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Reconstrucción de la izquierda

por 11 febrero 2009

La ciudadanía descontenta, y los votantes ausentes, podrían reaccionar con desconfianza frente a ese pacto para eludir la exclusión. Pueden entenderlo como una suerte de arreglo político para privilegiar la presencia de algunos diputados en el Congreso en vez de favorecer la construcción de la nueva

Por Roberto Pizarro*

El orden político excluyente, la institucionalidad económica favorable a los grandes empresarios y las políticas sociales fundadas en el lucro las estableció el régimen de Pinochet; vale decir la alianza entre la derecha política, los economistas neoliberales y la fuerza represiva de las instituciones armadas. Sin embargo, la Concertación no ha sido capaz de modificar las bases fundacionales del gobierno militar. Falta de voluntad política, temor a los poderes fácticos, compromiso con los grupos económicos o simplemente la aceptación del pensamiento neoliberal explican el acomodo de la Concertación al orden existente. Ello ha provocado un creciente desencanto ciudadano, la marginación de los jóvenes de la vida política y, en el último tiempo, cuando la paciencia se agota, vigorosas movilizaciones de estudiantes, trabajadores del cobre y del sector público.

El desencanto con la Concertación, y de paso el rechazo general a toda la clase política, se acentuará en los próximos meses. La anunciada crisis económica, cada día más evidente, provocará un desempleo que superará de lejos la que se vivió a fines de los noventa. Es probable, entonces, que la generalización de las movilizaciones de trabajadores se convierta en una realidad insoslayable a lo largo del 2009. A ello se agregarán la reanudación de reivindicaciones estudiantiles, hasta ahora insatisfechas, y las exigencias de pequeños empresarios frente a una banca insensible.

Paralelamente, tiempos de cambio están recorriendo todos los países vecinos. La protesta social frente al neoliberalismo y la corrupción ha producido la emergencia de una nueva clase política en la mayor parte de los países de América Latina. De una u otra manera, en las condiciones de cada país, el rechazo al orden existente se encuentra presente en toda la región. Y Chile no es una isla.  Como no lo fue cuando se instalaron las dictaduras militares en Sudamérica y luego cuando el Consenso de Washington consagró su hegemonía.

Así las cosas, existen condiciones objetivas favorables para la construcción de una tercera fuerza en el país, que desafíe al duopolio político que ha hegemonizado el control de los asuntos públicos en el país. Una nueva fuerza, a la izquierda del espectro político, junto a las organizaciones sociales, tendrá la responsabilidad de derogar la constitución antidemocrática, reemplazar el actual sistema electoral excluyente y avanzar en la construcción de un nuevo modelo de desarrollo. La democracia, el pluralismo y la marcha hacia el progreso exigen una nueva fuerza, con un pensamiento acorde a los desafíos del siglo XXI, que sea alternativa a la derecha y a la Concertación. Ello es necesario no sólo para los descontentos sino para el país.

Para cumplir con esos desafíos, las próximas elecciones presidenciales parecen ser un primer paso necesario. Con un candidato único de la izquierda y una propuesta transformadora se podrá marcar diferencias con la derecha que inventó la injusta institucionalidad actual y con la Concertación que, durante diecinueve años de gobierno, no tuvo voluntad para cambiarla.

Sin embargo, el camino no resulta fácil. Las elecciones presidenciales se encuentran acompañadas por parlamentarias. Y, quienes han vivido por tantos años la exclusión política, insisten que la eliminación de ésta se lograría mediante un pacto electoral con la Concertación. Pero, eludir la exclusión no es lo mismo que eliminarla. En efecto, la participación plena de todos los ciudadanos en el sistema político sólo será posible con una nueva Constitución y el cambio del régimen electoral binominal.

En consecuencia, la ciudadanía descontenta, y los votantes ausentes, podrían reaccionar con desconfianza frente a ese pacto para eludir la exclusión. Pueden entenderlo como una suerte de arreglo político para privilegiar la presencia de algunos diputados en el Congreso en vez de favorecer la construcción de la nueva fuerza. Ello podría percibirse también como una inconsecuencia con el discurso crítico frente a la Concertación. Y, por tanto, ese acuerdo en vez de sumar puede restar votos, afectando no sólo al nuevo bloque de izquierda sino también a la misma Concertación. Por ello, los responsables del pacto deberán hilar muy fino para que el eventual acuerdo electoral se muestre como una figura instrumental que no afecte el discurso ni la candidatura presidencial  de la tercera fuerza en construcción. Si ello no se logra, la oportunidad para la izquierda se habrá perdido.

 

*Roberto Pizarro es economista.

 

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