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El ronquido del padre

por 21 agosto, 2007

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"Quien nunca tuvo un padre que ronca, no sabe lo que es tener padre", escribió Vinicius de Moraes nueve años después de la muerte de su padre. La frase del compositor brasileño fue citada por el periodista y escritor Francisco Mouat en El empampado Riquelme, un libro que se inicia como investigación periodística de un suceso policial ocurrido en 1956 y muy pronto se convierte en una especie de tratado de los afectos. De los afectos entre padres e hijos. De los afectos no siempre voluntarios, habría que decir, pero afectos al fin y al cabo.



Estos días Alberto Fuguet está trabajando en su segunda película, Perdido, que está basada precisamente en el libro de Mouat. Gran desafío, porque las páginas de El empampado Riquelme no están marcadas precisamente por la acción visible y sonante. Muchas de las acciones acá tienen que ver, más bien, con el soplo minúsculo de lo que no está. Aunque Mouat diga que su padre no ronca, en estas páginas certifica saber algo, bastante, sobre padres ausentes o presentes. "Hay hijos que nunca vieron a su padre, ni en fotos. Y hay otros que probablemente estén llenos de fotos de su padre, y sin embargo nunca lo hayan visto bien, o nunca se hayan tocado el alma", postula el autor, cuando ya tiene la afectividad de los lectores prendada por la historia de aquel supuesto padre abandonador que terminó abandonado en el desierto de Atacama. Desde una historia minúscula, que apenas ocupa una carilla de tabloide, a un afilado relato donde se cuestiona el sentido de la vida y de la muerte.



La anécdota central es ésta: Julio Riquelme, funcionario del Banco del Estado, subió el 2 de febrero de 1956 al tren Longitudinal Norte en La Calera con destino a Iquique y nunca llegó a esa ciudad. Durante cuarenta y tres años no se supo nada de él. Hasta que en 1999 su esqueleto intacto fue encontrado por un par de turistas a diecisiete kilómetros de la antigua estación Los Vientos, en el corazón de la pampa. Ése es el primer andamio de este notable ejercicio de periodismo narrativo. A partir de ahí, Mouat se sumerge en historias paralelas, ubica a los familiares, viaja al norte y al sur, envía mails, asiste al funeral de Riquelme, revisa toda la prensa de la fecha, especula, tiene charlas con el desconcertado hijo del protagonista, con el bisnieto residente en Suecia, con la iluminada sicóloga Gina, con el único compañero rastreable del histórico viaje, consigo mismo. Los mira, mira al cielo, mira a su padre que no ronca, reflexiona. "No es necesario que tu papá se pierda en el desierto para que tengas que salir a buscarlo. Puedes tenerlo al frente tuyo, avanzar un metro y tocarlo, y seguro que estás metido en el mismo embrollo: él está ahí, pero tú no lo encuentras, y como no lo encuentras sales a buscarlo en otro sitio, y como te va mal en la búsqueda vuelves cansado, molesto y aburrido y dejas de buscarlo, y como dejas de buscarlo ya no puedes encontrarlo por tu propia voluntad, y después el tiempo termina de hacer el trabajo".



Un padre que puede ser Ulises, Pedro Páramo, el asesinado rey de Dinamarca. Padre no hay uno solo; padres ausentes hay millones. En la historia de la literatura sobran casos. Y en el cine y en la vida y en la calle. Es cosa de mirarse el ombligo. Padre, papá, papi, viejo. A veces existe y uno no se da cuenta. O no existe y uno, ingenuo y torpe, piensa que lo tiene demasiado encima. Julio Riquelme fue uno de esos padres que nunca estuvo mucho, y cuando por fin decidió estar desapareció. Nadie pudo imaginar que su cuerpo se evaporaba cada mañana en la aridez del desierto y que su silencio era el ronquido de un sueño profundo. En realidad, ésta podría ser la historia de cualquier Riquelme. O Pérez, o Soto, o Tapia. Un hombre anónimo como reflejo de múltiples hombres.



Francisco Mouat tiene obstinación con las vidas mínimas, con los perdidos, con los que no figuran en ninguna lista oficial. Acaso con su padre también. Puede que en el fondo anduviera buscándolo a él y entonces encontró a Riquelme. Quizás sus hijos confesarán alguna vez que Francisco Mouat también roncaba.



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Alejandra Costamagna. Escritora y periodista

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