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Elegía para una campeona

por 7 mayo 2009

¿Quién se acuerda del nombre de alguna de esas novelas? No es necesario. Se trata de un arte efímero, una escritura que se consume a sí misma y se borra como por ensalmo una vez leída, para renacer luego como si nunca hubiera sido concebida antes, confiada en el poder implacable del olvido...

Por Sergio Ramírez*
 
Por mucho tiempo pensé que Corín Tellado era una marca comercial, igual al Charles Atlas de mi adolescencia, que anunciaba en la contraportada de las revistas de historietas su método de tensión dinámica para dejar de ser uno un alfeñique y convertirse en un atleta musculoso, admiración de las mujeres. Pero no es así. Corín Tellado, una escritora de carne y hueso, murió hace poco en Gijón a los 83 años de edad.

Es la noticia de su muerte la que me saca del error de haber creído que no existía. Siempre imaginé que no había otra manera de cumplir un portento semejante, escribir tres novelas por semana, año tras año, con lo que Balzac se queda en un niño de pecho, que mediante el trabajo corporativo de al menos una docena de escritoras de aspecto respetable, laborando como si fueran costureras de un taller donde todo el mundo debe apurarse en acabar los repulgues de las prendas encargadas, para abastecer a tiempo a un amplio mercado de lectoras de folletos, y revistas de modas y del corazón.

“Negros”, como se llamaba a los escritores anónimos en tiempo de Alejandro Dumas padre, que los empleaba en su propio taller de escritura para acometer ciertas partes de sus voluminosas novelas que no necesitaban de su personal intervención divina. Es lo mismo que hacía don Francisco de Goya y Lucientes, que pintaba él mismo las manos, lo más difícil del cuerpo humano, y dejaba a sus “negros” los caballos, y los cielos.

Alguna vez hojeé de adolescente en una barbería de mi pueblo esas novelas de Corín Tellado, que venían al final de la revista Vanidades, o Romances, siempre de fechas ya viejas como son todas las revistas que uno suele encontrarse en las barberías y en los consultorios de los dentistas, descuadernadas de tan manoseadas. Mi recuerdo es que en la primera línea de cualquiera de esas novelas había siempre un galán de ojos verdes como el mar, apuesto, y por supuesto rico, y de noble cuna.

¿Quién se acuerda del nombre de alguna de esas novelas? No es necesario. Se trata de un arte efímero, una escritura que se consume a sí misma y se borra como por ensalmo una vez leída, para renacer luego como si nunca hubiera sido concebida antes, confiada en el poder implacable del olvido, o, mejor, en esa necesidad inmarcesible que tienen los seres humanos de leer siempre la misma historia consoladora, y así de manera infinita.

También llegué a creer que el nombre de Caridad Bravo Adams, otra campeona de la escritura, esta vez de radionovelas, era así mismo una marca de fábrica; pero doña Caridad existió también, y es mexicana de nacimiento, lo mismo que Delia Fiallo, cubana no menos fecunda, aclimatada en Miami, que pasó a la celebridad de las telenovelas; y aún hay otro autor no menos célebre, Félix B. Caignet, cubano también, autor de El derecho de nacer, y de trescientas novelas más. Para todos ellos, seres felices por prolíficos, nunca fue un tormento enfrentarse a la página en blanco, y escribir no les resultó otra cosa que un paseo de verano por un verde prado.

Pero la verdadera corona pertenece a Corín Tellado. A lo largo de su vida escribió no menos de 5 mil novelas con brazo incansable, y en los obituarios que ha merecido se menciona que no hay otro escritor en lengua castellana más leído, salvo Cervantes. Sospecho que cuando se dice Cervantes la referencia es nada más a El Quijote, porque ninguna de sus Novelas Ejemplares debe ser más popular que cualquiera de las de Corín, con lo que, quién quita, se encuentren empatados.

Novelas como conejos. 5 mil títulos, 400 millones de ejemplares vendidos, con lo que esta dama de las letras entra por esa angosta puerta de la gloria que se llama los Guinness Records, junto a la pizza y la paella más grandes del mundo, y los seres más altos del planeta, y los más pequeños. ¿Quién que escribe puede dejar de envidiar a esta colega que prosiguió sin desmayo con su oficio hasta el mismo día de su muerte? Tan pródiga en su producción como para que un adolescente pudiera imaginar que se trataba de una fábrica que vendía sus productos bajo una marca comercial registrada, como el jabón de tocador Camay, o el detergente Fab que lavaba y lavaba, y nunca se acababa.

Se quejó Corín en alguna entrevista, con amargura, de que nadie creyó nunca que sus novelas tuvieran que ver con la literatura. Declarada hija adoptiva e hija predilecta de muchos lugares, según pergaminos municipales, pero nunca reconocida como hija predilecta, ni siquiera adoptiva, de la literatura. Se fue creyendo, por tanto, que los reconocimientos que recibió en vida tenían que ver más con el asombro ante su incansable energía de atleta, que no doblegó la edad. Pero tuvo millones de lectores, y eso no puede dejar de ser causa de celos para quienes escriben, porque ya se ve que no es tan fácil conquistar las barberías, los salones de belleza, y las salas de espera de los dentistas.

*Sergio Ramírez es escritor y fue vicepresidente de Nicaragua.

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