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La Justicia del Trabajo en su mejor hora

por 21 agosto 2009

Más allá de algunas cuestiones pendientes, la nueva justicia del trabajo -esa que en estos días llega a Santiago- está dando el ancho para tan epifánico momento y que los juicios ahora son orales, duran menos de 2 o 3 meses en promedio.

Por José Luis Ugarte*

En Santa Bárbara, cerca de los Angeles, había sol el 4 de Agosto de este año. Extraño para un lugar donde suele llover todo el invierno. Pero era una buena ocasión para un día soleado. Ese día el Juzgado de Letras de la zona aplicaba las nuevas reglas de la justicia laboral y fallaba el caso que enfrentaba a la Sra. María Rina Jara, asesora del hogar, con su ex empleadora. 

No es difícil imaginar a la Sra. Rina más que contenta incrédula. Quizás miro a la juez con esa mezcla de respeto y temor con que comúnmente la gente humilde mira en el campo a los que ejercen alguna autoridad. ¿Ya se terminó? debió haberse preguntado de seguro.

Y tampoco es difícil imaginar a su ex empleadora entre sorprendida y molesta al ser notificada de la sentencia. En menos de un mes -26 días para ser exactos- se tramitó todo el juicio laboral en su contra y el resultado fue elocuente: se declaró nulo el despido, fue condenada a pagar la indemnización por término de contrato, indemnización por aviso previo y al pago retroactivo de las cotizaciones provisionales.

Ella -la ex empleadora- no se tomó la molestia de ir al juicio. Como en su día no se tomó la molestia de hacerle un contrato de trabajo a la Sra. Rina, ni menos de minucias como pagar el ingreso mínimo aplicable (la remuneración era de 40 mil pesos mensuales por 32 horas semanales) o de dar el aviso de despido que la ley exige.

Y en algún sentido ambas partes fueron sorprendidas. Lo que no sabían es que el derecho chileno vivía esos extraños y episódicos momentos en que se acuerda de lo mejor que puede ofrecer a una sociedad -justicia y consideración para todos y especialmente para con los más débiles- y que por un momento y tan sólo por un momento las cosas no serian como siempre en Chile.

Y que más allá de algunas cuestiones pendientes, la nueva justicia del trabajo -esa que en estos días llega a Santiago-  está dando el ancho para tan epifánico momento y que los juicios ahora son orales, duran menos de 2 o 3 meses en promedio (o menos de uno como el que estamos comentando), los trabajadores más pobres tienen defensa profesional y se sanciona seriamente la displicencia y las dilaciones en el juicio.

Había razones entonces para el sol en el cielo de Santa Bárbara. Pero no todo es tan sencillo.

No hay que ser adivino para saber que ante un avance de tal calado de los sectores más débiles de nuestra sociedad, la elite empresarial montará una campaña política y mediática de presión para conseguir una contrarreforma.

Esa elite y sus abogados tienen motivos confesables e inconfesables para oponerse. Sólo escucharemos públicamente de los primeros y paras ser exactos de sólo uno de ellos: el debido proceso.

Paradoja donde las haya. Los mismos abogados que antes que ayer no levantaron ni la mas mínima protesta cuando Pinochet en 1981 desahució los tribunales laborales -para que el trabajador llevara sus asuntos en procedimientos civiles de 4 o 5 años-, y que hasta hace poco no decían absolutamente nada sobre nuestro antiguo proceso laboral que duraba, por lo bajo, dos años. De repente y de golpe rasgan vestiduras por un derecho fundamental que apenas ayer conocieron. Inevitable no acordarse de Neruda y su magnifica ley del embudo.

De los inconfensable, en cambio, no escucharemos nada. Pero yo se los cuento aquí estimado lector. Un proceso laboral que dura dos o más años carga los dados en contra del trabajador. Debe esperar ese tiempo y más para obtener sus derechos laborales y ahí tiene un incentivo inderrotable para renunciar a sus derechos, haciendo realidad esa máxima cruel pero tan típica de nuestra antigua justicia laboral: es mejor un mal acuerdo que un buen juicio.

Mejor era esperar el melancólico desarrollo del juicio laboral antiguo para ofrecer un poco de lo debido - ¿un 20, un 30 o un 40 por ciento?- y apostar a que el trabajador se desistiese de su demanda.  Total, quien resistirá 2 o 3 años de juicio laboral con deudas pendientes y familia que mantener. Eso pensó, quizás, que ocurriría la empleadora de la Sra. Rina con el juicio en su contra.

Ahora,  de los motivos confesables no nos preocupemos mucho: el nuevo proceso laboral respeta íntegramente el debido proceso y da garantías suficientes a ambas partes de la posibilidad de defensa.

De los motivos inconfesables, en cambio, Dios nos pille confesados. La elite empresarial y sus abogados desataran toda la presión posible para que tanto el Gobierno como el Parlamento reformen la reforma. Y como sus motivos son inconfesables todo se hará tras bambalinas -lobby es el nombre elegante si mal no lo recuerdo- y sin que los trabajadores y sus organizaciones apenas se enteren.

Y ahí -no nos engañemos- la Sra. Rina tiene muy pocas posibilidades de ganar.

Y volverá,  entonces,  a llover en Santa Bárbara. Como siempre.

*José Luis Ugarte C. es Profesor Derecho del Trabajo UDP.

 

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