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¿Neoliberal yo?

por 4 septiembre, 2007

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Volvió Pinochet. El miércoles los santiaguinos experimentamos una regresión emocional, un flashback colectivo a los años 80. Sólo eso explica que el país prácticamente se haya paralizado, pese a que los manifestantes fueron más bien exiguos y casi cándidamente pacíficos: ni siquiera salieron masivamente a la calle las ineludibles barras bravas. Y ese flashback explica, además, la escena increíble: durante algunas horas, una parte significativa del Gobierno se convirtió en oposición. Sólo faltó que la propia Bachelet saliera a la Alameda a reclamar contra el modelo.



Algo peligroso hay en el uso y abuso del vocablo en boga. Neoliberal se convirtió en epíteto, adjetivo de uso, slogan del momento. Uno puede imaginar un matrimonio en vías de divorcio donde uno le espeta al otro: "Ä„Eres un neoliberal!". Puede que sean necesarios para interpelar o movilizar a la gente, pero todos los slogans empobrecen la realidad, afirma Susan Sontag, socavan el lenguaje, lo envilecen. Tanto quienes impugnan el "modelo" como quienes lo defienden con tono apocalíptico, incurren en estos días en la misma falacia conceptual: convierten en sinónimos dos términos ("neoliberalismo" y "mercado") que, en la práctica, suelen contraponerse.



"Todos contra el neoliberalismo", tituló Patricio Navia, en La Tercera, el mismo miércoles de parálisis y adrenalina, proclamándose él, naturalmente, como el último mohicano que defiende la denostada fórmula económica. Su planteamiento es muy sencillo: el gobierno y la Concertación se debaten convulsivamente entre sus dos almas, por una parte los técnicos, los "serios", los responsables como Andrés Velasco, y por otra parte los nostálgicos estatistas, los "populistas" y desordenados que volvieron de las cenizas y arremeten de nuevo. Ä„SOS, a salvar el neoliberalismo!, proclamó Navia, el paladín aspiracional de los empresarios y la revista Capital. Así de claro, así de simple: o estás conmigo o estás contra mí. Sin matices ni puntos intermedios. Blanco y negro. Buenos y malos.



Esta confusión de Guerra Fría se ha tornado dramáticamente transversal. Incluso el agudo Carlos Peña, en su columna del domingo en El Mercurio, convirtió en sinónimos, como por arte de birlibirloque, neoliberalismo y mercado. Si uno sigue su razonamiento, cualquiera que hubiese tenido algo que reclamar el miércoles es sencillamente un individuo para quien la política es un sucedáneo de los ideales religiosos, un sujeto que ve en cualquier expresión del mercado una traición a sus antiguos anhelos y relatos, un aristocratizante incapaz de ver cómo el mercado ha abierto a millones de chilenos las puertas de los malls, las universidades y la diversidad.



Vamos. ¿O sea que si tengo críticas severas respecto del famoso "modelo chileno", me convierto automáticamente en un sovietizante cavernario que busca imponer un Leviatán que se opone monstruoso a todas y cada una de las iniciativas de emprendimiento individual? Dicho al revés: ¿o sea que si me gusta y lo paso bien yendo al supermercado con mi hija me convierto en un degenerado neoliberal de tomo y lomo?



No sería malo que nuestras élites empezaran a matizar y a separar la paja del trigo antes de que los intelectuales cerriles del tipo Sergio Melnick pasen la aplanadora. ¿Qué se quiere decir con "neoliberalismo"? ¿Friedman? ¿Von Hayek? ¿El Consenso de Washington? ¿Thatcher & Reagan? ¿Hamlet huele podredumbre en Dinamarca y otros países nórdicos que se empeñan en sistemas redistributivos y de seguridad social? ¿No sería, según esta lógica, el propio Estados Unidos el principal enemigo del neoliberalismo al tener el gasto público más alto del mundo en relación al PIB? ¿Qué se quiere decir con "libre mercado"? ¿Una sociedad oligárquica y llena de monopolios como la chilena no es precisamente la más alejada de la libre competencia? ¿Ah? ¿No está en entredicho la meritocracia capitalista en una sociedad de castas como esta? ¿No dicen los manuales monetaristas más elementales que la concentración económica es el principal enemigo del mercado? ¿Ah?



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Pablo Azócar. Periodista y escritor

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