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Ingreso mínimo: ¿salir de la pobreza o mejorar la redistribución?

por 1 mayo 2009

Cuando los economistas alegan que se ha abusado del salario mínimo, no mencionan que ya es tiempo de buscar otros mecanismos para subir los salarios medios, que permitan que las empresas traspasen a las remuneraciones de la mayoría de sus trabajadores parte significativa de los resultados que...

Por Diego López*

Las asociaciones empresariales ya calientan motores para enfrentar el reajuste legal del ingreso mínimo. Hace años que no se sientan en la mesa de negociación con el gobierno y la CUT, y prefieren usar su poderosa influencia política para que el ingreso mínimo no suba o suba casi nada. Pero el reajuste legal del salario mínimo pervive como el último rincón redistributivo de nuestra institucionalidad: el poderoso partido a favor de reducirlo ha sido derrotado cada vez que la ley aumenta el monto mínimo a pagar a los trabajadores.

El salario mínimo muestra con claridad cómo conviven en nuestra institucionalidad dos objetivos: combatir la pobreza y garantizar la discrecionalidad empresarial para pagar cualquier salario por sobre el mínimo. El Plan Laboral virtualmente eliminó las normas legales de redistribución salarial (trató a los sindicatos como enemigos públicos, redujo la negociación colectiva a su mínima expresión y permitió que las empresas paguen gratificaciones que no reflejan las utilidades reales), pero con un agudo sentido político mantuvo el derecho al salario mínimo, para que los trabajadores más pobres obtuvieran salarios mínimamente aceptables, pero que una vez contratados se resignaran al salario que decidieran pagar sus empleadores. La idea era clara: la única regulación del salario de mercado debía ser el salario mínimo.

Esta idea del Plan Laboral rige hasta el día de hoy: el mercado está virtualmente despejado de regulaciones sobre el salario y la única instancia institucional que lo aumenta periódicamente es la ley del ingreso mínimo. No hay en Chile ninguna otra forma institucional significativa para aumentar los salarios. En realidad, la fijación del ingreso mínimo opera como una política para combatir la pobreza más que como una mejora sustantiva de las remuneraciones de la mayoría de los trabajadores: no busca que la mayoría de las remuneraciones reflejen el crecimiento económico sino ayuda a que los trabajadores más pobres se mantengan justo sobre la línea de la pobreza.

Sin embargo, aún cuando el salario mínimo ha aumentado considerablemente los últimos 20 años, hoy apenas permite que una familia del quintil más bajo, con el jefe de familia trabajando jornada completa, no sea pobre, y la mayoría de las mujeres en edad de trabajar de esas familias ni siquiera busca trabajo. El escepticismo y desaliento que abunda en las personas de más bajos ingresos cuando enfrentan la búsqueda de un trabajo, no se corrige con garantizarles a las empresas bajos salarios para contratarlos.

El problema es que el mínimo es el primer salario de muchos trabajadores y a la vez es parte sustantiva del salario de mercado de muchos de los ocupados, para quienes los aumentos salariales son una quimera. Según la CASEN 2006, el 59% de los asalariados ganaba entre uno y dos ingresos mínimos. No podemos seguir confiando únicamente en el salario mínimo para mejorar las remuneraciones más bajas. En sectores de alta demanda de empleo, el salario mínimo está muy cerca del salario medio. En realidad, no está claro si la mayoría de los salarios son bajos porque la productividad de los trabajadores es baja o bien la productividad es baja porque los salarios se mantienen bajos, al no enfrentar las empresas responsabilidades legales que realmente les hagan compartir las ganancias que obtienen con la colaboración de sus trabajadores, ni tener contrapartes sindicales con acceso efectivo a la negociación salarial.

El salario mínimo no previene las profundas desigualdades salariales que ahogan el mercado de trabajo en Chile. Los salarios que se pagan en el mercado han beneficiado desproporcionadamente a las empresas más grandes y a los trabajadores más ricos, y los últimos años la productividad media ha subido más rápido que los salarios medios. Esto significa que el crecimiento económico beneficia mucho más a los salarios más altos y a las utilidades empresariales que a los salarios de la mayoría de los trabajadores, y que el esfuerzo creciente de los trabajadores no ha beneficiado proporcionalmente sus salarios.

Cuando las asociaciones empresariales se oponen a subir el salario mínimo, en realidad se oponen al único aumento salarial general que existe en el país. Cuando los economistas  alegan que se ha abusado del salario mínimo, no mencionan que ya es tiempo de buscar otros mecanismos para subir los salarios medios, que permitan que las empresas traspasen a las remuneraciones de la mayoría de sus trabajadores parte significativa de los resultados que obtienen con su trabajo.

 

*Diego López es abogado, académico de la Universidad Alberto Hurtado.

 

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