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La chica material está aquí

por 10 diciembre, 2008

A través suyo observo mejor al tiempo en el que me ha tocado vivir, y distingo el ideal arribista -rubio, adinerado, consumista, self-made- que la ha convertido en reina. En el deslumbramiento ante Madonna late la ansiedad esencial del capitalismo. No admiramos su talento, sino que...

Por Marisol García*

No pienso ignorar a Madonna. No puedo financiar sus entradas ni me he preocupado por tener otro disco suyo luego que compré Like a virgin (y así lo haré con cualquier cosa que produzca Nile Rodgers), pero se ha calmado en mí la saña con la que alguna vez juzgué su filosofía del esfuerzo y la banalización de tendencias que ha producido su paso musculoso por la trotadora del pop. Tengo poca paciencia con sus fans (en rigor, con cualquier persona que pronuncia la palabra "ídola" compulsivamente), pero estoy dispuesta a leer y escuchar cuánto tenga que decirse de ella en estos días en los que, a falta de entrevistas, matinales y comentaristas competirán por quién dice más veces la palabra "espectacular".

Creo, sinceramente, que mirando a Madonna comprendemos mejor nuestra época, su sensibilidad y sus vicios; de los que la de Michigan es reflejo y no gatillo. Estoy en las antípodas de su filosofía del esfuerzo, su culto al gimnasio y su aversión a la vejez, pero A través suyo observo mejor al tiempo en el que me ha tocado vivir, y distingo el ideal arribista -rubio, adinerado, consumista, self-made- que la ha convertido en reina. En el deslumbramiento ante Madonna late la ansiedad esencial del capitalismo. No admiramos su talento, sino que su triunfo, y sólo medimos la calidad de su oferta al compararla con la competencia que ésta pisotea. Si el rock apunta al clásico, Madonna se ajusta, mejor, al imperativo de eterno presente asociable al mercado de la moda y el odioso coolhunting.

Los tropiezos de Madonna son, por ello, también los de un modelo cultural que es muy probable que esté quedando obsoleto, aunque es probable que ella también sepa adelantarse a la inminente moda de la austeridad, el aprecio por la adultez y la suavidad de la maternidad desprendida. Hay algo muy vulgar en el concepto de Hard candy -en su carátula, en los guiños de dominatrix, en el dueto con Justin-, y creí, y escribí, que en ese disco latía la sobreactuación típica de la mujer acomodada aterrada de perder la onda de su sentido juvenil de la aventura. Pero ahora ya no lo sé. Supongo que mi duda es otra conquista de Madonna.

*Marisol García es periodista free-lance especializada en música. Editora de www.musicapopular.cl

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