¿Consenso o cogobierno? - El Mostrador

Lunes, 11 de diciembre de 2017 Actualizado a las 21:44

¿Consenso o cogobierno?

por 17 junio, 2008

La visita de los ministros del Interior y de Hacienda al principal candidato presidencial opositor terminó en una serie de escaramuzas y declaraciones cruzadas, que exudan disconformidad y desconfianza de todos los actores políticos, incluidos los actores principales del hecho, los que no se ponen de acuerdo acerca de qué hablaron en la mentada reunión.

El ácido debate en las filas concertacionistas por el acercamiento del gobierno a Sebastián Piñera para alcanzar una mayoría parlamentaria que le permita aprobar la inyección de recursos al Fondo de Estabilización de los Combustibles, plantea la duda si lo que está en curso es el normal sistema de acuerdos que exige la política chilena o, más que eso, es la antesala de un ajuste mayor del sistema político, signado por tendencias al cogobierno y el cambio en las alianzas políticas.



Es un hecho que el régimen político chileno, tal como está diseñado, no puede funcionar sin acuerdos entre el Ejecutivo y la oposición, que viabilicen el ejercicio gubernamental.



Pero tales acuerdos pueden llegar a forzar el sentido mismo del sistema, más allá de lo que es normal en el juego político democrático. Pues mayormente bloquean la generación y gestión de las políticas públicas tal como las entiende el gobierno en ejercicio, elegido por el pueblo, antes que generar un sistema de gobernabilidad.



El mecanismo que permite esta intrusión política es un amplio sistema de quórum calificados en materias legislativas, y la distorsión de la representación parlamentaria del sistema binominal, con sus mayorías estrechas y sobrerrepresentación de la minoría (mecanismos "contramayoritarios").



En un país plenamente normalizado en su vida social y política, tal sistema y sus mecanismos, tarde o temprano terminarán en una crisis funcional y política, parte de la cual ya se esboza en el actual escenario político nacional.



La visita de los ministros del Interior y de Hacienda al principal candidato presidencial opositor terminó en una serie de escaramuzas y declaraciones cruzadas, que exudan disconformidad y desconfianza de todos los actores políticos, incluidos los actores principales del hecho, los que no se ponen de acuerdo acerca de qué hablaron en la mentada reunión.



Tal confusión y falta de transparencia solo es posible en un sistema en el cual existe una instrumentalización extrema, incluso de los actos más normales de la política, y donde los actores se mueven -demasiado- por cálculos y especulaciones de corto plazo.



En un sistema político con niveles normales de confianza, es necesario y habitual que los oponentes políticos dialoguen. Y que tal confianza sea la base para producir soluciones y capacidad de gobierno. Naturalmente con plena conciencia de los planteamientos y el poder de los adversarios. Pero eso en Chile no funciona. Ya no existe el ímpetu fundacional de los consensos de los primeros años de recuperada la democracia. La cooperación que precisa el sistema para funcionar (lo consociativo, neologismo de invención chilena que tanto gusta al ministro de la SEGPRES) no le reditúa electoralmente a la oposición. Ella necesita un sistema adversarial franco para diferenciarse del gobierno y llegar al poder. Esto explica el tránsito de sus dirigentes desde los consensos a la teoría del desalojo.



Tampoco es extraño que la verdadera competición se traslade al interior de las coaliciones. El sistema vigente tiene una circunstancia agravante. Carece de premios políticos que potencien la solidaridad entre los socios de una misma coalición, a excepción de los cargos de gobierno. Por el contrario, para existir hay que competir con los propios o los aliados, porque el sistema de empates está institucionalizado. No es raro entonces que la UDI desautorice a Piñera, quien -por lo demás- está lejos de controlar a los parlamentarios de la derecha.



Todo parece una apuesta y un juego, con un abanico de posibilidades para acuerdos políticos nuevos, donde todos van por el premio mayor, la Presidencia de la República, que es el único poder funcional articulado que existe, aunque para ejercerlo se deba tener mayoría parlamentaria.



Nadie puede garantizar que un sistema de esta naturaleza funcione de manera estable y con una buena perfomance económica y social. Incluso hoy, que tenemos abundancia de recursos fiscales para repartir, lo que siempre ayuda para llegar a acuerdos.



Eso sí, es difícil imaginarlo en funcionamiento en época de vacas flacas, de restricciones económicas y agitación política, a menos que una extrema adhesión a una idea común garantice los acuerdos y la gobernabilidad. Son muchos los que creen que el transversalismo económico liberal es el germen de este nuevo consenso político.







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