Descontento democrático: Ä„Cuidado! - El Mostrador

lunes, 23 de abril de 2018 Actualizado a las 12:48

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Descontento democrático: Ä„Cuidado!

por 14 junio, 2007

La presión social ciudadana para lograr una verdadera participación política, después de 17 años de transición a la democracia, desborda los canales institucionales que nos legó la dictadura y las corruptas prácticas que son su consecuencia. Si la Concertación no cambia esos métodos, que la contaminan, y sobre esa base enfrenta a la derecha y los poderes fácticos para restablecer la democracia plena, se incrementarán los estallidos espontáneos de protesta callejera, inestabilidad que puede desembocar en el populismo, ya sea a la Berlusconi o a la Chávez.



Transición atada y bien atada



Franco anunció que dejaba las cosas atadas y bien atadas, pero su legado fue tan efímero, que prendió las luces rojas a los franquistas criollos, quienes decidieron actuar para que no les pasara lo mismo. Y lo lograron. Después de 17 años de transición, todavía no tenemos una democracia plena, debido a que el sistema que heredamos da derecho a veto a los neopinochetistas, a pesar de ser una minoría. Y hasta hace poco, según el Latinobarómetro, éramos uno de los países cívicamente más dóciles de la región. Entre las amarras destacan:



1. La Constitución de 1980, que estableció el binominalismo, un quiebre de las reglas aritméticas, al hacer iguales, en las elecciones de Congreso, 100.000 y 50.001 votos. Se agregaron mayorías especiales en ambas Cámaras para enmendar las "leyes" básicas con que la dictadura completó el entramado de su legado. Además, distritos electorales amañados después del plebiscito, permitió a la dictadura potenciar el voto "sí", minoritario, a costa del voto "no", mayoritario, y todos con dos bancas, a pesar de abismales diferencias de población, elegidas por listas y cifra repartidora.



Este sistema lleva a empates entre las dos mayores coaliciones (excluye la representación de los partidos menores) y las corrompe. Obliga al cogobierno con la primera minoría y ambas tienen a "candidatos blindados", por acuerdos interpartidistas, y que son "elegidos" sin competencia alguna. El Congreso de hoy, por sus limitadas competencias, más que un Poder Legislativo, parece ser la herramienta por excelencia del veto neopinochetista. Además, fomenta los partidos cupulares y disminuye el poder del voto porque todo está atado para defender el statu quo.



2. La creación de poderes fácticos con espurios procedimientos. Tales como créditos de última hora a las empresas periodísticas para salvarlas de la quiebra por el Banco del Estado; la deuda subordinada de los bancos privatizados que, según los beneficiarios, no eran deudas; un capitalismo popular que privatizó a la nomenklatura de la dictadura (un procedimiento similar creo a los oligarcas rusos); un tributo a las renta del trabajo, presentado como ahorro individual obligatorio con fines previsionales, administrado por empresas privadas, las AFP, etc.



En resumen, hay una creación de propiedad privada, no como consecuencia del trabajo de industriosos emprendedores sino por dádivas gubernamentales, que hace a esas flamantes empresas privadas dependientes del Estado, lo que rompe la base de las democracias con economía de mercado: la separación del poder público del económico. Y que es también una de las grandes diferencias con los países desarrollados. Hoy en Chile, casi el 50% del IPSA, el principal índice bursátil, son empresas privatizadas.



El resultado es una gran desigualdad. Así, p.ej., un ejecutivo medio en Chile gana 14,1 veces más que un obrero o empleado bajo, la cuarta brecha más desigual entre 53 países desarrollados y emergentes, y sólo nos superan tres países en desarrollo. En cambio, nuestros ejecutivos medio altos tienen la tercera mayor remuneración mundial, después de los Suiza y Hong Kong, y supera a los de Estados Unidos (Mercer Human Resource Consulting).



El descontento democrático



La tercera pata de las ataduras fue el propio Pinochet, como comandante en jefe del Ejército por ocho años y, después, como senador vitalicio. A ese poder se suma que los servicios armados tienen personalidad jurídica y financiamiento propio, un Estado dentro del Estado, y el Senado, en razón de los senadores designados, tuvo una bancada militar. El propio capitán general se encargó de demostrar su poder con el ejercicio de enlace y el boinazo. La consecuencia fue el inmovilismo y la desmovilización social, interrumpida por breves estallidos de colectivos anarquistas y barras bravas, una violencia larvada.



Cierto es que la movilización de la sociedad fue uno de los factores que más influyó en el inicio de la transición. Sin embargo, fue espontánea, porque la dictadura destruyó a todos los partidos democráticos, sindicatos y organizaciones sociales. Las movilizaciones de ese carácter son efímeras por naturaleza. Y, por desgracia, los demócratas fueron incapaces de reconstruirse como partidos de masas y los sindicatos siguieron limitados por "leyes" que dictó la dictadura.



La detención de Pinochet en Londres, obra de Garcés y Garzón, cambió bruscamente la situación política. Por desgracia, nuestros líderes democráticos no entendieron su efecto liberador e incluso dos ministros de Exteriores socialistas defendieron al dictador en nombre de una supuesta soberanía decimonónica. Y se abrió más aún la brecha entre gobernantes y gobernados.



Por ello no es de extrañar que la población, y muy en especial los jóvenes, los menos contaminados, redescubrieran, el año 2003, al presidente Allende. El 2004, alrededor de 50.000 personas, de nuevo mayoritariamente jóvenes, marcharon en protesta de la reunión de la APEC y en contra de la mundialización y el neoliberalismo. El 2005, la población impuso la candidatura de Bachelet, quien no era de la élite concertacionista, demostrando así su disgusto con la política tradicional de la transición.



La elección de Bachelet creó grandes expectativas de participación política. Y poco después, los escolares, que no conocieron la represión dictatorial, organizaron la protesta más grande desde el inicio de la transición tras un petitorio, nótese, de volver al estado docente, que se inició en Chile a principios del siglo XX y que destruyó la dictadura. Este año, las protestas son más frecuentes y violentas, los motivos múltiples, como el Transantiago y de nuevo los problemas escolares. En realidad, son más bien expresiones de la enajenación y frustración general respecto de un sistema político-económico cerrado. Todavía son espontáneas, aunque los trabajadores más explotados, por lo general con fraude a la ley, los de contratistas, comienzan a organizarse en megasindicatos, como en Europa Occidental, y se transforman en poderes fácticos en las negociaciones colectivas, que rompen esa parte de la institucionalidad que nos lego la dictadura.



La solución es una democracia viva



Nuestro gran problema es la insatisfacción con todos los partidos políticos y el Congreso Nacional, los canales tradicionales de representación en las democracias, como consecuencia de la camisa de fuerza que nos legó la dictadura y que ahora es desbordada por las exigencias ciudadanas de una real participación. Y la derecha aviva la cueca con campañas demagógicas sobre presunta corrupción e incompetencia gubernamentales, a pasar de que todas la evaluaciones externas concluyen exactamente lo contrario.



En ese contexto, superar las frondas concertacionistas con los votos de la derecha, es imposible. Tampoco son suficientes vagas promesas de gobierno ciudadano. Es indispensable un cambio radical en las prácticas políticas, vivir con los votantes, y abandonar concepciones tales como partidocracia, clase política, candidaturas blindadas y democracia de los acuerdos.



Hay que diseñar y ejecutar políticas que creen organizaciones sociales, la promoción popular de Frei fue una de las más creativas. Financiar medios de comunicación de masas, volver a los gabinetes políticos y a los consejos ministeriales periódicos. Negociar en casa (gobierno, partidos y congresales concertacionistas) y con los afectados, p.ej., en el caso de la educación, con apoderados, profesores y estudiantes, y en el de transporte colectivo, después del sabotaje de los micreros, con los usuarios. Si la derecha los rechaza, hay que iniciar una campaña permanente, como es de ordinaria ocurrencia en las democracias maduras, y enfrentar a la oposición en las próximas elecciones. En otras palabras, se necesita, una democracia viva.



De no hacerlo, y se reprime a los manifestantes como proponen los autoritarios, es muy probable que las protestas callejeras y tomas aumenten y se abran las puertas al populismo.



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Iván Auger. Consultor chileno en asuntos políticos radicado en Nueva York

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