Crisis financiera: un balance intermedio - El Mostrador

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Crisis financiera: un balance intermedio

por 15 octubre, 2008

El potencial de pérdidas todavía no está sofocado de manera alguna. Con una capitalización bursátil mundial y papeles de crédito en circulación, con un valor conjunto muy superior a los 100 trillones (a pesar de las recientes caídas de las bolsas), sin contar los derivados...

Por Alexander Schubert*

 

Si en mis predicciones sobre el futuro sombrío de la economía mundial, publicadas en El Mostrador  el año pasado hubiese afirmado que durante 2008 se iban a utilizar fondos y crédito público  del orden de más de 2000 billones de dólares para salvar la banca del colapso, ya no habría pasado sólo por pesimista, como fue el caso, sino por desubicado. Más de algún lector amigo me habría aconsejado dejar el tema y dedicarme a otras cosas. Me salvé del consejo porque la fantasía no me dio para tanto.

Loco de remate habría sido declarado, si además, hubiese afirmado que la distribución del dinero iba a suceder sin reglas claras, suspendiendo el control judicial sobre ella, bajo total discreción de funcionarios públicos subalternos, con manifiesto olor a corrupción, y una discriminación social digna de las peores dictaduras, haciendo pagar precisamente a los perjudicados. Pero esto es lo que está sucediendo.

Quizás lo único creíble habría sido la predicción de que en este colosal espectáculo de sinvergüenzura el Fondo Monetario Internacional iba a darse una tremenda voltereta, de propagandista de lo “robusto” de la economía mundial a socio de los que ahora están haciendo el negocio del siglo anunciando su “colapso sistémico”.

Ahora temo que nuevamente seré víctima de falta de imaginación. Pues no logro ni siquiera intuir cómo las actuales medidas puedan revertir las tendencias recesivas e, incluso, depresivas de la economía mundial. Ni el reparto de los billones a los “amigos de Hank” y sus socios europeos, para hacerse del control de los pocos bancos que sobrevivan el desastre, ni las garantías estatales para papeles que manifiestamente ya no valen un centavo (y que no lo valdrán nunca), ni el gigantesco aumento de la masa monetaria, ni las ridículas reducciones de las tasas de interés oficiales (peor todavía los aumentos, como en Chile), ni todo de una vez, pueden solucionar el problema de fondo. Este es que para volver a hacer “seguros” los valores de los papeles que están en manos de los bancos (y que en parte pasarán a manos de los Estados), también hay que hacer “seguros” los ingresos de quienes, en definitiva, deben amortizarlos: empresas, hogares, estudiantes, comunidades, etc.

Toda la intervención estatal actual se concentra en volver a echar a andar la máquina del crédito. Esta comenzó a fallar y se trancó completamente, en los EE.UU., por los créditos hipotecarios. De allí pasó a la banca de inversión, fuertemente comprometida en el reciclaje de los papeles respectivos, propagándose hacia los bancos fuera de EE.UU., que habían comprado esos papeles reciclados. Paralelamente se “descubrió” que muchas transacciones entre los bancos están respaldadas por supuestos seguros, sin respaldo adecuado de capital. Los papeles en manos de los bancos tuvieron que ser revaluados, provocando cuantiosas pérdidas de capital, que algunos, como Lehman Brothers, Fanny Mae y Freddie Mac no soportaron.

Comenzó así la crisis de los derivados, que hizo zumbar los valores en manos también de otros bancos, llevando las pérdidas de capital bancario a sumas exorbitantes. Por último, colapsó el mercado de préstamos de corto plazo entre los propios bancos, pues ya ninguno confía en el otro. Así, las tasas de interés por dinero de corto plazo (como el Euribor) y, mucho más, las tasas que realmente pagan quienes logran conseguir crédito, han subido astronómicamente –a más del 25%, como lo confirmaba el jefe de PIMCO, una de las mayores administradoras de fondos del mundo. Con estas tasas de interés, será poco posible reiniciar la carrera de alta velocidad del crédito, necesaria para restablecer el valor de los papeles en circulación e inyectar demanda efectiva hacia la economía mundial.

Las intervenciones actuales están dirigidas a restablecer la “confianza” entre los grandes actores, agigantados por el proceso de concentración en marcha. Sin embargo, aunque se restablezca esta “confianza”, mientras los créditos no fluyan a las inversiones y el consumo, nada se habrá solucionado.  Pero: ¿cómo hacer llegar el crédito a éstos, si es precisamente de allí donde comenzó todo el desastre?

Además, el potencial de pérdidas todavía no está sofocado de manera alguna. Con una capitalización bursátil mundial y papeles de crédito en circulación, con un valor conjunto muy superior a los 100 trillones (a pesar de las recientes caídas de las bolsas), sin contar los derivados, que son más de 500 trillones, las intervenciones estatales programadas, por fantásticas que suenen, no son más que una pulga en la oreja de un elefante en plena descomposición. La pelea por esos fondos será gigantesca, pero el elefante no se salvará.

Me declaro incompetente para imaginarme las formas del derrumbe que tenemos por delante. Más bien, utilizaré la fantasía que me queda para compartir ideas no sobre cómo salvar el sistema existente, sino cómo cambiarlo por relaciones sociales más amistosas y seguras.

*Alexander Schubert es economista y politólogo

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