El lucro: ¿Un demonio o un santo? - El Mostrador

viernes, 20 de abril de 2018 Actualizado a las 09:22

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El lucro: ¿Un demonio o un santo?

por 10 febrero, 2008

Quizás si uno de los impulsos mas debatidos del ser humano sea su afán de lucro. La discusión comprende la más vasta gama de posiciones y muchas veces se trasunta una especie de sentimiento de culpa por reconocer que en nuestra naturaleza el lucro determina nuestras acciones mucho más que lo deseable.



¿Qué pasa con el lucro? ¿Es bueno? ¿Es malo? ¿Es inevitable? ¿Ayuda a la felicidad del ser humano o es fuente de muchas de sus penurias? ¿Cuál es su rol en la economía? ¿Hay actividades en donde el lucro no sea necesario? En definitiva, ¿se debe limitar el lucro desde una perspectiva ética o éste está fuera de esa dimensión?



Con el objeto de reflexionar sobre éstas y otras interrogantes, es necesario hacer algunas precisiones conceptuales.



El vocablo lucro viene del latin lucnam, y según el diccionario de la Lengua Española es la ganancia o provecho que se saca de una cosa, idea que completa el diccionario de Joaquín Escriche, agregando "especialmente del dinero".



Supone entonces el lucro una inclinación del ser humano a aprovecharse de una cosa a fin de obtener una ganancia, sacar algo de ella que lo beneficie. Es quizás eso del "aprovecharse" el que nos incomoda, puesto que esa idea lleva implícita una suerte de oportunismo de dudosa reputación.



Desde otra perspectiva, ¿el lucro es un principio o es una reacción?



Lo anterior viene al caso puesto que el ser humano se ve enfrentado a satisfacer diversas necesidades. ¿Son las necesidades la fuente inspiradora del lucro, o las necesidades y su satisfacción nada tienen que ver con éste?



Hay una tendencia a creer que cuando de satisfacer necesidades se trata, lo que está en juego es la sobrevivencia y que es ésa causa la que justifica caminos de acción para superarlas. Por lo tanto, en este plano no cabrían las culpas que penan al lucro.



Todo este rodeo viene al caso cuando pensamos en el emprendimiento y su motivación.



¿Es acaso el emprendedor un emprendedor por que el motor detrás de sus acciones es el lucro? ¿Cuan determinante es éste para poner en acción a un emprendedor?



Por cierto que estas interrogantes más que responderlas ante un tercero, el ser humano tiene que respondérselas asimismo, y en ese ejercicio, no resulta el auto engaño.



Cabe, en todo caso, hacer a este respecto una acotación curiosa: Ä„que condescendientes somos con nuestro propio afán de lucro y que críticos frente al afán de lucro de los demás!



Otro aspecto que no deja de llamar la atención tiene que ver con la forma como manejamos este tema y un aspecto íntimamente ligado con él: el margen de utilidad. Sobre el afán de lucro envuelto en una operación no se habla; este va implícito, se supone, es obvio. Nadie pregunta por qué se hace este o aquel negocio. Todos entendemos que vamos detrás de una ganancia. Por lo tanto, no es necesario explicitarlo. Diría que es casi de mal gusto referirse a esta motivación. Sin embargo, hay un segundo aspecto del que tampoco se conversa: el margen de ganancia que este o aquel negocio reportan. Se trata prácticamente de un secreto de Estado. Nadie está dispuesto a revelarlo, y en caso de verse muy urgido a hacerlo, se minimiza al máximo. Pareciera que no es bien visto un margen de utilidad muy amplio, mientras que una ganancia menguada no merece reproche alguno.



Hoy por hoy, así como se habla de salarios éticos, ¿es aceptable, y agregaría necesario, hablar y definir también lo que es una utilidad ética?



Cuando nos situamos en el plano del conocimiento ético, sin duda que lo que buscamos conocer son los contenidos de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo legítimo y lo ilegítimo, en fin, conocer estos valores.



Algunos dirán que la utilidad, o mejor dicho el margen de utilidad, es un problema técnico que definen especialmente los que conocen de las ciencias económicas. Ellos, nos responderán a coro, que la utilidad no la fijan los seres humanos dentro de parámetros valóricos, sino que es la consecuencia lógica y necesaria de los vaivenes del "mercado".
Es el mercado, con su mano invisible, el que más allá de consideraciones éticas, determinará las ganancias. ¿Pero, es tan así? Más aún, ¿Existe el mercado o es una ficción?



Cuando los economistas nos hablan del mercado ¿a qué se están refiriendo? Se han escrito miles de páginas sobre la materia pero me temo que aún no se ha podido explicar su naturaleza y existencia. Lo real y concreto es que en los procesos de intercambio de bienes y servicios, lo que se verifica son innumerables decisiones que adoptan los seres humanos por los más diversos motivos en el ejercicio más pleno o limitado de su libertad individual. ¿Puede esa diversidad inconmensurable e impredecible, en la que se entrecruzan motivaciones de toda índole, entre ellas el lucro, ser personificada con contornos ciertos y perceptibles? Los que creen en el mercado piensan que sí. Sin embargo, lo piensan mas por un acto de fe que por una constatación científica. El mercado es para el economista un dogma de fe, como lo es para el cristiano que Jesús es hijo de Dios.



Así las cosas, y retornando a nuestra reflexión sobre el afán de lucro, y su lógica consecuencia, la utilidad o ganancia, pareciera ser que la experiencia humana de siglos nos enseña que ella está sujeta a marcos valóricos. El punto entonces es conocer esos límites dentro de los cuales una utilidad o ganancia es buena o mala, justa o injusta, legítima o ilegítima.



El derecho, en este campo, nos aporta dos conceptos que recogen esta tradición histórica de limitar la utilidad a ciertos márgenes que si son sobrepasados, la ganancia deviene en ilegítima: me refiero a la usura y a la lesión enorme.



En efecto, nuestra legislación penaliza al que suministra valores a un interés que exceda el máximo que la ley permite estipular, vale decir, castiga con pena de cárcel al usurario, y en caso de ser extranjero, incluso dispone que después de cumplido su condena, sea expulsado del país. Por su parte, cuando en un contrato de compraventa se ha recibido un precio que es inferior a la mitad del "justo precio", el vendedor tiene derecho a solicitar la rescisión de dicho contrato, derecho que también tiene el comprador cuando ha pagado un precio superior al doble del "justo precio".



Quizás, ha llegado el momento de retomar estos conceptos consagrados ya centenariamente en nuestros Códigos Penal y Civil, profundizarlos y rescatar de ellos los valores que se quisieron resaltar al acuñarlos, más aún cuando aquella ficción llamada mercado busca imponerse en las relaciones humanas sin contrapeso, para así despersonalizar decisiones tan típicamente humanas como es definir cuanto quiero ganar.



Héctor Salazar Ardiles, abogado

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