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¿Fuera lo viejo... o fuera los viejos?

por 18 mayo 2009

En este contexto, que podríamos llamar "gerontofóbico", no es extraño que muchas de las personas que se aproximan a la vejez se enfrenten a una lucha por aferrarse a las cualidades propias de una juventud idealizada, lo que les puede generar por consecuencia importantes sentimientos de frustración.

Por Daniela Thumala*

Desde hace ya un tiempo es frecuente oír que los cambios que nuestro país necesita para consolidar y avanzar en su proceso de modernización requieren de la incorporación de personas jóvenes a las diferentes esferas, tanto públicas como privadas, de nuestra sociedad. Se señala que es necesario avanzar en nuestro desarrollo a partir de nuevas ideas y se asume que los jóvenes son los portadores de lo nuevo. Frases como "hay que abrir el tiraje de la chimenea", se suelen entender como la salida de los más viejos (en lugar de "los mismos de siempre") de diversos espacios para dar cabida a la juventud.  Junto con suponer que los más jóvenes son los más indicados para generar los cambios, también se está asumiendo que los más viejos son los conservadores encargados de evitar, o al menos no promover, estos cambios. El punto que quiero señalar es que si bien esta sentencia (en todo el sentido de la palabra) pudiera ser razonable, corre el riesgo de establecerse como una ley o, peor aún, como un dogma, algo no cuestionable, cuyos efectos inesperados convendría intentar dimensionar.

Nuestro país está experimentando un importante y sostenido cambio demográfico: su población envejece aceleradamente. Actualmente las personas mayores de 60 años constituyen alrededor del 13% de la población, para el 2050 llegarán al 28,2%. Si consideramos las proyecciones mencionadas, la población mayor estaría, en un breve tiempo, ocupando un espacio relevante en nuestra estructura demográfica, desplazando a la cohorte de los menores de 15 años. No sólo más personas llegarán a la vejez, las expectativas de vida actuales implican que esta etapa podría durar un período de tiempo que cubre más años que la niñez y la adolescencia juntas. Este aumento de población mayor genera una serie de interrogantes que destacan la complejidad de este fenómeno, una de ellas dice relación con su inclusión o exclusión social.

La producción y circulación de imágenes sociales sobre los adultos mayores, entendidas como creencias y estereotipos sobre este grupo etáreo, amplían o restringen sus rangos de inclusión social. Al respecto, son varios los estudios, algunos desarrollados en Chile, que dan cuenta de una imagen negativa y generalizada sobre este período de la vida. La vejez es considerada como una etapa de decadencia, cargada de estereotipos negativos como la pérdida de capacidades,  la radicalización de posturas  conservadoras, la falta de interés sexual además de las crecientes dificultades para adaptarse a los nuevos contextos sociales y tecnológicos. En concordancia con lo señalado, no es extraño observar al mismo tiempo una sobre valoración de la juventud. En una sociedad donde la realización personal se asocia al éxito y éste es frecuentemente vinculado al logro de status y dinero, las capacidades competitivas, la flexibilidad y la capacidad adaptativa son atribuidas mayoritariamente a los jóvenes y adultos jóvenes.

Si bien estas imágenes pueden ser aceptadas por un gran número de personas, cabe señalar que no es posible hacer referencia a la vejez como si se tratara un fenómeno unívoco. Como lo han señalado diferentes especialistas, la edad en la segunda mitad de la vida, así como en la adultez, por sí misma no predice nada acerca de las capacidades psicológicas, intelectuales o sociales de las personas. Ejemplo de ello es cómo la llegada de la modernidad ha implicado la diversificación de los estilos de envejecimiento. Las experiencias compartidas que daban forma a las identidades generacionales se han ido difuminando en tanto los ciclos biográficos son cada vez más polimórficos. En suma: no hay una vejez, hay vejeces.

Por otra parte, de acuerdo con los datos arrojados por la última Encuesta de Caracterización Socioeconómica (CASEN-2006) los nuevos adultos mayores cuentan, cada vez más, con nuevos recursos: están más educados, más informados, se sienten más saludables y se encuentran progresivamente más organizados.  Aquellos que tienen entre 60 y 74 años tienen en promedio casi un año y medio más de educación formal que los de más edad, más del 60% se autoevalúa sin condiciones patológicas de larga duración, viven mayoritariamente en grandes ciudades  (el 84% habita en zonas urbanas) y tienen más influencia económica y política que sus predecesores. Esta tendencia se acelerará en los próximos años.

Frente a este panorama, la pregunta por la integración de los adultos mayores requiere ajustarse a los diferentes tipos de vejeces que comienzan a manifestarse en nuestro país. Reconocer la diversidad que es propia de las sociedades modernas, puede ser una forma de cuestionar estereotipos que finalmente se traducen en la exclusión social para este grupo etario, proceso que termina en una suerte de "muerte social", con las consecuencias de sentirse marginado y con dificultades para darle sentido a una cada vez más larga etapa de la vida.

Por otra parte, la generalización de estereotipos sobre la vejez que no se empalman con las actuales posibilidades de los adultos mayores estimula la resignación y el fatalismo en tanto condicionan a las personas adultas mayores a aceptar una realidad montada sobre prejuicios que finalmente hacen suya, padeciendo las consecuencias de ello. En este contexto, que podríamos llamar "gerontofóbico", no es extraño que muchas de las personas que se aproximan a la vejez se enfrenten a una lucha por aferrarse a las cualidades propias de una juventud idealizada, lo que les puede generar por consecuencia importantes sentimientos de frustración.

Posiblemente parte de los cambios que nuestro país requiere tengan relación con reflexionar, cuestionar y dejar atrás visiones simplificadas y estrechas sobre los diferentes grupos de personas que participan de nuestra sociedad. Ello constituiría un paso en la dirección de cambiarlas y con ello mitigar los efectos no deseados de las representaciones que restringen las efectivas posibilidades de integración social de los que envejecen.

*Daniela Thumala es psicóloga e investigadora Programa de Estudios Sistémicos de Envejecimiento y Vejez, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

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