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Enríquez-Ominami: ¿sólo malestar democrático?

por 2 junio 2009

La elaboración de un proyecto que se aleje de la fraseología rápida, a veces ininteligible, capaz de representar al variopinto grupo que está dispuesto a votar por él, parece una tarea titánica. También lo es la conformación de un equipo de gobierno que lo distancie de una simple alegoría de...

Por José Miguel Zapata*

 De todas las encuestas de las últimas semanas, sorprendieron la de la Universidad del Desarrollo (UDD) por los porcentajes favorables para Marco Enríquez-Ominami, y la del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea CERC, porque prácticamente no trajo preferencias para él, contradiciendo no sólo a la UDD sino que la tendencia que muestra la mayoría de las encuestas publicadas recientemente.

Las diferencias han sido atribuidas a que la encuesta CERC es presencial (‘cara a cara') y por lo tanto más representativa de toda la sociedad, mientras la mayoría de las otras son telefónicas, representando principalmente a los sectores medio-altos donde Enríquez-Ominami se supone tiene un mayor apoyo.  En mi opinión las diferencias en los guarismos no derivan de allí, sino de la manera de preguntar. Más aún, como la propia encuesta CERC muestra, al comparar hogares con y sin teléfono fijo, no existen diferencias significativas en las preferencias electorales entre ambos tipos de hogares.

Es posible interpretar esas diferencias a partir del tipo de pregunta con que se interroga sobre el tema presidencial en las encuestas y de allí extraer algunas conclusiones políticas. Mientras CERC pregunta ¿quién le gustaría que fuera el próximo Presidente de Chile?, la mayoría de las otras preguntan derechamente por la intención de voto si las elecciones fueran el próximo domingo. En el primer caso, Enríquez-Ominami alcanza sólo el 1% de las preferencias mientras que en el segundo bordea e incluso supera el 10%.

Al margen de consideraciones metodológicas, ambos resultados son coherentes con el tipo de votante que se inclina por Enríquez-Ominami y permiten mostrar la naturaleza del compromiso político que hoy día exhiben sus seguidores. Parece ser que la mayoría de sus votantes no lo perciben o no lo quieren como Presidente, al menos no para el 2010, sino más bien lo ven sólo como un vehículo para expresar un malestar que ha crecido larvadamente en el seno de la sociedad y, particularmente, dentro de la Concertación. Sin embargo, la situación cambia cuando al encuestado se le pone en la disyuntiva de escoger a la persona que efectivamente gobernará el país, siendo allí donde Enríquez-Ominami empieza a desaparecer de las preferencias mostrando que su condición de presidenciable es más bien feble o inexistente.

Qué capacidad tiene él -y qué velocidad- para hacer el tránsito hasta convertirse en un verdadero presidenciable a los ojos de sus propios votantes es difícil de pronosticar. Desde luego le ayudaría la articulación de una propuesta política coherente, un programa y un equipo de Gobierno, cosas de las cuales ha carecido y que no son de fácil construcción. La elaboración de un proyecto que se aleje de la fraseología rápida, a veces ininteligible, capaz de representar al variopinto grupo que está dispuesto a votar por él, parece una tarea titánica. También lo es la conformación de un equipo de gobierno que lo distancie de una simple alegoría de David contra Goliat y lo sitúe ante los ciudadanos como parte de una empresa colectiva para gobernar el país.

La improbabilidad de esa transición pone un manto de dudas sobre la verdadera capacidad de Enríquez-Ominami de liderar a su electorado y conducir sus preferencias dentro de todo el proceso electoral, específicamente en una segunda vuelta entre Frei y Piñera, y no dejar a sus seguidores entregados de manera libre a sus inclinaciones electorales originales.

De no ser las cosas así, la presencia de Enríquez-Ominami no pasará de ser otro hecho transitorio de la política chilena.

* José Miguel Zapata es analista Político, MPA de la Universidad de Harvard.

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