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La herencia de Michelle

por 20 septiembre 2009

A pocos meses de que culmine su período presidencial, Michelle Bachelet puede bien convertirse en la primera mandataria del oficialismo que entregue el control del Estado a la derecha.

Por Pablo de la Vega*

Contra todo pronóstico, la Presidenta Bachelet terminará su período presidencial como la mandataria con el más alto índice de popularidad que registre el país desde que se hacen este tipo de mediciones.

Merecidos entonces parecen ser los homenajes que distintas instituciones han realizado o tienen planeado hacer de aquí al término de su mandato. Una muestra de esto fue el vibrante Tedeum que la comunidad evangélica le brindó el fin de semana recién pasado. Motivos tenían y una Presidenta emocionada, por cierto agradeció el gesto.

Sin embargo, hay una tarea en la que la mandataria parece estar al debe y que amenaza con empañar su impresionante palmarés de popularidad. Esta es su relación con los partidos políticos y el riesgo, por primera vez en 20 años, que la Concertación pierda su hegemonía electoral y por cierto el gobierno de la nación.

Michelle Bachelet, recordaremos todos, fue ungida como la candidata del oficialismo, mientras detentaba la titularidad del ministerio de Defensa del Presidente Lagos y con impresionantes índices de respaldo popular que la colocaban por encima de las principales figuras concertacionistas de la época como Soledad Alvear o José Miguel Insulza.

Pese a su militancia y a sus labores ministeriales, para los ciudadanos, Bachelet fue desde el principio una grata sorpresa que gracias a su carisma e indudables atributos era percibida como el "aire fresco" que la coalición, tras 16 años de Gobierno, necesitaba para mostrarse ante el electorado como una fuerza capaz de enfrentar un nuevo período de desafíos, esta vez encarnados en la figura de la primera Presidenta de la República.

Lo que pasó es historia conocida y hoy, a pocos meses de que culmine su período presidencial, Michelle Bachelet puede bien convertirse en la primera mandataria del oficialismo que entregue el control del Estado a la derecha.

Los presidentes Aylwin, Frei y Lagos siempre tuvieron claro que además de ser los inquilinos de La Moneda eran además los incuestionables jefes políticos de la Concertación de Partidos por la Democracia.

Para todos aquellos que reporteamos estos años de gobiernos oficialistas, jamás fueron un misterio los numerosos roces y hasta las intrigas que enfrentaron a estos presidentes y a sus equipos más directos con algunos líderes y personajes de la Concertación.

Tal vez lo que diferenciaba a estos mandatarios de la actual Presidenta era que ellos provenían de los partidos, los dirigieron, conocían a sus dirigentes y sabían perfectamente cuando poner o no orden en las filas.

La presidenta Bachelet en cambio, desde un principio dio la señal de querer prescindir de ellos y pese a que en todos sus equipos ministeriales destacaban conocidos ex líderes de la Concertación, era notorio que estos ministros no contaban con un rating real al interior de sus colectividades, lo que en la práctica cortó los puentes de comunicación entre el segundo piso y las tiendas del arco iris.

Las consecuencias de esto están a la vista. Cuatro de los cinco candidatos presidenciales provienen del oficialismo y como nunca antes la Concertación enfrenta el riesgo real de perder el Gobierno ante una derecha que parece querer disputarle La Moneda, con las mismas armas que antaño exhibía el oficialismo: unidad, coherencia y seguridad en la victoria.

El exitoso manejo de la actual crisis económica realizado por la Presidenta, en vez de acercar las preferencias de los ciudadanos hacia las pretensiones de un quinto gobierno concertacionista, parece más bien aumentar la brecha de esa posibilidad y la muestra está en que Bachelet ha sido incapaz de traspasar algo de su impresionante caudal de popularidad, hacia las aspiraciones de Eduardo Frei.

Toda una paradoja parece ser entonces que esta Presidenta, amén de los innegables logros de su gestión, termine entregando la banda presidencial y el legado de una exitosa administración, al representante de la Alianza en marzo próximo.

Oponerse a las aspiraciones de Piñera entonces, plantea al oficialismo la misión de apropiarse de los logros del actual gobierno y a la Presidenta el ánimo de heredarlos. Ser o no ser, más que nunca parece ser hoy  la pregunta.

*Pablo de la Vega H. es periodista.

 

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