Sábado, 3 de diciembre de 2016Actualizado a las 10:48

Perú, nuestro amigo del norte

por 25 noviembre 2009

Lo actuado por el gobierno peruano está revestido claramente del carácter de acto político instrumental, destinado a retomar el control de la agenda política amagada por sectores nacionalistas y parte de la izquierda. Y forma parte de un viraje hacia una nueva fase política que le permita...

No existe ninguna posibilidad que los países se cambien de barrio. Independientemente de sus imaginarios políticos y culturales, están obligados a vivir eternamente con sus vecinos y a tenerse consideraciones mutuas de respeto y tolerancia, si no de cooperación.

Es esa convicción la que hace lesivo y desagradable el tono que domina las declaraciones de las autoridades peruanas en torno al eventual caso de espionaje. Pues más allá de que ellas estuvieran fundadas en hechos inamistosos reales, como podría ser el reclutamiento en calidad de informante de un militar peruano, el tono enerva aún más la situación y dificulta el control de las acciones imprudentes por parte de nuestras autoridades.

Es un tema recurrente en medios diplomáticos y militares sostener que las acciones de inteligencia, como pagar por información, intervenir teléfonos o reclutar informantes, en relación a otro país, son un hecho corriente que todos los Estados hacen. Y que las reacciones al quedar al descubierto debieran ser de fair play y bajo perfil público.

Aunque sea algo común no parece justificado en la época actual. Porque la transparencia y cantidad de información que es posible obtener de fuentes legales y abiertas, amén de los desarrollos tecnológicos, con una adecuada inteligencia estratégica en los análisis permite certidumbres apreciables en materia de seguridad.

Más aún, si a lo anterior se añade la necesidad de colaboración entre países para satisfacer el paradigma vigente de seguridad colectiva y cooperativa en el medio internacional actual, acciones de espionaje como el que eventualmente se habría cometido van en contra del interés nacional de los propios países que la cultivan, lesionando fundamentos de su propia seguridad.

Es posible que el tono usado por las autoridades peruanas reproduzca el  sentimiento negativo que respecto a nuestro país domina a parte importante de la elite política peruana. Esto, expresado en la posición  preconizada por el ex canciller peruano Carlos García-Bedoya  -considerado por muchos peruanos como el padre de la diplomacia moderna de ese país- respecto a que las relaciones con Chile deben ser frías, "aunque no tanto porque el hielo se quiebra."

Pero lo actuado por el gobierno peruano está revestido claramente del carácter de acto político instrumental, destinado a retomar el control de la agenda política amagada por sectores nacionalistas y parte de la izquierda. Y forma parte de un viraje hacia una nueva fase política que le permita enfrentar sus problemas de popularidad y recomponer la opción APRISTA de cara a las elecciones del 2011. 

Es evidente que la situación exige un máximo de prudencia porque hay de todo en el escenario, desde imprudencia hasta heridas históricas e instrumentalización política. Y es el momento en el cual las fuerzas de la sensatez debieran exhibir e imponer su sensibilidad para evitar los destrozos que una acción irresponsable puede generar en las relaciones entre dos países.

Algo similar a lo actuado prudentemente por Ecuador en dos casos relacionados con este tipo de actividades. Uno vinculado al reclutamiento de un agente ecuatoriano por la inteligencia peruana a la que habría vendido importantes documentos de la Defensa de su país y que recientemente fuera condenado a cinco años de cárcel por el hecho.

El otro es el reservado reconocimiento de Héroe Nacional a Enrique Duchicela Hernández sargento primero de la Fuerza Aérea Ecuatoriana, desaparecido  mientras cumplía funciones en la Embajada Ecuatoriana en Lima el año 1988. Según el escritor peruano Ricardo Uceda en  su libro Muerte en el Pentagonito, Los cementerios secretos del Ejército Peruano,  publicado el año 2004, este, acusado de espionaje,  fue secuestrado y asesinado por agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército Peruano (SIE), quienes habrían incinerado su cuerpo en el sótano del Cuartel General. El gobierno ecuatoriano guardó silencio durante años y recién el Presidente Correa hizo el gesto militar con un muy bajo perfil.

Aceptar que hechos de esta u otra naturaleza, por menores que sean, forman  parte del juego normal de las acciones de inteligencia entre naciones civilizadas es un despropósito. Peor aún, transformarlas en fuentes de tensión o usarlas como fuente de acción diplomática para desprestigiar a otro país.

Al igual que todos los Estados, Chile debe garantizar que este juego del espionaje no se produzca, pues en cualquier momento alguien puede sembrar un muerto en el patio de una embajada o generar un incidente fronterizo de fatales consecuencias para la seguridad de todos.

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