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¿Quo vadis crisis?

por 27 mayo 2009

Las actuales estrategias anticrisis están dirigidas fundamentalmente a compensar mediante recursos y crédito público la desvalorización de los activos financieros. Supuestamente, para parar la caída o paralización de la actividad económica y del comercio mundial, es primordial salvar las empresas...

Por Alexander Schubert*

A lo largo del mundo, los gobiernos están tratando de contrarrestar la crisis económica mediante el intervencionismo estatal. Lo mismo sucedió después de la Gran Depresión del siglo pasado. Pero ahora lo hacen desde un nivel de participación en el producto interno (PIB) muchísimo más alto, y después de una acumulación de deudas incomparablemente mayor. Ahora se trata no sólo de compensar la pérdida de empleo e ingresos del sector privado. Se trata también y primordialmente de rescatar el valor de la riqueza acumulada en el sistema financiero durante los últimos decenios. Cual serpiente hambrienta, es casi seguro que los Estados se atoren en el intento.

Las actuales estrategias anticrisis están dirigidas fundamentalmente a compensar mediante recursos y crédito público la desvalorización de los activos financieros. Supuestamente, para parar la caída o paralización de la actividad económica y del comercio mundial, es primordial salvar las empresas financieras (bancos, seguros, fondos). Estas están amenazadas de colapsar por la caída de los precios de los papeles que constituyen sus activos. De materializarse la amenaza, se contraería el crédito de forma casi absoluta. Dado el alto nivel de financialización de la economía, ello significaría una pérdida casi completa del capital de la mayoría de empresas no sólo financieras, sino productivas y de servicios. El capitalismo se quedaría sin una buena parte no sólo de su crédito, sino de su capital. El nivel de actividad económica tendría que bajar a niveles muy inferiores a los actuales.

Aunque ya antes se sabía, lo que ha quedado demostrado por la actual crisis es la importancia que adquirieron en los decenios pasados los símbolos de valores supuestamente reales, pero de hecho inexistentes, como acciones, bonos y otros instrumentos de renta fija o variable. El valor de estos símbolos se confundió con su precio. Cuando este subía, todo el mundo pareció enriquecerse, y el crédito se ofrecía cual prostituta a los dueños de la nueva riqueza. Cuando bajaba, no importaba, porque como en el cuento de Ricitos de Oro la economía tendería al equilibrio. Cada vez más capital y ahorros privados buscaron hacer ganancias en el comercio de estos papeles. El correlato fue un aumento espectacular del bienestar financiado con deudas. Ahora la mayor parte de esos papeles no vale nada, porque no se puede esperar flujos financieros futuros basados en ellos. Los osos se comieron a Ricitos.

Desesperadamente se busca, por eso, sustituir los mecanismos del mercado incapaces de fijarle precio a esta riqueza imaginada por resoluciones administrativas supuestamente capaces de hacerlo. Para ello incluso se han cambiado las leyes y reglamentos de valoración de activos financieros. Además, se están ampliando los balances de los bancos centrales, sin respaldo legal alguno y totalmente al contrario de la  ideología prevaleciente hasta hace no poco. También se están comprando acciones y bonos de empresas a precios artificiales, con grandes pérdidas para los Estados.

Esta situación crea un grave dilema no sólo económico, sino social y político. ¿Qué papeles comprar y cuáles no? ¿Cómo financiar esta compra? ¿Cómo administrar los bienes que se van adquiriendo? La legitimidad de los Estados se juega en este asunto. Es completamente ilusorio comprarlos todos, porque su valor nominal excede en varias veces el PIB mundial. Para adquirir estos papeles, los Estados deben poner en circulación los suyos. Es decir, deben aumentar su propia deuda. Ella está subiendo de manera explosiva. Los agentes estatales deben integrarse a directorios de empresas privadas semi o totalmente socializadas. Nadie sabe qué harán allí y es poco probable que algún Parlamento llegue algún día a saberlo. Veremos cómo la Justicia resuelve las decenas de litigios que habrán de producirse. Lo más probable es que colapse totalmente.

Mucha de la riqueza imaginaria creada en los últimos decenios está definitivamente perdida. Y la riqueza que actualmente se está invirtiendo en bonos estatales también. Los respectivos papeles van a desaparecer del mercado. Las pérdidas para empresas y hogares serán enormes. La destrucción de capital y ahorros de los hogares sacará de circulación un buena parte de la demanda que ha sostenido el crecimiento económico mundial en los años recientes. Será necesario reajustar todo el aparato productivo a una demanda menor. Tanto el empleo como los ingresos disminuirán por un largo período. El comercio mundial disminuirá drásticamente y con ello la estructura productiva basada en él sufrirá las consecuencias. El andamiaje del derecho internacional creado para facilitarlo ya está sufriendo agudas grietas.

Va quedando así cada vez más en evidencia que un modelo de acumulación en el que la producción de riqueza está íntimamente asociada a la producción de las deudas  y profundos desequilibrios económicos, puede funcionar un cierto tiempo, pero no eternamente. El error de creer lo último lo han cometido muchos, desde Max Weber hasta teóricos contemporáneos de menor monta, para qué hablar de los operadores de este sistema, que sí hicieron su pingüe negocio con todo esto.

El intento del capitalismo por crear nuevas formas de riqueza ha terminado en un rotundo fracaso. Y habrá que esperar largamente hasta que se le ocurra algo nuevo. En el entretanto, las luchas al interior de las sociedades por asegurar lo que se creía alcanzado, necesariamente se agudizarán. Estados quebrados financieramente no son garantía de estabilidad. Habrá que despedirse de todos los conceptos de "gobernanza" tan en boga hasta hace poco. Bajo estas condiciones, esperar una pronta recomposición del capitalismo en crisis, es una ilusión. Antes habrá de destruirse su propio mito.

*Alexander Schubert es economista y politólogo.

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