Emociones que matan - El Mostrador

Sábado, 18 de noviembre de 2017 Actualizado a las 15:21

Autor Imagen

Emociones que matan

por 24 noviembre, 2007

Las manos alzadas de gobierno y oposición celebrando el consenso alcanzado en educación, como vía de mejorar las desigualdades en el país, ha sido, a no dudar, una de las sorprendentes 'imágenes' de las últimas semanas.



Todo se debería -como señalara un calvo ministro de La Moneda- a la natural emoción que suele embargar a los dirigentes políticos que han finalmente acordado un camino que permita superar la pesada carga histórica de la desigualdad. Una expresión propia de la nobleza que acompaña -alegaría el ministro- la metódica (racional) e hidalga labor de 'conducir los destinos del país'.



Omite, sin embargo el ministro, que la emocionalidad a la que alude, no sólo se expresa como un complemento de la racionalidad (como él alega), sino -y las más de las veces sucede así- como un gesto vacío, que a lo más, es expresión de una cierta ilusión, fantasía, o -no cabe negarlo- hipocresía.



Como el calvo ministro sabe bien, en política, ilusiones, fantasías e hipocresía suelen ir de la mano. Son condimentos recurrentes del juego político, el que no está hecho ciertamente de pura racionalidad (eso sí que sería ser ingenuo).



Concedamos, sin embargo, que en democracia nada alarmante existe en ello, si se atiende al hecho de que en definitiva es el 'cedazo democrático' de los ciudadanos el que filtra y decide finalmente que es lo que se acepta o deja de aceptar como conveniente políticamente, - argumento estrujado, como se sabe, por los 'liberales republicanos', uno de los cuales escribe a menudo en un diario no precisamente muy liberal.



El problema, sin embargo, comienza precisamente en este desencuentro. Digámoslo así. Ni los gestos de emoción que acompañan el consenso alcanzado en educación como vía de mejorar las desigualdades son tan neutros, ni los cedazos democráticos son necesariamente tan eficientes.



Comencemos por lo último. En esto, en verdad, basta sólo constatar -a riesgo de ser majadero- la debilidad de nuestra democracia, anclada aún en exclusiones institucionales que perduran, más allá de los retoques de un 'maquillaje de luz roja' que se le inyectara a la Constitución vigente recientemente. Una democracia secuestrada, como concluyera Jorge Arrate en una columna reciente de El Mostrador.cl.



Es, sin embargo, el primer punto antes mencionado, esto es, una cierta inocuidad que se le asume a los gestos de emoción que revisten los consensos de la clase política, el que ha sido menos explorado. En esto -como bien lo sabía Freud- conviene poner más atención a la forma que al contenido. O dicho de otra manera, es la forma emotiva la que da al contenido del consenso analizado un sentido ideológico.



No es que el consenso sobre la reforma de la educación, como vía de superación de la desigualdad, resulte a priori criticable (más allá de que en cuanto fórmula técnica ciertamente lo es, uno, por ejemplo, podría citar el caso de Estados Unidos donde la desigualdad aumenta con sistemas de educación de calidad!). Mas aún, el verdadero punto en cuestión es el revestimiento simbólico de dicho consenso (emocional como lo he llamado acá) el que, clausurando otras opciones políticas, hace de dicha puesta en escena una empresa ideológica inaceptable.



Sí, porque cuando la Presidenta y los líderes políticos alzan sus manos al cielo, consagran (simbólicamente se entiende) a la 'educación' como la nueva Mesías que ha de venir a resolver los problemas de la desigualdad en Chile. Una nueva deidad que en tal carácter es tributaria de la emocionada alabanza del conjunto del espectro político. Ante su altar, se compele a la ciudadanía a inclinar sus esperanzas de alcanzar una sociedad más equitativa, no para ahora sino para un futuro incierto, el mismo futuro del que nos cantaban Los Prisioneros.



La emocionalidad del consenso sobre la educación como vía de resolución de las desigualdades, lejos de ser inocua deviene así en ideológica. Clausura aquellas voces que entienden la resolución de la desigualdad como un asunto de decisión (una prescripción diría Alan Badiou) y antagonismo (y por tanto de poder) más que de mera expectación. Un tema del presente más que del futuro; un asir la realidad (áspera que duda cabe) más que esperar por su transfiguración (tras la mejora de la educación).



En definitiva, y volviendo al calvo ministro por última vez, habría que precisar que no es la emoción que produce la acción política (alguna de ella al menos) la que está acá en cuestión, sino la "nobleza" de dicha emoción, puesta en escena -cual conjurados- por gobierno y oposición. Una puesta en escena que -como bien lo debería saber el ministro- distó mucho de emocionar (a los ciudadanos quiero decir)



_____________





Ricardo Camargo es abogado y Master en Ciencia Política (U. de Chile), Master of International Studies (University of Otago, New Zealand), Candidato a Doctor en Politics (University of Sheffield, United Kingdom) y Honorary Fellow del Political Economy Research Centre, University of Sheffield.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes

Plan Individual

Anual:
$90.000
Semestral:
$40.000
Trimestral:
$20.000
Mensual:
$10.000

Plan Empresa

Anual:
$700.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 1.200.000)

Semestral:
$400.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 600.000)

Trimestral:
$200.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 300.000)

Mensual:
$80.000

Hasta 10 usuarios
(valor normal 100.000)