Concertación 2009: fracaso electoral, ¿derrota social? - El Mostrador

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Concertación 2009: fracaso electoral, ¿derrota social?

por 21 julio, 2008

Por "social" me refiero a la gran oportunidad que los adherentes y militantes de la Concertación tienen de mejorar la calidad de la organización social si efectivamente llegan a perder el poder. Porque junto a la falta de probidad y transparencia del poder público, una de las mayores insolvencias de nuestra democracia es justamente la debilidad de la sociedad civil.

Por Eduardo Saavedra



Bastante revuelo causó en el gobierno una entrevista al Ministro del Interior, Edmundo Pérez Yoma, publicada en una revista magazinesca por haber dicho que la Concertación de centro-izquierda debe estar preparada para perder el poder, dado sus malos pronósticos para la próxima elección presidencial de diciembre de 2009. Así lo indica la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP): el primer sondeo que presagia, desde que Chile retornó a la democracia, la posibilidad cierta de que un candidato de la Alianza opositora de centro-derecha, recaído en la persona de Sebastián Piñera, obtenga un triunfo electoral.



Y aunque parezca de perogrullo decir que "un fracaso de la Concertación sería un triunfo de la derecha", tal fracaso electoral: ¿implicaría también una derrota social?



Al emplear el adjetivo "social" no me estoy refiriendo al mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores más desposeídos que los gobiernos progresistas se jactan de haber logrado en estas últimas dos décadas, y que pudiera ser revertido por una eventual administración de la Alianza. No, ya que por muy ortodoxa que sea su concepción económica y muy grande su repudio al Estado protector, el conservadurismo capitalista chileno tiene muy claro que su principal dividendo político no es la reivindicación de la fallida mano invisible del mercado, sino la visible mano de la probidad y la transparencia del poder público que caracteriza a una democracia moderna, y de la que hoy tanto carece el oficialismo como consecuencia de su desgaste.



Por "social" me refiero a la gran oportunidad que los adherentes y militantes de la Concertación tienen de mejorar la calidad de la organización social si efectivamente llegan a perder el poder. Porque junto a la falta de probidad y transparencia del poder público, una de las mayores insolvencias de nuestra democracia es justamente la debilidad de la sociedad civil.



Es realmente triste la dramática falta de representatividad que hoy se observa en el discurso de la gran mayoría de las organizaciones sociales si se lo compara con las percepciones y demandas de la ciudadanía. Mientras esta última refleja en las encuestas una tendencia hacia el esfuerzo individual en sus experiencias de vida y la moderación en la acción política, en aquellas se aprecia una reivindicación exacerbadamente colectivista, propia de las corrientes extremistas de izquierda que las instrumentalizan, y el uso o justificación de la violencia en todos los focos de conflicto social: minorías étnicas, subcontratistas mineros, reforma educacional, una hostilidad que no se condice con las instancias de diálogo y negociación que verdaderamente existen.



De hecho, una las muestras más penosas de esta asimetría se observa en el mundo de las organizaciones de defensa de los Derechos Humanos. No cabe duda que durante los años de la represión jugaron un papel ejemplar de denuncia ante la comunidad internacional por la infame ola de crímenes de lesa humanidad que la dictadura cometió bajo la excusa de la seguridad nacional. Y si un organismo tan serio como Amnistía Internacional obtuvo el Premio Nobel de la Paz en 1977, fue precisamente por su indesmentible contribución a la concientización mundial del horror que acontecía en países como Argentina y Chile.



Sin embargo, hoy da la impresión que muchos activistas recurren a la expresión "derechos humanos" como subterfugio para reivindicar proyectos políticos probadamente fracasados y justificar métodos de acción violenta completamente ajenos al dialogo racional y tolerante que debe imperar en una democracia. Prueba de ello es la escasa concurrencia a muchas de sus convocatorias, donde prima un discurso sobre-ideologizado o pobre de ideas, plagado de exageraciones, descontextualizaciones e inexactitudes, y la actitud evasiva de muchos dirigentes ante cualquier discrepancia o cuestionamiento que formule algún participante que les parezca "problemático".



La organización social y la defensa de los derechos humanos en particular merecen recuperar su dignidad de representantes legítimos de la sociedad civil, especialmente aquella que los caracterizó en los últimos años de la dictadura y los primeros años de esta democracia. Un protagonismo que fue diluyéndose en la medida que personas de profunda vocación democrática, la mayoría de ellas militantes y adherentes de la otrora "Concertación de partidos por el No", se aferraron al poder político.



Hoy, tras 20 años de la feliz derrota de Pinochet y cuando el progresismo se encuentra ad portas de su primer fracaso electoral, se nos presenta un nuevo desafío: aprovechar la oportunidad de fortalecer una organización social que impulse reformas democráticas desde la propia ciudadanía y nuevamente de manera sensata: sin odio, sin miedo y sin violencia. Un triunfo social para quienes siempre vamos a decir que No a toda forma de dominio y servidumbre.



*Eduardo Saavedra es abogado.

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