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Salario ético

por 2 septiembre, 2007

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Hemos observado recientemente un debate acerca del salario ético en el que los trabajadores hemos participado poco y prácticamente nada. Esto obviamente a nosotros, los trabajadores, nos deja una sensación de frustración al ver cuán elitista es nuestra sociedad en la que sólo los expertos, los políticos y, en general, una elite muy reducida es la llamada a expresar su opinión.



No podemos olvidar que en el origen de la riqueza están el trabajo y la naturaleza y, en consecuencia, cuando la rentabilidad del capital no respeta el valor económico que ambas fuentes de riqueza proveen, éste se constituye en una usurpación ilegítima y, por lo demás, abusiva. Esto no necesariamente implica que mientras peor le va al trabajador mejor le va al capitalista. Puede incluso subir el salario y también la renta del capital, pero eso no le quita el carácter ilegítimo a la extracción de riqueza que realiza el capital en contra del trabajo y de la naturaleza. Esto es posible -ya todos lo sabemos- gracias al poder asimétrico que ejerce el capital sobre la sociedad toda entera, a través de los medios de comunicación, el Estado, la banca y, prácticamente, todas las instituciones de la sociedad en la que posee importantes cuotas de control y dominio.



Muchos han sostenido absurdamente que discutir o proponer un salario digno es crear las condiciones para la lucha de clases, pero se les olvida que ésta es el resultado del devenir histórico que produce estados superiores de conciencia donde los trabajadores entienden el legítimo derecho que tienen sobre la riqueza y presionan políticamente para alcanzar el control de dicha riqueza. Por lo demás, las condiciones de abuso que se instalan en la sociedad con el poder asimétrico del capital, llevan tarde o temprano a la rebeldía.



El reconocimiento del abuso no es lo que provoca la confrontación de clases, sino el abuso en sí mismo. La mujer violada no lo es porque se da cuenta sino porque fue real y objetivamente abusada. Los que se quejan en contra de aquellos que levantan la discusión y el debate por promover la lucha de clases, son como aquellos que se disgustan porque las mujeres reclaman por el femicidio, como si fuera el reclamo que crea el delito y no el abuso mismo.



Por otra parte, es aterrador que se tome como parámetro para fijar el "buen salario" las condiciones que determina el mercado, las que se sabe son lamentables y francamente abusivas. Se habla del mercado como si este fuera un Dios que sabe lo que está bien y lo que está mal. Hasta donde yo sé, el mercado es la expresión colectiva de la voluntad de consumidores y productores, es decir, de personas que expresan sus motivaciones mediante su poder adquisitivo, el que depende naturalmente del ingreso que ganan. En consecuencia, el capital y sus propietarios tienen siempre más poder para expresa su voluntad en el mercado que los trabajadores, más aún cuando más bajos son los salarios y más desigual la repartición de la riqueza.



Por otra parte, el objetivo de la ciencia económica es el bienestar de la sociedad y de sus miembros y, en consecuencia, todo ciudadano está llamado a opinar y a participar en la determinación de las políticas económicas. Los economistas no están llamados a definir los objetivos de política, sino más bien, a proponer las políticas más adecuadas una vez la sociedad define políticamente los objetivos a maximizar. Por ello resulta absurdo y patético que algunos se pretendan dueños de la objetividad, cuando ya está más o menos claro que ella no existe sino en la imaginación febril de los ingenuos. Es por ello que resulta jocoso ver cómo muchos asistentes del capital se refieren a las declaraciones del Obispo Goic como falaces.



La discusión sobre el salario ético, así como las descalificaciones que ha recibido el Obispo Goic, me recuerdan la lucha incansable del Padre Hurtado y la persecución que él mismo sufrió. No puedo dejar de recordar sus palabras cuando sostenía que este mundo está construido bajo el signo del dinero, el que tiene todos los derechos, en el nombre del cual las grandes empresas no retroceden ante nada, ni ante la compra de las conciencias ni ante el dolor humano, al mismo tiempo que se nos olvida, como decía Alberto Hurtado, que sin trabajo no habría riqueza ni sociedad y que por esta razón, es un gran desafío que el trabajador deje de ser un simple asalariado y participe en la propiedad y aún en la dirección de la obra en que trabaja para bien y servicio de la sociedad.



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Nelson Soto. Dirigente Sindicato Andina de Codelco

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