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La fuga como castigo

por 31 marzo 2009

Vactor pareció al principio preso de la serenidad. Pero no habían pasado tres minutos cuando empezó a revolverse inquieto en el duro asiento, y de pronto pareció sofocado por aquella inundación que le llenaba los oídos, y también las narices y la boca, en su rostro ya la angustia del que sabe...

Por Sergio Ramírez*

En un condado de Ohio, de nombre Champaign, territorio profundo de los Estados Unidos, una adusta jueza condenó a un muchacho fan de la música estridente a pagar una multa de 150 dólares por escuchar a sus estrellas preferidas del rap a volumen demasiado alto en su auto, mientras conducía por las calles del poblado. Son de esos vehículos armados con baterías de bocinas estereofónicas, que van dejando al pasar una estela de ruido ensordecedor, como si se tratara de una discoteca ambulante que reparte de acera en acera y de puerta en puerta dosis estridentes de ritmos sincopados y letanías interminables como rezos a todo pulmón, que golpean con insistencia macabra el oído.

La sentencia llevaba, sin embargo, una concesión de parte de la señora jueza: si el culpable aceptaba dedicarse 20 horas a escuchar discos compactos de los grandes maestros, Bach, Händel, Mozart, Beethoven, Schubert, Wagner, la multa sería reducida al 10 por ciento de su valor original, apenas a 15 dólares. El muchacho, acosado por el infortunio de haber violado las leyes que prohíben el abuso de las orejas ajenas, aceptó, contrito, la oportunidad que recibía de reparar de esta manera tan poco usual su delito. Entonces, habiendo el reo declarado su conformidad, la jueza, melómana bien entendida, por lo que se ve, preparó de su mano el repertorio de composiciones destinadas al castigo auditivo, y envió a un alguacil a la biblioteca pública a buscar los discos compactos seleccionados.

Desde su alta potestad de administradora de justicia, actuó como toda una madre de familia, amantísima pero intransigente, que juzga saber bien lo que el hijo díscolo necesita como correctivo; o como vieja maestra de escuela que sabe escoger de entre su catálogo pedagógico las medidas represivas apropiadas, capaces de enderezar el carácter, cuando aún se está a tiempo. De esta manera, la lista de compositores con que proveyó al trasgresor, para su provecho, estaba destinada a purgar sus gustos, como si se tratara de un laxante que le habría de dejar las tripas transparentes.

La magistrada de mi historia se llama Susan Fornof-Lippencott, y debe andar en sus sesenta, mientras el culpable, de 24 años, se llama Andrew Vactor, nombres ambos de compleja sustancia, muy propios para una novela de Vladimir Nabokov. Vactor, resignado a hacerse cargo del castigo alterno para salvar a su bolsillo de las consecuencias del desmán cometido, fue colocado bajo la estricta vigilancia del fiador designado por la jueza, el que, previo juramento, se comprometió a que la pena impuesta fuera cumplida a cabalidad por su fiado, ni un minuto de menos.

Se programó un horario de ejecuciones musicales a lo largo de una semana, la pena de 20 largas horas administrada a un promedio de tres horas por día. No alcanzo a saber si se pensó en recreos intermedios. Y así, todo proveído en los autos judiciales respectivos, el culpable se sentó frente al equipo de sonido, instalado en uno de los salones del tribunal, dispuesto a empezar la primera sesión para descontar su castigo. Supongo que no fue asegurado con correas, como los condenados a la silla eléctrica.

Hay que reconocer que la jueza, piadosa, no le impuso los mismos escandalosos decibeles con los que Vactor agredía a los vecinos pacíficos de Champaign, y decretó, en cambio, que le fuera administrado un volumen más suave. Siempre hay algo de piedad aún en las condenas más duras, por parte de quienes las aplican con sentido de la rectitud y la buena justicia, y éste era el caso de la señora Fornof-Lippencott, ya se sabe, madre y maestra al fin y al cabo.

Primero, Juan Sebastián Bach. Tocata y Fuga en Re Menor. Al final, muy al final del programa, quedaba el anillo de los Nibelungos, de Richard Wagner; pero pensar en aquella meta, por el momento, era ir demasiado lejos. Para completar un maratón se necesita correr 42 kilómetros con 195 metros, y Vactor apenas se estaba colocando, solitario, en la posición de salida. El fiador judicial puso el disco en el aparato, algo que estaba entre sus obligaciones legales, y la sala se llenó entonces de los insistentes acordes del armonio, una cascada fantasmal que parecía caer por todas las paredes en cortinas incesantes, agua sonora desbordada que empezaba a inundar el recinto.

Vactor pareció al principio preso de la serenidad. Pero no habían pasado tres minutos cuando empezó a revolverse inquieto en el duro asiento, y de pronto pareció sofocado por aquella inundación que le llenaba los oídos, y también las narices y la boca, en su rostro ya la angustia del que sabe que se está ahogando. Y ocurrió lo que debía ocurrir. No se dio él mismo a la fuga, acosado por las fugas, sino que volvió contrito delante de la jueza a pagar la multa completa, despreciando así la magnánima oportunidad que había recibido de compensar el daño infringido a la paz social, educando a la vez su gusto en la música.

A pesar del carácter pedagógico que su señoría, la jueza  Fornof-Lippencott, del primer circuito del condado de Champaign, quiso dar a su sentencia, salta la duda acerca de si esa sentencia no era por su propia naturaleza punitiva, y sólo pretendía equilibrar las cargas, como se solía hacer en la antigüedad con la ley del Talión, ojo por ojo, diente por diente: obligar al alborotador a escuchar a la fuerza lo que no le gustaba, como él había obligado a imponer a otros su propio gusto. El rap, que un día, a lo mejor, sonará impresionante y majestuoso a los oídos de otros siglos, igual que impresionantes y majestuosas, como cataratas que se despeñan de manera infinita, suenan las fugas de Bach en los armonios colosales de las catedrales.

*Sergio Ramírez es escritor, ex vicepresidente de Nicaragua (1984-1990).

 

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