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A ganarse el corazón de las poblaciones

por 27 julio 2009

Durante los gobiernos de la Concertación los intentos por recuperar el tejido social han fracasado y que ni siquiera las inversiones en infraestructura sirven para paliar la desesperanza.

Por Cristián Cabalín*

Arturo Fontaine, director del CEP, dijo en una entrevista que Sebastián Piñera debía demostrar que no solo tiene inteligencia, sino también corazón. El abanderado de la Alianza respondió a este comentario saliendo a terreno y ahora planea focalizar su trabajo de campaña en las comunas más populares de Santiago. En esta misma línea están Eduardo Frei y Marco Enríquez-Ominami, quienes han desplegado una fuerte ofensiva en distintas ciudades y poblaciones. Tal como señaló Fontaine, los candidatos no solo tienen que ser admirados, además deben despertar cariño, sobre todo, entre los más vulnerables.

Aunque los análisis apuntan a que esta elección la definirá la clase media, los sectores populares serán igualmente decisivos, tal como lo fueron en la presidencial pasada. En enero de 2006, los votos de Joaquín Lavín en este segmento de la población no se traspasaron en segunda vuelta a Piñera, demostrando que para los pobres no es fácil votar por un candidato presidencial de derecha, pese a todo el esfuerzo realizado por la UDI por ganar su adhesión.

Según la última encuesta del Centro Estudios Públicos, en los sectores de menores ingresos Frei tiene una intención de voto del 38% y Piñera solo del 29%. Es en el único grupo socioeconómico donde el candidato de la Concertación tiene ventaja, sobre todo ahora dado el alto impacto de la red de protección y los bonos del gobierno. Consciente de aquello, Piñera cada vez que está en una población repite que en su eventual administración no desaparecerá ningún beneficio social y que los subsidios incluso podrían profundizarse. Es decir, la captura del voto de los más pobres estaría vinculada a mantener estas medidas.

Pero para ganarse el corazón de los pobladores no solo basta con meter un par de billetes en sus bolsillos y llenarlos de promesas. En los sectores populares urbanos se ha instalado la desconfianza frente a un sistema que aún no los integra a los beneficios del crecimiento y el desarrollo. Este malestar se extiende también a otros grupos sociales, que perciben que sus intereses no son defendidos con la suficiente fuerza en la disputa política.

En dos estudios que hemos realizado en el ICEI de la Universidad de Chile acerca de la identidad cultural y la vida comunitaria en las poblaciones La Bandera y La Victoria, los resultados arrojan que los habitantes de estos sectores sienten un profundo rechazo al actual funcionamiento de la política y de la economía. Pese a los evidentes avances en infraestructura, que acortan las distancias entre el centro y la periferia, y a un contexto material a todas luces más amigable que hace dos décadas, no existe la convicción de que sus vidas hayan cambiado para mejor. Es más, afirman que hoy los lazos colectivos se han deteriorado y que la organización -que los caracterizó en los años ‘80- ha desaparecido, agudizando su sensación de desamparo.

Como lo han demostrado algunas investigaciones, estas percepciones de insatisfacción, desamparo y exclusión, a pesar de las mejoras de los indicadores sociales, son también compartidas por otros sectores de la sociedad. Sin embargo, lo simbólico de este caso es que se trata de dos zonas emblemáticas de Santiago, cuyas comunidades fueron protagonistas de la historia reciente del país, con un rol relevante durante la resistencia a la dictadura de Augusto Pinochet, y con un origen eminentemente político. De hecho, La Victoria es la toma de terrenos más antigua de América Latina.

Si en dos poblaciones con este poderoso legado de organización social y participación política se constata este desaliento y desapego a lo colectivo, podemos deducir que durante los gobiernos de la Concertación los intentos por recuperar el tejido social han fracasado y que ni siquiera las inversiones en infraestructura sirven para paliar la desesperanza. En definitiva, la integración territorial de estas poblaciones, que dejaron de ser la periferia de Santiago luego de la expansión de los límites de la ciudad, no asegura la integración social de sus habitantes. No basta la conectividad, la estación de metro a la puerta o cambiar el barro por el pavimento en las calles para romper la exclusión. No es solo una cuestión geográfica o material.

En La Bandera y La Victoria, por ejemplo, se ha instalado el narcotráfico en un lugar que antes ocupaban los movimientos políticos y la Iglesia Católica, actores que jugaron un papel determinante en la organización de los más pobres. Las drogas, la violencia y los narcos quitan espacios a un Estado tímido, incapaz de responder a las demandas más básicas de los pobladores, que conviven diariamente con la impotencia política y la invisibilidad social, como dice Jesús Martín-Barbero.

Es en ese esquema donde los más pobres de la ciudad construyen su identidad y su vida comunitaria. Ahí luchan por vivir dignamente, por entregar una mejor educación a sus hijos, por tener oportunidades y por romper con los estigmas y discriminaciones que sufren. En esos anhelos los pobladores tienen puesto su corazón, aquel que los candidatos presidenciales hoy se están disputando, pero que aún no saben cómo conquistar.

*Cristián Cabalín es periodista y magíster en Antropología y Desarrollo. Académico del Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI) de la Universidad de Chile.

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