¿El rey va desnudo? - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 05:06

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¿El rey va desnudo?

por 12 noviembre, 2007

Curioso enredo en el que se ha visto metido Zapatero, reprendiendo a Chávez por llamar a las cosas por su nombre, convirtiéndose así en la guardia pretoriana que impide que alguien diga que el rey va desnudo. No este rey Juan Carlos, que se ha desnudado solo en un acto de mayestática soberbia colonialista, usurpando el rol de la moderadora (que no sabía moderar) y queriendo hacer callar al otrora súbdito prebolivariano. Como un reguero de pólvora encendida corrió el resentimiento entre las antiguas repúblicas bananeras, que llevan ya muchos siglos sometidas a la explotación de sus recursos y a la arbitrariedad de gobernantes corruptos (los famosos "hijos de puta" de Franklin Delano Roosevelt) aupados por el imperio del norte. Su olfato ya debe decirles que la cabeza de puente de las empresas españolas en América Latina es una versión diferente del viejo imperio, que ahora renace de las cenizas de la privatización y se instala en el Nuevo Continente a hacer de las suyas en las comunicaciones, la energía y la banca, a través de Telefónica, Endesa, Repsol, HUNOSA, Santander y BBVA. Hacer de las suyas significa emprender grandes obras de ingeniería que en Europa no pasarían de la etapa del estudio de impacto ecológico y que ocultan atentados de gran envergadura contra el medio ambiente y las poblaciones humanas (como es el caso de Endesa y sus megarepresas en el sur de Chile), o subir tarifas de los insumos básicos arbitrariamente, crear monopolios y establecer reglas de juego financieras para toda la región como si tuvieran la libertad de acción de un mini FMI. Sus buenos resultados hacen ciertamente crecer el PIB español y el bienestar de la población española, pero no garantizan un cambio en las reglas de juego de la explotación capitalista ni una solución al problema de la pobreza en América Latina.



Sin duda el incidente no se puede banalizar a través de una mera crítica a la falta de corrección protocolaria de Chávez, porque su indecorosa actitud de díscolo de la clase tiene raíces más profundas. Con ésta alude, de hecho, a la reclamación antigua -recogida, por lo demás, en la Carta Fundamental de las Naciones Unidas- del derecho de los pueblos a la autodeterminación. Está suficientemente probado que el gobierno de José María Aznar apostó por el golpe contra Chávez de 2002 y que prestó ayuda logística al empresariado español en Venezuela, que veía con muy buenos ojos ese cambio de rumbo. Por poner un ejemplo que el país anfitrión de la cumbre conoce bien, hace treinta y cuatro años, en una intervención parecida, Henry Kissinger, a la cabeza del Departamento de Estado de Estados Unidos, tumbó al gobierno de Salvador Allende, elegido democráticamente. Nadie habría osado entonces taparle la boca a los chilenos cuando en los foros internacionales hablaban de los "fascistas" yankis que habían sepultado las esperanzas de un pueblo y, con el golpe, habían impuesto las condiciones más favorables para el funcionamiento de sus empresas en Chile.



Ese amago de protesta expresada por Chávez, en un momento muy mal escogido, por cierto, al que se unió rápidamente Ortega, apunta al problema de cómo establecer mecanismos políticos en el sistema iberoamericano que salvaguarden ese principio de no ingerencia. Si los españoles se escandalizan con la presencia de un supuesto espía cubano metido en la cama de Sarita Montiel, se comprenderá que los venezolanos estén más que preocupados por el nivel de ingerencia en sus propios asuntos en que llegó a incurrir el gobierno de José María Aznar. En el marco de la cooperación, y si de verdad se pretenden crear nuevas oportunidades y mecanismos democráticos para solucionar a fondo el problema de la pobreza, esos esfuerzos no pueden seguir dándose según el esquema antiguo de la dominación y la ingerencia externa, ni con prácticas de desarrollo no sostenible que habrán de pagarse mañana. Las empresas españolas son fuente de trabajo y de inversiones, pero eso no les da carta blanca para cometer tropelías en un continente que, quizá, todavía consideran naturalmente como una fuente de rápido enriquecimiento.



El respeto y el protocolo son aspectos necesarios y recomendables en las cumbres de cualquier signo, y en este caso se trata de un incidente lamentable, porque probablemente será explotado sin ambages en España por gobierno y oposición para ganar puntos ante la opinión pública a menos de seis meses de las elecciones generales: el gobierno dirá que Zapatero es capaz de dirigir su diplomacia con firmeza y que sabe parar los pies a Chávez, un personaje con que los medios de comunicación españoles son francamente hostiles; la oposición dará por sentada la defensa que Zapatero hizo de Aznar como lo mínimo que podía hacer, y luego jugará por doble partida. Por un lado, lanzará una campaña de victimismo y, por otro, querrá apropiarse de la figura del rey, una figura todavía bastante cara a los electores españoles, sobre todo después de esta agitada semana en Ceuta, Melilla (plazas coloniales españolas en territorio marroquí) y en Santiago de Nueva Extremadura. "Ése si que es un rey", dirán los del PP, porque ha salido en defensa de la democracia y de Aznar cuando el pobre presidente del gobierno se veía desbordado y debilitado. Desbordar y debilitar al gobierno ha sido, precisamente, la estrategia del PP durante toda la legislatura de Zapatero.



En el ámbito continental, el incidente sin duda radicalizará las posturas de ciertos países a favor y en contra de Chávez. Por un lado, su falta de tacto diplomático puede costarle caro en el difícil panorama interno de su reforma constitucional por referéndum pero, por otro, también puede aglutinar una tensión que ya está latente en la zona (Argentina, Ecuador, Bolivia, Perú, Cuba, NicaraguaÂ… es larga la lista de reclamos contra la actuación de la diplomacia y del capital español en América Latina), y que atañe al principio de igualdad en las relaciones políticas y económicas.



La corona y, por descontado, el gobierno de España, deberían tomar nota del exabrupto e interpretarlo en su verdadera dimensión, la de unos pueblos indígenas que despiertan a la política en todo un continente donde la economía está cambiando de manos. En este caso, la paradoja ha querido que sea la mención de José María Aznar, un ex presidente reconocido como mentiroso y manipulador por sus propios electores hace ya casi cuatro años, hoy convertido en desquiciado francotirador de la política española, lo que haya desatado una polémica que recién empieza y que podría morir envenenada antes de nacer. Pero también podría ser una polémica fructífera cuando se trate de reflexionar sobre cómo establecer nuevas reglas del juego en aras de una verdadera igualdad entre el bloque ibérico y el continente americano.



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Alberto Magnet, escritor y traductor. Reside en Barcelona.

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