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Algo más que una elección presidencial

por 1 noviembre 2009

¿Se dividirá la DC si Frei no pasa a segunda vuelta, unos con Piñera y otros con Marco? Esta división, ¿llevará a algunos DC a trabajar en el próximo gobierno de Piñera si éste gana?

Por Raúl Zarzuri*

En las últimas semanas se ha dejado entrever por parte de analistas políticos de las más variadas tendencias, la idea que esta elección presidencial es más decisiva que la histórica del Sí y el No. Las razones son variadas, pero habría que señalar que lo central no está necesariamente en quién saldrá elegido presidente -es relevante por supuesto-, si no, en las implicancias y efectos que tiene para la sociedad chilena y la política, una elección tan reñida como la actual.   

Una primera cuestión a considerar es que por primera vez en 20 años, la Concertación llegará en segundo lugar en una elección presidencial, cosa que estuvo a punto de suceder con Lagos, pero que a pesar del susto en esa oportunidad, no se puso en duda la continuidad de gobierno del conglomerado oficialista. Hoy, ese susto se ha transformado en miedo y resignación de llegar segundo, comenzando a instalarse la idea que quizás esta elección se pierda. De esta forma, se intenta minimizar esta situación, construyendo un discurso, donde llegar segundo en primera vuelta es ganar -esto en clara referencia a Marco Enríquez-Ominami-, pero como diría una vieja canción de Miguel Bosé "....ser tercero es perder, ser segundo no es igual que llegar en primer lugar".

Entonces, no es igual si se llega  segundo -por lo menos para Frei, no así para Marco Enríquez-Ominami-, ya que a nivel simbólico la concertación siempre ganadora y triunfalista, probará la medicina que tanta veces ha hecho beber a la oposición por lo menos en una primera vuelta, aunque como están las cosas, no es imposible imaginar ver a la presidenta Bachelet entregar la banda presidencial a la derecha con Piñera a la cabeza, ya que en todas las elecciones presidenciales desde la recuperación de la democracia, el candidato a la presidencia que ha ganado la primera vuelta ha sido elegido -y ungido- presidente de la república. Se instala de esta forma, un mensaje paradójico: hay que votar en primera vuelta para intentar salir segundo y votar en segunda vuelta para intentar salir primero. Difícil tarea.

No esta demás señalar que con un escenario donde Piñera es el ganador, el impacto a nivel simbólico se amplifica. Que fuerte sería ver entrar a La Moneda a Chadwick, Coloma, Larraín, Longueira y compañía, y más aún, instalarse como ministros y verlos en las portadas de los diarios y la televisión todos los días por cuatro años. Fuerte también sería ver instalado a Marco Enríquez-Ominami, aquel denostado y ninguneado candidato que hoy aparece para una parte del conglomerado oficialista como su sepulturero y para otros como "la salvación y renovación de la política". Habría que señalar y no olvidar, que así funciona la democracia.

Una segunda cuestión a considerar en esta elección, e independiente de quien gane, es que supone por una  parte el termino de la Concertación tal cual la conocemos hasta ahora, cuestión que venía siendo señalada por algunos cientistas políticos desde finales de los noventa (Joignant por ejemplo), y por otro, el cierre del proceso de transición que ha vivido nuestro país. Respecto de lo primero, hay que señalar que la Concertación ha gobernado nuestro país por cerca de 20 años (más tiempo que la dictadura militar), siendo un conglomerado exitoso en la política chilena, que implementó una transición que ha sido catalogada como modelo a imitar y que ha llevado a nuestro país por una serie de mejoras a nivel social y económico -que hay que reconocer-, pero que también ha dejado enormes deudas pendientes.

Pero quizás uno de los pendientes que sobresale y que para algunos puede poner en jaque la democracia en nuestro país, dice relación con la participación ciudadana y la construcción de la participación política, donde esta se ha institucionalizado a pesar de la crisis que viven los partidos políticos, generando un divorcio entre la política, el quehacer político y la ciudadanía, y donde el espacio y los tiempos de la política no tienen nada que ver con el espacios y los tiempos de la vida cotidiana, por ejemplo. Más aún, la política es vista como una practica de una elite, que precisamente la ha secuestrado -como lo ha señalado Enríquez-Ominami-, donde impera principalmente el cuoteo político (uno de los llamados males). Esto sumado a lo que se ha denominado la "fatiga de material" o desgaste propio de tantos años de estar gobernando, supone que estemos frente al fin del ciclo de los gobiernos de la Concertación, por lo menos, tal cual lo hemos conocido hasta ahora.

Este fin de ciclo, producto de estas elecciones presidenciales, pone en el tapete otras cuestiones de interés. Una de ellas es lo que se denominó la "jubilación de nuestra vieja clase política". Hay un acuerdo -o por lo menos lo hubo hasta hace unos meses-, de "jubilar(se)" a una generación que ha participado en política desde los años 60 -para la Concertación- y desde los 70 y 80 para la derecha. O sea, decirle "adiós a esos viejos estandartes", o como decía Vicente Huidobro, "que se vayan los viejos y que venga una juventud limpia y fuerte, con los ojos iluminados de entusiasmo y esperanza" en su candidatura presidencial del año 25, en el sentido que dada la actual crisis que vive el sistema político en nuestro país -cuestión que es transversal, y que se manifiesta fuertemente por la aparición de la candidatura de Marco Enríquez-Ominani-, hay que realizar un recambio generacional.

La pregunta que surge, es si es suficiente que se retiren esos "viejos estandartes". Creemos que el problema pasa necesariamente por ahí, pero no es suficiente. Es evidente que necesitamos caras nuevas en la política, que muchas veces se confunde con caras jóvenes, como ha sucedido con el maquillaje de los comandos de Frei y Piñera (Bowen la cara del recambio juvenil del comando de Frei, ha sido relegado a un segundo plano). La cuestión es otra. Si bien se puede entender la jubilación como una "revuelta generacional", donde la edad aparece como central, sin embargo no es tan así, ya que precisamente el llamado es a desterrar viejas prácticas de hacer política que hoy en día están en tela de juicio y que pueden contaminar a las nuevas generaciones, o sea, a los jóvenes que están interesados en esta forma de hacer política. Por eso no basta con ser joven, si no, que haya "jóvenes de cualquier edad", pero que insuflen nuevos aires a la política dejando de lado, las viejas prácticas tan denostadas hoy, tanto por los jóvenes -los principales críticos- pero también por los adultos.

Esto se conecta con una cuestión central que se tendrá que enfrentar en los próximos años nuestra política: ¿cómo se reeduca la política chilena? o ¿cómo se instala una nueva pedagogía de la política?, ya que precisamente esto será uno de los nudos centrales a enfrentar, si no se quiere continuar con el declive en la participación tradicional que se manifiesta en la baja inscripción en los registros electorales -no sólo de los jóvenes- y también en la alta tasa de votos nulos y blancos. Por lo tanto, no es suficiente con la nueva ley de inscripción automática y voto voluntario. La cosa va por otro lado, encantar a los desencantados, y eso significa rescatar y abrirse también a las nuevas formas en que se manifiesta la participación política, para así, por lo menos poner en tela de juicio algunos graffitis que se pueden encontrar en las calles de nuestras ciudades: "Si la política sirviera para algo, estaría prohibida" o "No vote, actúe".

Otra cuestión de interés, es la nueva configuración del mapa de la política después de estas elecciones presidenciales, particularmente en lo referido a lo que se conoció como Concertación y que toca fuertemente también a la izquierda chilena. Es obvio que hoy en día, el sostén de Frei es la centroizquierda (PS, PPD y PRSD) y la izquierda (PC) y donde precisamente se están disputando los votos, tanto Frei como Marco Enríquez-Ominami. Esto es una cuestión no menor, porque precisamente se observa en el candidato oficialista un discurso denominado de centro izquierda o progresista, que precisamente dista mucho de lo que sería el clásico discurso de la Democracia Cristiana (DC), hogar de Frei.

Hay que señalar que este discurso -progresista- ha permeado -para bien o para mal- las propuestas de todos los candidatos -más fuerte en uno que en otros- También hay que señalar que esto que ocurre en estas elecciones, es algo que se ve también en Europa, donde gobiernos de centro derecha o de derecha, han asumido con programas y discurso de centroizquierda. Entonces, dos preguntas surgen entre otras. La primera es ¿qué es ser de izquierda hoy en día y en el futuro? o si no se quiere poner así, ¿qué es ser progresista?, cuestión que interpela fuertemente a la centroizquierda de la Concertación, pero también al Partido Comunista, que paradojalmente aparece como un partido más de la Concertación, producto de su "real politik" para intentar ingresar a como de lugar al Congreso, como si esto fuera suficiente para hacer frente a unos de los insignes enclaves autoritarios, como lo es el sistema electoral, cuestión que por otro lado, desdibuja la candidatura de su "candidato oficial", Arrate, dejándolo sólo como un mero actor secundario. Lo segundo, es qué papel va a jugar la DC, cuando en estos últimos años va en franca caída -que quizás se profundice-, y ya no es ni siquiera el sostén de la candidatura presidencial oficial. ¿Se dividirá la DC si Frei no pasa a segunda vuelta, unos con Piñera y otros con Marco? Esta división, ¿llevará a algunos DC a trabajar en el próximo gobierno de Piñera si este gana? Evidentemente hay una pregunta más general por el rol de los partidos políticos en el Chile del Siglo XXI, pero especialmente de la (centro) izquierda y por supuesto de la DC.

Algunos de estos elementos que se han señalado más otros que podrían integrarse, podrán estar señalando que estas elecciones presidenciales e independientemente de quien gane, supone en alguna medida el cierre de la transición a pesar de la existencia todavía de algunos enclaves autoritarios (por ejemplo nuestro sistema electoral y otros).  En otra columna en este mismo medio señalaba que el piloto automático de la conducción de nuestro sistema fue encendido hace mucho tiempo, y no hay ninguna posibilidad que alguien lo vaya a desconectar. Eso es precisamente lo que representan fuertemente las candidaturas de Frei y Piñera y en menor medida Enríquez-Ominami, aunque este último aparece como el más rupturista y con más posibilidades de generar algún tipo de cambio.

Entonces, nuestra bien evaluada presidenta tendrá que entregar la banda presidencial a Piñera como representante de la derecha, cerrando el círculo que se inició con el traspaso de la banda por parte de Pinochet a Aylwin, o tendrá que entregársela a Frei, cerrando el círculo de los gobiernos de la "vieja concertación", ya que aún cuando esta gane, ya no será la misma, lo cual supone una (re)invención de esta, o entregarle la banda a Marco Enríquez-Ominami, cerrando -o al menos intentando- el círculo de la "vieja política", pero abriendo una posibilidad a una nueva política. Entramos entonces al parecer en una nueva etapa de cierres y aperturas, quedando como interrogante si estos cierres darán paso a aperturas y nuevos caminos (la renovación de la política, de los políticos, etc.) posibilitándose la emergencia y construcción de otros caminantes y caminos, que como diría Machado, se van haciendo camino al andar.

*Raúl Zarzuri es sociólogo, director e investigador del Centro de estudios Socio-Culturales (CESC). Miembro de la campaña de ME-O.

 

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