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Bicentenario: ¿espejismos de una sociedad justa y decente?

por 23 julio 2009

¿Es que la gente delinque porque sí? ¿Es que aumenta la drogadicción por un asunto de evolución espontánea del mercado? Sigamos. Sigue leyendo, o escuchando radio, como quiera, y se entera de algunos tímidos reclamos de alguna asociación de tercera edad o adultos mayores que existen...

Por Pablo Salvat*

A poco tiempo de llegar a los 200 años de vida republicana, y en medio de una serie de actos y  eventos ad hoc, no podemos sino constatar que nos falta aún mucho para el logro de lo que podría llamarse una sociedad decente.

Una sociedad decente es también una sociedad justa, y no podría no serlo. Justa, en el trato mutuo de sujetos-ciudadanos, en base a sus capacidades, posibilidades y aportes, desde una base general: la igualdad básica entre todos los habitantes de la sociedad chilena y el cuidado especial por los más desfavorecidos, sea en capital social, cultural, económico.  

Decente seria  una sociedad en la cual  sus instituciones primordiales no humillan  -o pasan a llevar-,  la dignidad  de sus ciudadanos. Sin embargo, ¿qué puede observar ud.  o yo en el día a día?  Por de pronto, abre los diarios y se entera que las Isapres están pensando en subir los planes de salud de sus clientes -porque esos somos  para ellos-,  por si y ante sí.  ¿Causa?  Pues las atenciones que han debido proporcionar  debido al tan mentado virus Ah1n1.   Como si, estimado lector, ud. o yo fuésemos los directos responsables de haber introducido el virus en el país, y luego, de haberlo contraído. ¿Se han escuchado voces que desde las elites de poder cuestionen esta nueva alza?  Pocas,  la verdad.  Sigamos.  Después, ud. sigue leyendo o ve la TV y se informa  de un ya largo conflicto con Gendarmería. ¿Motivo?  Las condiciones de su trabajo y las remuneraciones que reciben.

Pero, de pasada, ud. se entera del estado lamentable de buena parte de las cárceles chilenas.  Se entera además, de la subida constante del número de encarcelados en los últimos años, y por tanto, que hay sobrepoblación de reos en ellas.  ¿Ud. ha escuchado algunas reflexiones más serias sobre este fenómeno, su realidad  y causales?  ¿Ha escuchado al mismo tiempo, inquietud en nuestras autoridades y poderes por concebir y compartir con toda la sociedad lo que podría hacerse al respecto, más allá del aumento de la represión y de los medios para ello?  ¿Es que la gente delinque porque sí?  ¿Es que aumenta la drogadicción por un asunto de evolución espontánea del mercado? 

 Sigamos. Sigue leyendo, o escuchando radio, como quiera, y se entera de algunos tímidos reclamos de  alguna asociación de  tercera edad o adultos mayores que existen.  ¿Motivo? Pues a ellos se les sigue descontando el 7%  de las pensiones.  Representan ya una gran minoría discriminada, y van llegando al 20 o 25% de la población.

No tenemos algunos beneficios complementarios -como hay en países más desarrollados-,  que permiten aligerar la carga del diario vivir, tanto para los propios adultos mayores como para aquellos que deben hacerse cargo de ellos (en acceso a créditos; viviendas; salud, transporte público, etc). ¿Ud. conoce lo que pretenden hacer al respecto los actuales candidatos a la presidencia de la República? Sigamos pues. Va usted caminando por  algún recinto privado y hay buenas mozas agentes de AFP's repartiendo una suerte de círculo de cartón  que dice: ¿cuál es su número? Extrañado usted lo recoge: y se pregunta, ¿mi número?  Pues sí. Claro, no cualquier número; en esta numerificadora cultura que habitamos.  Se refiere a la cantidad de millones que usted debe juntar -por cierto, si puede y alcanza con una vida-,  para jubilar o pensionarse con determinada cantidad de dinero mensual  (que  se adecue a sus  expectativas).  

Claro, porque aquí también se nota la mano de las mentadas modernizaciones y de seguro, del "heroísmo" de los ministros de Hacienda de larga data: si antes ud. podía jubilar con un porcentaje importante  de su último sueldo, ahora no pues. Ahora es en función de los millones que ud. pudo juntar durante su vida laboral (siempre que haya podido tener una vida laboral satisfactoria, es decir, bien remunerada, larga y estable en el tiempo; algo muy evidente hoy por supuesto).  De nuevo, esto es asunto de preferencias individuales: ¿quiere tener una mejor jubilación? Pues, asunto suyo no más.   A esos botones de nuestra habría que sumarles otros, también importantes.

Veamos.  Se  sabe como ha tratado la razón de Estado a las  minorías étnicas y sus reinvindicaciones.  En especial, en el sur de Chile. Cuánto retardo tenemos aún en este campo, a pesar que recién acaba de aprobarse el Convenio 169 de la OIT. Convenio que, para en su  aplicación, lee bien, está ya siendo impugnado por empresarios de la madera o de la minería.  ¿Por qué dirá ud.? Pues porque ese Convenio manda tomar en cuenta la situación del lugar en la cual se hacen inversiones, en relación a sus habitantes e historia.  Al mismo tiempo, demanda considerar el impacto de esas inversiones en el modo de vida de las poblaciones autóctonas allí  residentes y en  el medio ambiente. No pues,  demasiado pedir para los señores inversores.

Sigamos. Nos enteramos - por el lado a decir verdad-, que está en discusión un proyecto de ley que quiere responsabilizar a los organizadores de manifestaciones públicas por los eventuales daños a la propiedad pública o privada que grupos cualesquiera puedan hacer, aprovechándose de ellas.

Como a lo mejor usted sabe, esto es herencia del régimen pinochetista, que  emitió el decreto supremo 1086 -el año  83-, por el cual  se impiden manifestaciones/reuniones en lugares públicos sin permiso previo de la autoridad. Y ahora, al parecer, se quiere perfeccionar ese decreto heredado.  Y podríamos seguir  con un buen etcétera: educación, medio ambiente,  ciudades segmentadas, etc.  Como que algo no calza bien en la imagen de tanto avance y progreso que recibimos a diario.

Con tanta complacencia  enunciada desde las elites políticas o económicas. El día a día parece mostrar que, la nuestra, es una sociedad en la cual no caben todos. Es una sociedad desigual -en el acceso al poder,  saber, tener, medios de comunicación-; es también, por lo visto, una sociedad no justa y no decente todavía. ¿Qué debemos celebrar para este Bicentenario? ¿Nuestra  democracia de baja intensidad? ¿O el reinado ideológico ostensible del crecimiento y el mercado,  y la privatización de bienes públicos y de la  política  con que se acompaña por doquier puestos como destino inevitable? ¿No sería bueno y útil incluir estas cuestiones en la autorreflexión sobre quienes somos y quiénes queremos ser en tanto comunidad política? 

 

*Pablo Salvat es director del Magíster en Ética Social y Desarrollo Humano, U.A. Hurtado.

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