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¿Qué harás Marco?

por 29 noviembre 2009

Me atrevo a sugerir que en el caso muy improbable que Marco llegue a segunda vuelta, el joven que ha sido tratado de díscolo con piel de cordero, se convertirá a los ojos de los medios y de la derecha en el peor rebelde sin causa, en un iconoclasta irresponsable, en un amoral, y así una y otra...

Esa pregunta, con ecos tan intensos, es la qué hoy por hoy se hacen los cercanos a Marco, y se la hace él mismo, sin duda. Es que Marco se convirtió en el hecho político de estas elecciones y en un actor clave entre la Alianza y lo que queda de la Concertación en un eventual escenario de segunda vuelta. Si hemos de creer a las encuestas -al menos a las que tratan de indagar en el comportamiento del electorado el próximo 13 de diciembre-, el casi 20% de apoyo con que Marco contaría, lo interpela con un nada trivial sentido de responsabilidad política.

Más aún cuando el propio Marco ha destacado la coherencia con su historia de su actual discurso y lo seria de su vocación de servicio al país y a su gente. ¿Actuará él, sin embargo, en consecuencia? ¿Qué valor, negativo o positivo, agregará a su futuro político la opción que asuma en este nada fácil trance?  Sobre esa base, es importante analizar la complejidad de las inminentes decisiones que Marco deberá tomar y que serán claves para la continuidad política de su propia figura (so riesgo de pasar a la Historia sólo como una fugaz golondrina que no hace verano).

Y escribo a propósito aquello de "su figura", pues el sentido crítico e histórico creativo de su discurso (por instalar nuevos temas culturales, por mirar al futuro, por superar la dicotomía anacrónica de izquierda y derecha al menos bajo los parámetros de la modernidad, por postular una reforma radical del Estado, la nacionalización del agua y una reforma tributaria), sin duda que tiene un enorme potencial, de ahí el apoyo que ha concitado; pero no necesariamente será su figura la que podrá  mantener el liderazgo de ese discurso y de un electorado cuya proyección es a ir en aumento, más aún cuando a la fecha en su campaña no se ven ni gestos ni un diseño estratégico consistente con ese objetivo, que es de largo plazo, que es histórico y cultural.

Ante esas preguntas, van aquí algunas reflexiones sobre sus principales desafíos. Pese a que Marco hasta el 12 de diciembre jugará su rol de líder  competitivo, lo cierto -y nuevamente si hemos de creer a las encuestas- es que es casi nula la posibilidad que su nombre sea estampado en la plantilla del voto disponible en las urnas el 16 de enero del 2010. Pese a la persistencia de su discurso respecto a que él es el candidato para derrotar a Piñera, lo más probable es que Marco concurra no como competidor sino sólo en un rol de decidor clave. Quiéralo o no, Frei pasará a la segunda vuelta y él deberá optar entre apoyar a Frei o a Piñera, entre hacer eco con la racionalidad y coherencia política de Arrate en esta materia o continuar como un díscolo solitario y funcional, en este caso, a un eventual triunfo presidencial de Piñera

Una cosa innegable es el apoyo que Marco ha ido concitando en una carrera presidencial que él mismo ha dotado de cierta emoción. Apoyo que en lo sustantivo proviene de dos fuentes; que, sin embargo, le tensionan. Por un lado, es innegable su capacidad para conectar con un sector relevante del ciudadano ayer concertacionista y hoy desencantado por la sequía creativa, la ausencia de sueños, el foco meramente administrativo, las deslealtades internas, y todas las falencias que desde ya hace algunos años acusa la coalición política que ha encabezado los cuatro últimos gobiernos democráticos, tal vez los más exitosos en la historia del país. Por otro, también es innegable su capacidad para conectar con sectores de signo más apolítico, en relación a la mirada tradicional y moderna de la política, que se ordenaba en bloques de izquierda y derecha.

Brevemente esos son los dos mundos que desde el origen conviven en Marco. (En paréntesis, hay otros que se le han arrimado a última hora, los derrotados en las internas concertacionistas, políticos oportunistas que andan siempre al asalto de un espacio desde el cual algún día puedan gozar de un poder que por meritos les es esquivo; políticos que mañana podrán hacer más daño que bien, ya que ellos son ajenos al sentido más profundo de las propuestas de Marco).

Y son esos mundos los que seguramente lo tensaran a la hora de definir el qué hacer pos 13 de diciembre: o actuar en coherencia con su ethos democrático, con su memoria multicolor y ser capaz de negociar y concertar voluntades (que es lo propio y sustantivo de la política: ponerse de acuerdo sobre la base de mínimos y máximos posibles, del respeto y de un ganar - ganar), o bien guardar silencio, que en este caso es lo mismo que una gran señal de indolencia hacia el candidato de la derecha, amén de negarse a hacer lo que ha sido su mensaje implícito en toda la campaña: avanzar en más democracia, en más justifica social, en más regulaciones ambientales, en más libertades ciudadanas, en más incorporación de la diversidad, que es precisamente todo aquello que niegan los actores del poder económico y político que apoyan a Piñera.

No hay que perderse respecto a la funcionalidad política de la figura de Marco hacia con la burda y carente de ideas derecha chilena. Tiendo a pensar que él es inconciente de esa funcionalidad. Durante la disputa electoral hemos asistido a una persistente campaña comunicacional interesada en levantar la candidatura del díscolo, como en forma entre cariñosa y aséptica se le ha adjetivado. Paradójicamente los intereses de líneas editoriales varias, apoyados en la buena performance mediática de Marco y señora, han levantado su candidatura concientes que en última instancia es funcional con la opción política real de estos medios: Piñera.

Marco sabe que en la gestión editorial de los medios no hay ingenuidad. Luego sabe que las páginas y páginas, minutos y minutos, profusamente destinados a promover su figura, no han sido en vano. El debería saber que el poderoso discurso crítico contracultural que expresa su candidatura es ajeno a los editorialistas de los medios de comunicación chilenos, tal vez los culturalmente más retrógrados y afines a la derecha más reaccionaria de occidente, que son quienes apoyan en los hechos a Piñera.

En ese marco comprensivo, no es casual que en el último debate haya llegado a ser grosero como Piñera daba el abrazo del oso una y otra vez a Marco; quién, si bien incomodo, no quiso o no fue capaz de sacudirse con energía del rictus cínico del empresario. Pese a que sabe, pareciera que como Candido el joven candidato fue seducido en su ego por los cantos de sirena de medios y encuestas que le han convencido que él llegará a segunda vuelta y que es más competitivo que Frei ante Piñera. Cuando la verdad es que ni él ni Frei por separado, menos Arrate, son competitivos ante Piñera: lo único cierto es que para ganar a Piñera se necesita de las candidaturas que provienen de las tradiciones democráticas y republicanas, por ejemplo, herederas de la historia de Aguirre Cerda, de Frei padre, de Tomic, de Allende, junto al aporte de nuevas sensibilidades que hacen los ecologistas, los movimientos de la diversidad cultural, étnica, sexual, y las mujeres libres del país. A tono con el Bicentenario, se podría decir que se necesita reunir a lo mejor del siglo XX con lo mejor del siglo XXI.

Seguramente la manipulación de la figura de Marco que han hecho los medios y la estrategia política de la derecha en lo que han llamado la ruta -ya termine siendo frustrada o no- de Piñera a La Moneda, será analizada latamente post elecciones. El empresario y sus cercanos han jugado con esa manipulación y con demagogia y más demagogia han hecho anuncios sociales de toda laya, que sabemos imposibles de cumplir si tenemos en cuenta la historia y conducta del sector y la actual realidad-país. Más todavía, me atrevo a sugerir que en el caso muy improbable que Marco llegue a segunda vuelta, el joven que ha sido tratado de díscolo con piel de cordero, se convertirá a los ojos de los medios y de la derecha en el peor rebelde sin causa, en un iconoclasta irresponsable, en un amoral, y así una y otra diatriba que apuntará a demoler su figura. Es decir, los mismos que le han aplaudido por su frescura en pos del cambio, le harán la vida imposible y lo convertirán en el nuevo paradigma del caos, igual que su padre biológico.

Dicho eso, ante la pregunta ¿qué harás Marco?, la verdad es que reitero lo ya antes anunciado: el candidato tiene ante si sólo dos caminos posibles, con distinto paisaje y diferente empedrado.

Uno es el camino fácil: el del silencio, el del no acuerdo con Frei y Arrate para la segunda vuelta, lo que en los hechos se traduce en un acuerdo con el único candidato a quién le conviene su silencio. Este camino es el que hace sentido en un sector de su electorado, en el apolítico, legítimamente desencantado de los Escalonas de este mundo, pero incapaz de ver que también existe la política noble y que esta consiste en soñar lo posible y lo imposible cada vez y en cada caso, debatiendo y llegando a acuerdo, en un ejercicio social que es individual y colectivo. Y este camino también hace sentido entre quienes se le han acercado desde la emoción de la insatisfacción consigo mismo o del resentimiento con la concertación, quienes dicen preferir la abstención o anular el voto, porque así creen castigar a la desgastada coalición de gobierno, cuando en rigor de esa manera castigan a un pueblo que necesita más de lo hecho por la concertación, mejorado y superado es cierto, pero más acceso justo a la salud, mejor educación, más protección del medio ambiente, más diversidad cultural y ciudadana, etcétera, todas cosas que la derecha, por su historia, sabemos que no hará. Esos desafíos están ahí, muy presentes, y en nuestro país podrán resolverse sólo a través de la gestación de una nueva coalición democrática, cuyas bases debería sentar el discurso y la práctica de los tres candidatos cuya historia algo tiene que ver con esos desafíos, entre ellos, obviamente el propio Marco.

Y precisamente este último es el otro camino, el difícil, por lo constructivo y creativo que conlleva. Es el camino histórico que interpela al país a transitar hacia un nuevo bloque socio cultural y político que vaya más allá de la Concertación, que asuma las grandes tareas y desafíos del Chile  Bicentenario, del Chile de cara al siglo XXI. Algunos a la hora de imaginar y soñar este nuevo bloque han recordado la breve experiencia de la coalición del Olivo en Italia, en tanto ahí confluyeron los demócratas históricos y las nuevas sensibilidades contraculturales. Y tienen razón, ya que acá en Chile necesitamos un nuevo pacto político- ciudadano que en una primera fase meramente instrumental pos 13 de diciembre sea capaz de derrotar a Piñera, y luego, durante el gobierno de Frei, vaya decantando, desde una oposición social y cultural constructiva, en un nuevo sueño país.

Marco si transita por la ruta fácil, corre el riesgo más grave de un político: acabar perdiendo credibilidad (ya hay signos al respecto, de hecho el crecimiento en las últimas semanas de Arrate tiene que ver con la molestia entre muchos por su ambigüedad ante Piñera). Mientras que el camino difícil, potencialmente podría permitirle entrar por la puerta ancha de la noble política, en la medida que confluya con Arrate en un apoyo instrumental a Frei. Este apoyo, aunque siendo un consenso electoral instrumental (evitar el triunfo de Piñera), por un lado podría viabilizar que el nuevo mandatario asuma un programa de mejoramiento de lo hecho hasta ahora por los gobiernos democráticos de las últimas dos décadas y, por otro, podría agudizar la imaginación para gestar un nuevo consenso programático ciudadano que profundice en algunos de los planteamientos que en campaña ha hecho Marco (y Arrate, y hay que decirlo, también algunos sectores de la Concertación), cosa de ir dando sentido de realidad a una nueva mayoría democrática, socialmente justa, diversa y ecologista para Chile.

En este cruce de caminos, no hay donde perderse, ¿cierto Marco?

*Hernán Dinamarca es periodista.

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