa y otros continentes.



Solo así, como el Primar de nuestra historia, la gente será conciente que sin generosidad, sin apertura de mente, sin la capacidad de comprender que este objetivo mayor nos impondrá renunciamientos y eventualmente esfuerzos y sacrificios, ni más ni menos como todo lo que en nuestra vida vale verdaderamente la pena, no será posible dar el salto que permita una integración verdadera y mutuamente beneficiosa. Todavía estamos a tiempo.



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Carlos Parker es embajador en Rumania, concurrente en Bulgaria

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