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El amigo de Arrate

por 31 agosto, 2007

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Marcelo Contreras ha decidido polemizar con su amigo Jorge Arrate. Sin embargo, no se comporta como buen amigo, ya que ha falseado buena parte de sus argumentos. No creo que con mala intención, sino porque no entiende las preocupaciones de Arrate sobre el acomodo en que ha terminado la renovación socialista. Contreras, periodista de Chile 21, en su réplica al ex Presidente del Partido Socialista, sostiene que los socialistas no se han acomodado ni se han rendido a la fuerzas del mercado, que el gobierno de Lagos no fue de centro-derecha, y que sólo unos pocos socialistas se han embarcado en el lobismo y en relaciones incestuosas con el empresariado.



Arrate fue uno de los primeros en sostener que el socialismo debía marchar indisolublemente ligado a la democracia. Esta visión se encontraba en los orígenes del socialismo chileno, en Eugenio González, Allende y Ampuero, y se veía fortalecida con las dolorosas experiencias políticas de los países del este europeo y con el término de la guerra fría. La renovación, en el plano nacional, significaba ampliar las alianzas hacia el centro para configurar una mayoría que legitimara el término de la dictadura y diera viabilidad a un nuevo gobierno, en el contexto de una difícil transición. En el plano ideológico, este arcoiris más amplio empujaba a entendimientos entre laicos y cristianos, lo que facilitó la incorporación de nuevas vertientes culturales al PS. Y, esa misma valoración de la democracia, sin renunciar a una lucha vigorosa contra la dictadura, excluía el asalto al poder por minorías separadas del movimiento social. Contreras no puede deslegitimar los argumentos de Arrate insinuando que éste independiza la democracia de los métodos de acción política. Al amigo hay que discutirle con buenas artes.



La coalición de mayoría que planteó Arrate desde los inicios de la renovación socialista apuntaba precisamente a terminar con la dictadura e iniciar un proceso de reformas, con métodos democráticos. El problema en cuestión es que el acomodo de los dirigentes, renovados por convicción y renovados a la fuerza, culminó en un congelamiento de las reformas económicas y al mismo tiempo paralizó completamente la voluntad para erradicar la exclusión política.



Los socialistas han sido incapaces de levantar un proyecto económico propio y se han rendido a las fuerzas del mercado. El paradigma del acomodo económico ha sido el gobierno de Lagos. Su buen gobierno para la derecha y los empresarios, como ha destacado Altamirano, persistió en consolidar una política económica ajena a los intereses de la mayoría y que tanto ha satisfecho a los grandes grupos económicos locales y transnacionales. En esta política, el escudero de Eyzaguirre fue Camilo Escalona, quien aprendió economía con la tesis del superávit estructural y, desde la Comisión de Hacienda de la Cámara, defendió ciegamente todas las iniciativas del Ministerio de Hacienda, tanto las buenas como las antipopulares. Esta fue la renovación y el acomodo de Escalona. Otros dirigentes socialistas, renovados de la primera ola y ahora acomodados, se han convertido en lobbistas de los empresarios y miembros de los directorios de las grandes empresas. Y los nombres no son tan pocos, como dice Contreras; pero, más relevante que su número es que se trata de personas con poder fáctico. Es cierto que la base socialista mantiene su fidelidad a los principios y conserva una ética socialista, pero el poder de los "empresarios socialistas", el manejo cupular de los barones y las trampas electorales en los congresos, impiden que los militantes modestos se expresen en plenitud.



Los que hemos sido críticos de la política económica, y pensamos con preocupación en el futuro de Chile, reconocemos la importancia del crecimiento y la disminución de la pobreza en los años de gobiernos de la Concertación. Pero cuestionamos la incapacidad del PS y de los gobiernos de la Concertación para configurar una opción propia en materia económica, lo que ha conducido a una inédita concentración de la riqueza, a una pésima distribución del ingreso, al debilitamiento del movimiento sindical y a desigualdades insoportables en educación, salud y previsión social. Esa misma política ha colocado los intereses empresariales por sobre la protección del medio ambiente y los recursos naturales. El compromiso de la dirigencia socialista y del gobierno de Lagos con esa política económica ha conducido al fortalecimiento de vasos comunicantes entre la política y los negocios. Arrate argumenta, con razón, que el aplastamiento de la sociedad por el mercado nunca estuvo en el espíritu de la renovación socialista y menos ese aprovechamiento de la actividad política para instalarse en los negocios.



La otra protesta tiene que ver con la exclusión política. Ésta no sólo significa que sectores extraparlamentarios se encuentren al margen de toda participación en un sistema que se supone democrático. No sólo significa que se impida la emergencia de nuevos liderazgos a la vida política. A ello también se agrega el desencanto de un cincuenta por ciento de la ciudadanía, incluido casi todos los jóvenes, para participar en su sistema electoral profundamente injusto, el binominal. A diferencia de lo que piensa Contreras aquí hay responsabilidad de Lagos y del Partido Socialista. Porque no han cumplido los compromisos que le ofrecieron al país. En efecto, la reforma constitucional impulsada por Lagos y respaldada por el PS, oportunidad para cambiar el binominal, nunca debió haber renunciado a los más importante: la modificación del sistema electoral. La firma de Lagos en la constitución pinochetista reformada no ha democratizado el país ni tampoco tiene el respaldo ciudadano pues no ha sido plebiscitada.



Hay que valorar que Marcelo Contreras discuta los argumentos de Arrate. Este buen ejercicio, sin embargo, se ve desvirtuado porque una parte de sus críticas apuntan a cuestiones que Arrate nunca ha sostenido. Las otras críticas tienen más bien la cara complaciente de quien defiende el establishment antes que a esa mayoría nacional que reclama terminar con las desigualdades sociales y con la exclusión política que recorren nuestro país.





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Roberto Pizarro, economista

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