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¿Quién le teme a MEO?

por 2 noviembre 2009

Frei representa el paradigma de la oligarquización de la política, un candidato sin muchas luces, lo suficientemente disciplinado para mantener la estructura de poder tanto en la sociedad como en los partidos políticos de la coalición.

Por Rodrigo Pizarro*

Una vez más Ernesto Águila, Director Ejecutivo del Instituto Igualdad, se pone al servicio de la dirección del Partido Socialista para atacar la candidatura de MEO (La Tercera, 29 de octubre) sin duda para contrarrestar las ‘conversaciones' entre diputados progresistas y miembros del Comando del diputado. Águila ya lo había hecho antes, el 14 de junio, en el mismo medio, argumentando que la candidatura de Enríquez-Ominami era 'iluminada y oligárquica', que se sostenía sobre un discurso de la 'anti-política y la desinstitutionalización' y que el candidato no aceptaba las reglas del juego democrático.

En este nuevo artículo reitera la tesis, pero esta vez sostiene nada menos que la centroizquierda enfrenta una decisión histórica entre optar por lo que caracteriza como una institucionalidad evolucionada (Frei y Escalona) o una suerte de chavismo neoliberal mesiánico (MEO). Su análisis sería cómico sino no fuera trágico. ¿Puede alguien seriamente argumentar que el Partido Socialista de Escalona o el proceso de elección del candidato del oficialismo es producto de una institucionalidad evolucionada?

Pero si bien el análisis no tiene mayor asidero, y constituye otro instrumento de la política de desprestigio que ha instigado Escalona, sí tiene razón en cuanto a la importancia para la centroizquierda de la elección presidencial de diciembre. Efectivamente ésta representa un plebiscito sobre cómo avanzar en la construcción de un nuevo proyecto político progresista.

La opción de la Concertación frente a los evidentes cambios en la sociedad chilena, y el apoyo abrumador con que cuenta la Presidenta, ha sido reinventar al candidato del oficialismo. Frei ha pasado de ser un sombrío ‘modernizador' neoliberal en los noventa -donde impulsó las privatizaciones de las sanitarias, las concesiones en infraestructura, la integración no discriminatoria con el mundo- a convertirse en un estatista de viejo cuño.

Así mismo quien, como Presidente, nunca recibió a las agrupaciones de derechos humanos; y declaró, en su  momento, que Chile no estaba preparado para una mujer presidente, ahora incorpora a la madre de la Presidente como símbolo de su campaña presidencial. La transformación es total y, de esta manera Frei se convierte en el representante de una suerte de ‘centroizquierda institucionalizada' que ofrece la continuidad del proyecto progresista de la presidente Bachelet.

Pero es sólo un espejismo. Frei no ofrece ninguna propuesta seria para reformar el modelo económico ni la estructura de poder en nuestro país, lo que constituye la base de la desigualdad social. Ni siquiera, aunque sea como promesa de campaña, el equipo económico fue capaz de proponer una reforma tributaria, una propuesta de política mínima para avanzar hacia mayor equidad social.

Frei representa el paradigma de la oligarquización de la política, un candidato sin muchas luces, lo suficientemente disciplinado para mantener la estructura de poder tanto en la sociedad como en los partidos políticos de la coalición. Mientras que su propuesta de gobierno, a pesar de la retórica, redunda en mantener el modelo económico con el agregado del asistencialismo benéfico que ha impulsado el Ministro Velasco con el pomposo título de sistema de protección social chileno.

Desde Robert Michels, sociólogo de principios de siglo, está claro que la mayor amenaza a la democracia es la oligarquización de las organizaciones sociales y publicas. Qué mejor expresión de esta realidad en Chile que la alianza entre la Nueva Izquierda de Escalona y la Expansiva de Velasco, el eje de poder del gobierno de la Presidente Bachelet.

Si bien MEO viene de la elite, su candidatura resulta aterradora para la oligarquía de la Concertación porque representa precisamente una transformación total en la actual estructura de poder. Ello explica el curioso apoyo irrestricto de Escalona y Velasco a Frei, y la desesperación del gobierno con la incapacidad del candidato oficial de remontar en las encuestas.

La elección de MEO en primera vuelta no sólo significa un cambio generacional, sino también una renovación total en la dirección de los partidos de la coalición. La elección de MEO en segunda vuelta significa una transformación en la actual estructura de poder, lo que traerá una sociedad más justa, un desarrollo económico más equilibrado y un sistema político más democrático. He ahí el tema de fondo, y la explicación del amplio apoyo que recibe su candidatura que traspasa alianzas históricas. El eje aglutinador del  nuevo proyecto político que representa MEO y, a mi juicio, el único camino viable para un nuevo proyecto progresista, es la distribución del poder; proyecto tan lejos del Chavismo como de la actual Concertación.

Águila tiene razón: la centroizquierda efectivamente merece una institucionalidad evolucionada; pero Marco Enríquez, a diferencia de lo que él señala, no representa la destrucción de la institucionalidad política, sino la construcción de una nueva, en base a una distribución equitativa del poder. La nueva institucionalidad, a la que muchos aspiramos, es una en la cual los partidos sean organizaciones democráticas que constituyan vasos comunicantes entre la sociedad y el Estado; y no estructuras oligárquicas que se sostienen con recursos del Estado, en base a las prebendas que entregan a sus militantes, o en donde sus intelectuales se ponen al servicio del aparato en vez de la verdad.

*Rodrigo Pizarro es ex director de la Fundación Terram.

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