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Un autor olvidado al que hay que volver

por 20 enero, 2008

Leo libros que nadie lee. Antiguallas de la Guerra Fría. Saldos y retazos de la Comisión Liquidadora que parecen exóticos y fuera de lugar en la era del Pensamiento Único. Textos con los que me encuentro a boca de jarro en librerías de viejo o mercados de las pulgas. Arrumbados por el olvido. O como parte de la molesta herencia de un dinosaurio de la era cuaternaria que previsiblemente pasó a mejor vida.



Bibliotecas enteras vendidas a peso de chaucha con sus lomos desvencijados, invitando al distraído paseante a detener su mirada sobre sus portadas malheridas y recorrer con sus codiciosos dedos páginas amarillentas y trajinadas.



Mi último hallazgo, como parte del "año ruso" que estoy viviendo en materia de lecturas (quienes hayan leído algunos de estos posts ya saben de sobra que estoy alucinado con la monumental novela de Vasili Grossman, "Vida y destino"), es un clásico imperdible: "El Don Apacible", de Mijail Alexandrovich Shólojov.



Un libro que no cae, en mi modesta opinión, dentro de la categoría de extemporáneo o contemporáneo o nada que tenga que ver con la noción de tiempo, que uno le podría adjudicar a priori, por ser justamente lo que es: un clásico con todas sus letras.



Mil setecientas cuarenta páginas en papel biblia, agolpadas en un tomo de la serie Maestros Rusos, editada por Planeta, en Barcelona, en 1967, en la época en que el Sputnik y Yuri Gagarin, todavía le ponían suspenso a la carrera entre las superpotencias, que terminó con la victoria por abandono de Estados Unidos en el ring mundial, veintitantos años más tarde.



Debo decir, antes que nada, aunque sea hoy políticamente incorrecto, que Shólojov es un superdotado de la pluma, un tremendo narrador (no por nada, me imagino, le dieron el Premio Nobel de Literatura en 1965, aunque este mismo galardón, como se sabe, ignoró olímpicamente a Jorge Luis Borges).



Eso para empezar.



Lo digo, porque más allá de reconocimientos en vida o póstumos, puedo sostener, sin temor a equivocarme, que este escritor nacido en la stanitsa Véshenskaia, en pleno corazón del país de los cosacos, es uno de los autores que he leído que refleja con mayor vigor la épica y la sinrazón de la guerra, donde sale a flote lo mejor y lo peor del ser humano. Y, sin duda, está a la altura de un Tolstoi, un Stendhal, un Hemingway o un Mailer (en especial, el de "Los desnudos y los muertos").



En la breve introducción de El Don Apacible (llevado al cine en el 57-58 por Serguei Guerisamov), José María Valverde relata que Shólojov, nacido en 1905, empezó a escribirlo a los 18 años (Ä„vaya precocidad!), en medio de las convulsiones de la Revolución de Octubre y la guerra civil que sobrevino a este hecho; acontecimientos en los cuales fue un activo participante luego de haberse enrolado, a temprana edad, en las filas del Ejército Rojo.



Sus dos libros (el volumen está compuesto por cuatro) aparecieron en 1923, cuando tenía 23 años, y completó la obra en 1940.



Shólojov, qué duda cabe, fue un hombre comprometido en cuerpo y alma con la causa bolchevique (diputado del Soviet Supremo de la Unión Soviética y miembro del comité central del PCUS, sin ir más lejos). Un escritor oficial, con todo lo que ello significa. Pero su literatura, una mezcla notable de la profunda capacidad de observación de Chejov unida a la rotunda concisión vanguardista de Maiacovski, está lejos de los estereotipos preconcebidos que se le atribuyen a la escuela del llamado "realismo socialista".



En su inquietante saga literaria, sigue la pista del derrotero de una familia de cosacos, los Mélejov, que a partir del inicio y los estertores de la Primera Guerra Mundial vacilan entre la revolución y la contrarrevolución, y le permiten trazar, a través de sus periprecias, un inmenso fresco de la epopeya que vivió la Rusia de esos años y en particular la región del Don, donde se asienta la nación cosaca.



Una cultura rural e indómita, de estirpe predominantemente conservadora, donde siempre fueron fuertes los "viejos creyentes" y se nutrieron los regimientos de caballería del Zar durante siglos en diversas campañas que los enfrentaron tanto contra los turcos como los alemanes o los austriacos.



Lo curioso y llamativo, a fin de cuentas, es que Shólojov se mantiene sabiamente apartado de los maniqueísmos. Aquí no hay buenos ni malos a ultranza. Hay seres humanos presionados hasta el límite por sus circunstancias, que responden de la forma que mejor pueden ante ellas.



Como bien dice Valverde: "Lejos del esquematismo de la novelística de típico corte staliniano, con sus personajes 'positivos' o 'negativos' cien por cien, los tipos importantes de esta obra son un claroscuro de contradicciones, un punto de encuentro de motivaciones opuestas".



Así, el férreo y convencido militante Bunchuk se atormenta por tener que participar en un comité revolucionario que decide quién vive y quién muere. Y a la vez que intenta justificar su trabajo, afirmando que alguien debe limpiar la basura y abonar la tierra "para que sea más fecunda", decide marchar al frente para dejar atrás la pesadilla diaria de verse convertido en juez de sus semejantes. Más aun, cuando debe enviar al pelotón de fusilamiento a trabajadores con las manos encallecidas como las suyas.



Otra escena desgarradora es aquella en que Bunchuk ve morir a Anna, su compañera de lucha, en una batalla contra los blancos, con el pecho destrozado por una bala explosiva. O la ejecución de Podtiólkov, que es llevado a la horca, y desafía a sus enemigos hasta el final. Tal como Lijachov, al que despedazan literalmente a cuchillazos en un bosque, luego de masticar una hoja de abedul.



Para que tengan una vaga idea de la fuerza demoledora de la prosa de Shólojov, reproduzco a continuación el breve párrafo en que describe su muerte. Cualquier añadido a éste, estaría de más:



"Murió así, con las negras hojitas de los brotes en los labios: a siete verstas de Véshenskaia, entre unos adustos arenales, los hombres de la escolta lo mataron bárbaramente. Antes de morir le sacaron los ojos, le cortaron las manos, las orejas, la nariz, le rajaron la cara. Desabrocharon sus pantalones y profanaron aquel cuerpo hermoso, grande y varonil. Profanaron aquel tronco sanguinolento. Por último, uno de los de la escolta, apoyando el pie en el torso que aún se estremecía, en el cuerpo caído boca abajo, le cortó la cabeza de un solo sablazo".



*Carlos Monge Arístegui. Escritor y periodista.

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