¿Réquiem para Valparaíso? - El Mostrador

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¿Réquiem para Valparaíso?

por 27 noviembre, 2008

Traer la obra de Oscar Niemeyer a Chile significaba abrir la puerta para que los arquitectos de mayor renombre del mundo se interesaran en concretar alguna de sus ideas en un país que no puede pagar su precio de mercado. Un aporte tan significativo al patrimonio nacional, en específico...

Por Cristián Fuentes*
 
El rechazo al proyecto Niemeyer para Valparaíso nos recuerda que estamos en un país “curioso”, donde suceden cosas “inexplicables”, aunque esta no sea la primera y, lamentablemente, tampoco la última ocasión en que prevalezcan razones que la razón desconoce. Sin ir más lejos, el recuerdo de August Rodin presentando una propuesta para el monumento a los héroes de Iquique de la Plaza Sotomayor, que terminó en el escritorio del más famoso escultor francés del siglo XIX, debido a la abundancia de desnudos que molestaban a la moral pacata de la época, aparece como un fantasma que observa entre sonrisas apenas disimuladas las palmeras del proyecto más reciente, que no tienen suelo para ser plantadas en ninguna parte. 

Traer la obra de Oscar Niemeyer a Chile significaba abrir la puerta para que los arquitectos de mayor renombre del mundo se interesaran en concretar alguna de sus ideas en un país que no puede pagar su precio de mercado. Un aporte tan significativo al patrimonio nacional, en específico a la ciudad de Valparaíso, sólo podía realizarse a través de la cooperación, convenciendo al artista que participar en tal empresa tenía un valor especial. Para Niemeyer significaba Allende, Neruda, transformar una cárcel en un lugar de creación y vida. El arquitecto más grande de América Latina de todos los tiempos, autor de los edificios emblemáticos de Brasilia, ganador del premio Pritzker (el Nobel de la arquitectura), con 100 años de increíble vitalidad  estaba dispuesto a regalarnos uno de sus sueños de concreto. 

Pero algo pasó, no le gustó a todos. Para algunos era un “ovni”, otros repetían la ordinariez de que por último “a caballo regalado no se le miran los dientes”, los de más allá reclamaban por que nadie les había consultado, los más ignorantes no se sonrojaban cuando preguntaban: ¿y quién es Niemeyer? 

Es cierto que no estamos acostumbrados a este estilo de arquitectura, aunque las cajas, los lustrines y los cajones que se hacen en Chile no son, precisamente, hitos infranqueables de una forma original que deba conservarse impoluta. Aun así, el diseño era absolutamente conversable, de hecho hubo dos propuestas, la segunda proyectada en terreno, luego de visitas y estudios, y corregida nuevamente por los comentarios de artistas, del Municipio de Valparaíso, del Ministerio de Obras Públicas y de los propios usuarios. 

El lugar era la ex cárcel porteña, no por que se le haya ocurrido al maestro brasileño, sino por que era el único terreno disponible. Este mudo testigo de un pasado de sufrimiento se encuentra semi derruido, “ocupado” o derechamente “tomado” por gente cuyo empeño en calificarse como “artistas” es digno de reconocimiento. La fealdad de esta especie de “conventillo” con aspiraciones culturales es propia del descuido, el abandono y la pobreza que, precisamente, este proyecto intentaba superar.

Revitalizar la ciudad de Valparaíso no sólo implica rescatar su pasado, sino sobre todo su futuro, lo cual es imposible si sus prioridades pasan por actividades como arreglar la galería de la antigua cárcel, pues cuesta alrededor de $2.400 millones y no sirve para los fines que se pretenden.

Sin embargo, la construcción del nuevo edificio generó una oposición increíble, con críticas absurdas, la defensa cerrada de un statu quo que no vale la pena y, más que nada, demasiada ignorancia. Lástima que primó una reacción corporativa que considera más importante cuidar la pega que poner en valor la ciudad, al igual que los oculistas cuando se oponen a las campañas que ofrecen lentes gratis.

En estas condiciones una propuesta de Frank Gehry, autor del museo Guggemheim de Bilbao, habría sido rechazada enérgicamente por poner un repollo en los cerros de Valparaíso o sir Norman Foster, con su torre Re de Londres, tendría la culpa de erigir un pepino junto a las sagradas quebradas porteñas.  

¿Qué pasa en la joya del Pacífico? Faltó participación de la gente y liderazgo de las autoridades que pidieron la obra, que duda cabe. No obstante, la elite dirigente está profundamente dividida y los distintos grupos se neutralizan a sí mismos en un peligroso y desgastante juego de suma cero para la metrópoli con más personalidad de todo Chile.

Ojalá no sea un réquiem para Valparaíso. Por suerte, el viejo Puerto ha sabido reinventarse muchas veces, allá en lo alto, donde se expresa la soberanía de sus habitantes mediante la supervivencia de sus esperanzas.       
 
 *Cristián Fuentes V. es cientista político.

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