La agonía de la Constitución de 1980 - El Mostrador

Lunes, 11 de diciembre de 2017 Actualizado a las 22:08

La agonía de la Constitución de 1980

por 3 junio, 2008

La crisis actual en el sistema político es transversal. Implica desavenencias tanto al interior de los partidos y coaliciones, a uno y otro lado del espectro político, como entre los poderes públicos e instituciones. El Congreso respecto del Poder Judicial, éste respecto del Tribunal Constitucional, la Contraloría versus el Poder Ejecutivo, y muchas variantes más.



Todos expresan un tipo de malestar que les impide elaborar un sentido común necesario para encauzar sus problemas sin conflictos mayores, hasta el punto de crear la perspectiva de un eventual bloqueo institucional.



Es común que en tales circunstancias los problemas exploten en los ámbitos de mayor debilidad. Hoy el "lado flaco" está siendo el ámbito electoral. Forzado por los partidos políticos, en su momento de mayor debilidad.



Lo más vistoso de la crisis se vive en la Concertación, que en las últimas horas ha experimentado un rudo despliegue de sus principales líderes históricos, y en el propio gobierno, para frenar una iniciativa de liberalizar la coalición, adoptada por el PPD y el PR.



Pero el fenómeno es general. En la oposición, aunque se busca manejar con sordina las disputas internas, no se ha podido evitar que ellas escalen a conflictos judiciales o escándalos de corrupción, lesionando la necesaria cohesión requerida para llegar a ser gobierno.



Pero hay más. Tanto en la oposición como en el oficialismo una camada de dirigentes jóvenes se atreve a desafiar el núcleo ordenador de la política de sus respectivos bloques, y abrir competiciones que claramente se encaminan a terminar con la práctica de la política consociativa que ha predominado en el país. Como dijo hace unos meses el ministro de la Segpres, buscando una plaza pública para la política que Chile no tiene.



Ello pone como telón de fondo el agotamiento de la Constitución de 1980 - reformas incluidas- para expresar la plena normalidad política y social que vive el país. Especialmente su fuerte crecimiento económico, el cambio visceral en los patrones de conducta de sus habitantes, sus atavismos, miedos y esperanzas, que se enfilan a un rumbo totalmente distinto al de hace unos pocos años.



Por ello, no parece acertado que las elites políticas sigan exigiendo a sus adherentes, y a la ciudadanía en general, comportamientos que corresponderían a las pautas de los años noventa, en plena transición a la democracia. Especialmente, una disciplina y racionalidad políticas basadas en el orden jerárquico y en el miedo al retroceso democrático. Bien o mal, el país hace rato se sumergió en la sociedad del siglo XXI, y requiere definiciones con pautas de una sociedad en plena normalidad social, más desarrollada, libre y diversa.



A fines del año 2007 sostuvimos que "el año que termina debe ser calificado como el año cero de la democracia normalizada". Y todos sus hechos calificados bajo el prisma de la normalidad (Â…). Incluido el espíritu caníbal de la política, especialmente en la DC". Agregábamos que la llegada de Michelle Bachelet a la Presidencia rompió el modo clásico de la política concertacionista, dejando la clara impresión de un gobierno desaprensivo en materia de cortesía y transparencia política, y sin mayor interés por el cultivo de las confianzas y la solidaridad en su interior, ni por el cuidado de los afectos cívicos frente a los partidos que lo sustentan".



Vale la pena recordar lo anterior pues la crisis desatada en la Concertación ha experimentado un giro repentino, ya que de la prescindencia inicial la Presidenta Bachelet ha pasado a un activo papel de aglutinador de los símbolos de la unidad y la cohesión oficialista. Esta actitud, en todo caso, tiene poca credibilidad ya que va a contracorriente de un proceso que el propio gobierno contribuyó a desatar, tanto por su distanciamiento de los partidos de su coalición como por la -simultánea- búsqueda de una convergencia transversal con la oposición, que dio lugar al llamado "bacheletismo aliancista".



El último Mensaje Presidencial estuvo plagado de alusiones a la política de los consensos, más allá de la comprensible necesidad de alentar los acuerdos legislativos que el gobierno necesita, y cuando ya era evidente el desacuerdo sobre múltiples aspectos al interior del oficialismo.



Tanto los ex presidentes concertacionistas como los "coroneles" de Jaime Guzmán, que salieron a defender su actual poder en la UDI, son fuerzas conservadoras en materia de disciplina política, en el sentido más clásico del concepto. Sobre todo en una sociedad más plural y abierta, con intereses más diversos que representar, que rechaza el estilo consociativo de la transición.



Así las cosas, la Constitución de 1980 agoniza por causas naturales, mientras las nuevas generaciones políticas, a derecha e izquierda, se lanzan a la búsqueda de oportunidades de recambio. En la estrechez del sistema político actual parece inevitable que todo aquel que está fuera del juego de poder, tarde o temprano, se sumará a la demolición del viejo sistema. Queda la duda de cuáles serán los elementos de él que dejarán huella histórica, aunque pareciera que no serán muchos.





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