Asesinado a las puertas del cielo - El Mostrador

Viernes, 24 de noviembre de 2017 Actualizado a las 02:59

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Asesinado a las puertas del cielo

por 23 noviembre, 2007

La maldita actualidad me cambia el tema sobre el cual me había propuesto escribir. Y hace que ponga el foco en aquellos que la efímera coyuntura plantea. Entonces, yo, que no soy Jorge Luis Borges, ni de lejos, no puedo fugarme a Tlön o Uqbar, los remotos confines en que el maestro argentino situó la intrincada trama de "Orbius Tertius", uno de los más maravillosos cuentos de sus Ficciones.



Heme aquí, entonces, de nuevo, atragantado por una noticia que leo en el diario y que no termino de creer, pues si algún literato la hubiera escrito sin duda hubiera parecido un abuso de una imaginación demasiado fértil. Algo muy difícil de cuajar en la realidad.



La cruel anécdota es la siguiente: un obrero polaco de 40 años, Robert Dziekanski, llega al aeropuerto de Vancouver, en la provincia de British Columbia, en Canadá. Desembarca a las tres de la tarde del sábado 14 de octubre, tras un vuelo transcontinental que probablemente fue el primero y con toda seguridad el último que hizo en su vida.



Su madre, Zofia Cisowski, lo ha invitado a vivir con ella en este país de Norteamérica, que es el paradigma de las grandes oportunidades, aquellas que en la vida tanto de Cisowski como de su hijo más bien han escaseado.



Dziezanski arriba con tres maletas, una con sus escasos bienes materiales y las otras dos colmadas de libros de geografía. Ha convenido juntarse con Zofia en la zona donde los equipajes son entregados a los pasajeros.



Craso error: la ruleta donde circulan, como en una cadena sin fin, los bártulos de los viajeros es una zona que en YVR, la sigla del aeropuerto internacional de Vancouver, es inaccesible para quienes van a buscar a sus amigos o familiares.



Comienza a partir de ahí a desencadenarse el drama. Luego de diez horas de nerviosa espera, Robert empieza a angustiarse.



Para colmo de males, no domina el inglés, la lingua franca de los tiempos de la globalización, de modo que está impedido de consultar a alguien qué ha ocurrido con su madre, que no está allí donde ambos han concertado el encuentro que dará paso a una nueva vida, llena de promesas y expectativas.



Zofia, en tanto, se ha acercado a la cabina de informaciones, pidiendo que alguna persona del staff del aeropuerto le dé noticias acerca de su hijo. Aunque insiste tres veces, no le saben dar información cierta acerca de su paradero, y al final le dicen que no está allí adentro. La madre, desconsolada, toma su vehículo y se marcha, en un viaje que le toma cinco horas, en dirección a su hogar.



El punto culminante de la tragedia se produce cuando Dziezanski, víctima de un ataque de pánico, en ese territorio de nadie que es la ruleta de los equipajes, que no paran de girar, pierde el control y lanza una mesa contra un vidrio y luego arroja al suelo el notebook de un pasajero que no entiende el por qué de su actitud.



En ese instante, como surgidos de la nada, aparecen cuatro fornidos policías canadienses, quienes lo reducen con diligencia contra el piso y a continuación le aplican, a modo de un rudimentario y bárbaro calmante, descargas eléctricas con sus pistolas Taser, que descargan 50 mil voltios, y que han provocado -sólo en Canadá-, dieciocho víctimas fatales desde 2003.



Las mismas pistolas, bien vale la referencia, que usaron sus colegas de Toronto para conseguir hace poco tiempo que se sosegaran los alterados jugadores chilenos de la selección juvenil al término de un controvertido partido con Argentina, en el marco de un mundial de fútbol.



Resultado: el obrero polaco muere, seguramente a causa de algún problema cardíaco, agravado por el estrés de su infernal situación. Y la policía explica con posterioridad que fallece tras protagonizar un fuerte altercado, que incluyó una pelea con los uniformados. La vieja historia del sujeto que ofrece resistencia a la autoridad.



La tesis de la pelea, sin embargo, se va al diablo, cuando un pasajero que pasaba por allí decide registrar en un video toda la escena, y las secuencias son publicadas por el "Globe and Mail", un diario de circulación nacional, y reproducidas por la televisión.



Corte y pantalla a negro. Lo que sigue es lo previsible: investigaciones, condolencias que de nada sirven, horror para la fotoÂ… Leo, por ejemplo, en el "Vancouver Sun" que el gobierno provincial de British Columbia va a lanzar un juicio público y a fondo, del que estará a cargo un fiscal, para saber por qué se cometió esta atrocidad y quiénes son sus responsables.



La firma Taser dice que no hay pruebas que los artefactos que ella fabrica hayan sido los causantes de la muerte de Dziezanski. Y la policía de Vancouver informa que ha reasignado a los cuatro oficiales que participaron en el trágico incidente, y que revisará el uso de estas picanas portátiles que se usan para tranquilizar a los alborotadores.



Robert Dziekanski, a su vez, consiguió su sueño, pero de un modo que ciertamente no imaginaba: hoy descansa en suelo canadiense, muy lejos de su Polonia natal, tan esquiva a la hora de darle una vida tranquila y sin mayores sobresaltos.



Él soñaba, como millones de inmigrantes, con ese destino distinto y promisorio escrito especialmente para él en otra parte, muy lejos de casa.



Lo que, sin duda, nunca pudo concebir, ni aún en sus peores pesadillas, es que un grupo de celosos celadores le quitarían la vida justo cuando estaba al borde del paraíso, "golpeando las puertas del cielo", como dice la canción de Bob Dylan.



Su destino final no fue, al fin y al cabo, ni siquiera demasiado diferente al de los norafricanos que fallecen en las "pateras" en las que intentan llegar a España, ni al de los latinos que tratan de llegar a Estados Unidos cruzando el río Grande y perecen en el intento.



Dziezanski creía, equivocadamente, que se habían acabado ya los muros, cuando no hemos hecho más que derribar algunos para construir otros tan inflexibles como los de antaño, en estos jodidos tiempos modernos en que hay gente que muere por ser pobre o por no hablar inglés.



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Carlos Monge es escritor y periodista

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