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¿Exceso de educación en Chile?

por 17 noviembre 2009

Es mucho más grave que los maestros no aprendan arte, educación física ni los rudimentos de la ciencia y transformarlos en instructores, pues aunque dominen todas las técnicas de enseñanzas -las metodologías específicas de cada una de las cuatro materias- no serán más que técnicos hábiles en...

Por Rodrigo Larraín*

Hace unos días se podía leer en la prensa que, a lo largo de toda su carrera, un estudiante de Pedagogía en Enseñanza General Básica aprende el equivalente a medio ramo de matemáticas y a medio de lenguaje.  Aunque ese es el caso, seguramente extremo, de una universidad privada, daría una tendencia que confirma un estudio del Departamento de Ingeniería Matemática de la Universidad de Chile, el que concluye que, en términos generales, sólo el 6% del currículum de esa carrera se destina a las matemáticas.  Efectivamente hay materias que los profesores de la educación básica no saben y ello exige correcciones urgentes; pero no en el sentido de lo que se propone por lo que, posiblemente, haya que emprender una cruzada para que no se devalúe más la formación a la que acceden la mayoría de los niños chilenos.

Aunque todavía no hay propuesta, la autoridad educativa nacional pidió a los centros de investigación y a las universidades formadoras que elaboren un marco que se haga cargo de algunos lineamientos: triplicar la formación en matemáticas, lenguaje, ciencias y sociedad; abandonar la formación en artes plásticas, artes musicales, educación física, educación tecnológica; prescindir los ramos de formación general comunes a todas las pedagogías, como currículum, evaluación, por ser de carácter general, metodología de la investigación -pues los profesores no investigan- entre otras recomendaciones.

La verdad es que una propuesta sobre las anteriores bases encubre un profundo daño tanto a los niños que se formarán como a los futuros pedagogos.  Desde hace mucho tiempo la ciudadanía ha podido observar como se denigra a la profesión pedagógica y como se ha disminuido su rol y su prestigio en la sociedad.  Un cierto libertinaje normativo permitió formar, con títulos perfectamente legales, a maestros en cursos extraordinarios -los profesores "marmicoc"- con poquísimas horas y en condiciones ajenas a los mínimos exigidos en programas regulares.  Por supuesto no caen en esta crítica los programas que en horarios extraordinarios completaban las horas definidas en los programas regulares de las mismas carreras que, en jornada diurna dictaban algunas universidades; los que convalidaban sobre la base de documentos y en los que las clases eran efectivas.  Desafortunadamente, muy pocos programas cumplieron tales requisitos.  De lo anterior se sigue que un elenco importante y tal vez mayoritario de los pedagogos del sistema se formó aparte de la formación universitaria regular, por lo que las cuentas hay que pasarlas a quienes lo permitieron.

Otro punto importante es que se fue imponiendo la idea que hay que acortar los años de estudios de las carreras, según la tendencia mundial y asociar estas a diplomados, postgrados u otros estudios de carácter complementario, es decir, retrasar el ingreso al mundo laboral.  O sea, la falta de condiciones para ingresar directamente al trabajo se solucionaría achicando las carreras.  Absurdo.  Y hay un candidato presidencial que en su programa de gobierno insiste en acortar las carreras, tal como lo indica la OCDE y el banco Mundial.

Luego de mucho tiempo, los pedagogos, la ciudadanía y los políticos lúcidos lograron que las carreras pedagógicas quedaran radicadas exclusivamente en las universidades y que, para acceder a la condición de pedagogo, fuera necesario el grado académico de licenciado en educación.  Un avance sin lugar a ninguna duda.  Un grado académico es un certificado de calidad y, por lo mismo, no habilita para trabajar; el permiso para hacerlo es el título.  O sea, para ser licenciado se requiere saber las materias que permiten formar a un licenciado, que son, obviamente, diferentes a aquellas para alcanzar un título. 

Curiosamente, algunas de las materias que se propone eliminar son las propias de la licenciatura, como metodología de la investigación.  Por otra parte, para alcanzar la condición de pedagogo hay que conocer la asignatura axial de la profesión: currículum educacional; es en torno al currículum en donde se han obtenido las mejores iniciativas para renovar la praxis del magisterio.  Saber currículum es ser maestro, saber poco o nada es desprofesionalizar la pedagogía, saber un currículum específico de una especialidad es tener un conocimiento de carácter meramente técnico.

¿Podrá mejorar la calidad docente transformando a profesionales en semiprofesionales (esto es, formando técnicos)?  Claramente no, la experiencia internacional y la evidencia empírica chilena muestra lo contrario, tienen más éxito con sus alumnos quienes se han formado en programas regulares o tienen estudios posteriores de especialización.

Pero es mucho más grave que los maestros no aprendan arte, educación física ni los rudimentos de la ciencia y transformarlos en instructores, pues aunque dominen todas las técnicas de enseñanzas -las metodologías específicas de cada una de las cuatro materias- no serán más que técnicos hábiles en unos pocos fragmentos del saber humano.  Ni ellos ni sus niños podrán disfrutar, aunque sea insuficientemente, de otras posibilidades del saber.  Medidas así destilan un clasismo vergonzoso si bien maquillado de preocupación por la calidad de la educación.  Una vez más pierden los pobres, sean los estudiantes de pedagogía, sean los alumnos de estos. 

Los estudiantes de origen humilde esperan recibirse para trabajar, no para continuar estudios posteriores. Ellos esperan que se cautele qué aprenden y dónde; los alumnos de estratos bajos no tendrán oportunidad de apreciar algo distinto al reaggeton en música o al grafitti en arte plástico.  Además que no tendremos verdaderos profesionales, vale decir, gente con formación completa en un área de conocimiento, con habilidades de discernimiento, pensamiento crítico, imaginación, adhesión a la ciencia, espíritu indagativo, independencia en las decisiones que atañen a sus aptitudes intelectuales, valoración por parte del medio (dignidad meritocrática), entre otras muchas características, si se debilita la formación inicial de los docentes. 

Es imposible pensar en formación de profesionales sin saber metodología de la investigación; posiblemente los profesores investigan poco, nadie ha pensado en que se vuelvan investigadores; sin embargo, esa es la mitad de la verdad, la otra y que se oculta, es que todo profesional es consumidor de saber válido, por lo que si no tiene formación científica para decidir que le sirve, para actualizar sus conocimientos, para interpretar datos, juzgar lo que lee, etcétera; de no ser así, los estaremos condenando a una minoridad intelectual reprobable.

¿Será posible que haya una iniciativa destinada a devaluar y, en seguida, a extinguir la pedagogía profesional?  Ojala que no; pero no deja de ser sospechoso que si alguien no sabe, se le enseñe menos.  Nunca hubiese imaginado que en Chile había exceso de educación, que se enseñaba demasiado, tal vez esta sea la oportunidad para que los mentores de tales ideas sinceren las razones de su propuesta, con lenguaje franco y no en una nebulosa ideológica construida en base a estudios de poco valor científico.

*Rodrigo Larraín es sociólogo de la  Universidad Central.

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