¿La calidad de la educación. Un eslogan? - El Mostrador

Jueves, 23 de noviembre de 2017 Actualizado a las 02:58

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¿La calidad de la educación. Un eslogan?

por 23 noviembre, 2007

Tras recibir el Premio Nobel de Literatura el año pasado, Orhan Pamuk expresó el leitmotiv de su obra: Debemos entender que 'el otro' no existe, el otro somos nosotros mismos. El reciente Acuerdo por la Calidad de la Educación alcanzado por el Gobierno y la oposición para dar al país una nueva Ley General de Educación que reemplace a la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), instituida en dictadura, ofrece la oportunidad para hacer un escrutinio a los acuerdos logrados, guiados por el ejercicio de alteridad propuesto por Pamuk.



El otro, los otros, a los que afectará directamente la política educativa que se desprende de ese acuerdo, somos nosotros mismos, pues la educación nos involucra a todos, en cuanto formamos parte de una sociedad y una cultura que históricamente ha creado las instituciones educativas para perpetuarse; cuestión que aunque obvia, no está demás recordarla en tiempos de tan exacerbado individualismo.



Diez y seis veces se repite, en el texto de seis páginas que contiene tal acuerdo, la palabra "calidad", mas ¿cuál es el contenido de una auténtica educación de calidad? ¿Qué ha pasado con la calidad de la educación de nuestro país? ¿Por qué no ha mejorado? ¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿De quién es la responsabilidad?, en fin, ¿la calidad de la educación podrá dejar de ser un eslogan, para orientar un debate sobre su contenido y los mecanismos que la fortalecen y debilitan?



Calidad y equidad son dos atributos de la educación que van unidos. Lamentablemente, en Chile, la desigualdad se ha constituido en una de sus lacras; ese fue el problema central debatido antes de la promulgación de la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria y Común, en las primeras décadas del siglo pasado, caracterizado por Darío Salas como El Problema Nacional, esto es, el estado de pobreza ligado al altísimo nivel de analfabetismo, crimen colectivo donde unos han participado como actores y otros como cómplices.



El cambio de siglo y los preparativos para el Bicentenario exhiben una versión renovada del problema nacional, esto es, la desigualdad educativa como una de las manifestaciones de la desigualdad social. Mas es importante advertir cómo la propia política educativa ha contribuido a la construcción de esta desigualdad, baste observar la fractura que en el espacio público produjo la instauración del principio de subsidiariedad del Estado que se concretó en la Constitución de 1980 y la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza que refrenda la norma constitucional; su corolario, la transformación del rol del Estado expresado en la educación pública, al menos, en tres aspectos neurálgicos: 1) La transferencia de su gestión a las Municipalidades y a sostenedores particulares; 2) La modificación de su financiamiento, desde un sistema sustentado en la oferta a uno basado en la demanda; y 3) La pérdida de la condición de funcionario público de sus profesores. Es deplorable que dos ejes fundamentales de la política educativa: el jurídico y el financiero hayan sido los mecanismos para la profundización de la desigualdad educativa en Chile.



Por lo anterior, resulta un imperativo moral someter a un escrutinio público el Acuerdo por la Calidad de la Educación: ¿Podrán sus nueve puntos, sentar las bases para superar, finalmente, el problema nacional? ¿seremos los protagonistas de un mejoramiento sostenido en la calidad de nuestra educación y del fortalecimiento de su educación pública? O, al contrario, ¿seremos los actores y cómplices del enquistamiento del problema nacional y, a su paso, del debilitamiento del espacio público por la irresponsabilidad en la formación de una ciudadanía democrática?



Una premisa básica para abordar cualquier Acuerdo para la Calidad de la Educación es considerar a la educación como un bien público que, por lo mismo, debe fundarse en una visión ética democrática, que se desmarca radicalmente de una ética fundada en el mercado. Si, al menos, llegásemos a comprender cada uno, como ciudadano, y todos juntos, como comunidad, que 'el otro' no existe pues el otro somos nosotros mismos, avanzaríamos hacia una auténtica educación de calidad.



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María Angélica Oliva, Instituto de Investigación y Desarrollo Educacional (IIDE), Universidad de Talca

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