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Ä„Que viva la música!

por 14 agosto, 2007

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Yo tenía siete años cuando Andrés Caicedo tomó sesenta pastillas de seconal. No sé lo que es el seconal pero, sea lo que sea, lo mandó a la tumba. Él tenía 25 años y había dicho que vivir más de 24 era una vergüenza. "Una insensatez", para ser más literal. Andrés Caicedo fue un narrador, poeta, dramaturgo, cinéfilo, crítico, antisistémico, adolescente, obsesivo y prolífico colombiano de Cali, nacido en 1951 y muerto en 1977, que odió lo hecho y lo deshecho por el mundo con uno de esos odios nervudos: esos odios que al final son pura dinamita de creación; puro arte, diría un teórico; pura mierda, diría un bruto; pura revelación de una mente demasiado elevada como para ocupar un cuerpo de carne y hueso en esta tierra.



"Como si me escurriera, como si me derritiera: sentir esa horrible sensación de que se le descascara a uno la parte de atrás del cerebro, como un pedazo de madera a la que ya se le desprenden las astillas", escribió en uno de los cuadernos que estuvieron guardados treinta años, hasta que sus padres decidieron romper el hielo y desarchivar los últimos manuscritos del hijo. El libro póstumo se llama El cuento de mi vida, y tiene una foto de Caicedo agarrándose las bolas, con una sonrisa ladeada y semi candorosa, como diciendo "Ä„tomen!". Es el libro más vendido en Colombia en estos días. Dicen que los caleños se ponen bluyines y anteojos de marco grueso, leen como posesos, fuman marihuana, se dejan el pelo largo y enflaquecen como galgos para ser como Caicedo. El ídolo Caicedo, que el día antes de su muerte recibió el primer ejemplar impreso de su novela Ä„Que viva la música!, y hoy es materia de reediciones y destapes de archivos que afloran como hongos.



Caicedo debutó con un cuento a los 13 años. Lo tituló "El silencio". Era el tiempo del boom latinoamericano. Él no sospechaba que esos escritores que andaban por ahí haciendo ruido (Cortázar, Cabrera Infante, Donoso, Sábato, Puig, Onetti, Roa Bastos) serían la marca registrada de un movimiento que entraría luego en la historia de la literatura latinoamericana con bombos y platillos. Caicedo armaba su propia historia caleña, escribía como demonio, y le preocupaban más los Rolling Stones que los compinches del boom. A los 15 años escribió su primera obra de teatro. A los 16 dirigió una adaptación de La cantante calva, de Ionesco, y escribió otros cinco proyectos dramatúrgicos y varios manuscritos de narrativa. A los 18 años era crítico de cine de tres diarios colombianos y de la revista Ojo al cine. No paraba de pensar. Y empezaba a tomar pastillas para despertarse y para dormir. Para rumbear y para detener la marcha. En su cabeza se iba colando con fuerza una idea: no tiene sentido, no vale la pena, es insensato vivir más de un cuarto de siglo.



A los 21 el caleño se encerró a escribir Ä„Que viva la música!, la novela que sería considerada por la crítica como el primer peldaño de la literatura urbana en Colombia y estamparía la imagen del autor como un maldito, un brillante, la dinamita de varias generaciones. Es posible que el mismo Caicedo sospechara que estaba edificando su boom personal. "En los diarios caleños se creó algo así como un boomcito de Andrés Caicedo, y yo empecé a escribir mínimo cinco horas diarias una novela sobre adolescentes que ha sufrido varias transformaciones y que aún no he concluido", dejaba constancia en sus cuadernos. Mientras su boomcito seguía dando frutos. Y la intuición (o el arrojo fatal) lo llevaba a anticipar sus próximos días: "Ellos no quisieron volver pero yo sí, porque no me muero lejos de Cali y de su gente, aunque sólo quedes tú, Lalita, y regresar a Cali quiere decir encontrar la inmortalidad, eso ya lo sabemos".



A los 25 años (eso también lo sabemos) Andrés Caicedo se suicidó. Yo tenía siete años y, obvio, no lo conocía. En verdad lo acabo de conocer y no me explicó cómo ha pasado tan inadvertido fuera de Colombia. Semejante monstruo. Hoy tendría 56 años. Quizás qué estaría haciendo. Recriminándose, seguramente, de tamaña insensatez.



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Alejandra Costamagna es periodista y escritora

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