miércoles, 17 de octubre de 2018 Actualizado a las 14:29

Autor Imagen

Tedeum

por 28 septiembre, 2007

  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

La corte de Versalles asistió en pleno a una ceremonia en que el tema central terminó siendo la llamada inequidad social. Arrellanada sobre dietas de casi diez millones de pesos mensuales, algunos lamentando todavía el desliz periodístico que impidió aumentarla en el equivalente al sueldo de tres familias menos favorecidas, la clase dirigente oró por un país más solidario con los desposeídos.



Inequidad social es otro eufemismo, al estilo del famoso "apremios ilegítimos" utilizado durante tantos años, acuñado para ocultar una vergüenza nacional que la república oligárquica se siente incapaz de enfrentar. En este caso, el escandaloso abismo que existe entre los que gozan del poder económico o político, que han llegado a confundirse en uno solo, y los que no cuentan con nada y para nada.



Así fue como un interminable rosario de sacerdotes, de las más diversas creencias, abogó unánimemente por una mayor justicia social. Lo hicieron, eso sí, endosando principalmente a Jesucristo la responsabilidad de una solución, en la certeza, quizá, como el resto del país, de que al respecto muy poco podía esperarse de los allí presentes. Y en ese momento, puesto que se incluyó a religiosos que no creen en la divinidad de Cristo, como el judío o el musulmán, y puesto que vivimos en una sociedad que dice estar contra toda discriminación, se echó de menos la palabra también de algún agnóstico o ateo. En el último censo nacional éstos figuran con un ocho a diez por ciento de la población, bastante más que la suma de varias de las confesiones que recibieron el beneficio de dirigirse al país, lo que hace esperar que su ausencia se haya originado en un descuido poco perdonable y no en la creencia de que los ateos están a favor de la desigualdad, son malos patriotas o tienen pactos con el Demonio.



Paradójicamente, tal como sucediera con el concierto gratuito, para el pueblo, que diera Plácido Domingo en la Plaza de Armas, copaban las primeras filas los favorecidos por la fortuna -vale decir por la partidocracia y el sistema binominal-, limitando a un fugaz muestreo la presencia de los que supuestamente se verían beneficiados con la mayor solidaridad por la que allí se invocaba al Altísimo. Esto tuvo sus ventajas, claro, a la hora de lo que en el ritual católico moderno se llama "darse la paz", que la experiencia ha demostrado tiene tanta duración como el Vals del Minuto de Chopin. Porque en el frenético besuqueo que desató, al no encontrarse allí entremezclado ninguno de los actuales crucificados por la distribución de bienes, al menos se evitó repetir abiertamente el beso de Iscariote.



(*) Patricio Bañados es periodista y conductor de radio y televisión

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV