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Los descontentos tenemos una alternativa: Jorge Arrate

por 3 diciembre 2009

Todos quienes nos consideramos de izquierda no podemos menos que sentir, una vez más, que enfrentamos una elección presidencial y parlamentaria en condiciones desfavorables. Nada en política es gratuito. A veinte años de haber derrotado a la dictadura, aún nos pesa el no haber sabido culminar adecuadamente esa victoria y, en el marco de la nueva vida republicana, haber preparado a las organizaciones sociales para continuar avanzando en sus derechos.

El ejercicio de la Política siempre nos limita la opinión fundada y priorizamos necesariamente en función a la acción, y no al curso de la discusión que nos lleve a conclusiones de un mínimo rigor ¿Debemos debatirlo todo? Es evidente que no todas las ideas puestas sobre la mesa tienen la misma relevancia política. Un ejemplo claro de argumento academicista y contemplativo es el que señala que, en la actual contienda electoral, “lo mejor que puede ocurrir es que gane la derecha”, porque ésta no tendrá “las recetas adecuadas” para enfrentar los conflictos sociales y los sectores progresistas podrán reordenarse desde la oposición e “innovar en la agenda política”; esto aparece sustentado en la idea de que la derecha respetaría los precarios avances logrados en estos años, y la notable afirmación de que Chile se caracteriza por una “dinámica institucional sólida”, todo lo cual da cuenta de una mirada a lo menos ingenua. De más está decir que este tipo de análisis no presenta como sustento ningún estudio serio respecto a la evolución de los diversos actores sociales en nuestro país, y si mucho comentario académico acerca de las “tendencias mundiales”.

Lo único evidente es que no nos puede ser indiferente el gobierno que tenga nuestro país. Este es un tema que irrumpió con seriedad en la elección que enfrentó a Lagos y Lavín, que se mantuvo en la elección de la Presidenta Bachelet, y que hoy resulta crítico. No nos es indiferente, queremos lo mejor para nuestra sociedad. Es el Chile de nuestros hijos el que está en juego ¿Queremos que se impongan los intereses de los grandes grupos económicos y de las transnacionales, y se flexibilice aún más el mercado del trabajo? ¿Queremos que la solución de la crisis en el sistema educacional pase a ser la imposición de las reglas del mercado? Efectivamente, hoy conservan buena parte del poder económico y militar que les heredó la dictadura, incluso siendo minoría, y gracias al sistema binominal, han conservado el control del Parlamento. Sin embargo, debemos reconocer que en los últimos veinte años la Concertación ha logrado importantes avances en las condiciones de vida de los chilenos, reduciendo los índices de pobreza y ampliando la cobertura de derechos fundamentales como la salud, la educación y la previsión.

Al respecto no podemos confundirnos, la Concertación no ha sido lo progresista y republicana que muchos hubiésemos querido, no ha usado todos los recursos posibles para terminar con el sistema Binominal, o generar las condiciones para tener una constitución realmente democrática, o avanzar más decididamente en ámbitos tan importantes como la misma educación, los derechos laborales, la defensa del medio ambiente o los Derechos Humanos. En todo caso, aunque en la Concertación participen sectores de izquierda, tenemos clara conciencia que no es su tarea impulsar o realizar el programa de la izquierda.

Todo indica que la Concertación no está leyendo bien el escenario y no asume que, de no obtener a lo menos un 30% en la primera vuelta, lo menos que la ciudadanía esperaría es que sus actuales líderes den un paso al costado, para que en esta coyuntura otros puedan abordar con más legitimidad la negociación de una nueva mayoría democrática, que genere gobernabilidad con una impronta de avanzada social.

Diferente es la discusión respecto a cómo enfrentamos el camino de la izquierda para volver a ser alternativa de gobierno. Cuando se comenzaba a delinear el escenario electoral, hace algo más de un año, era natural el optimismo que sentíamos, más allá de que en ese entonces aún no se definían los posibles candidatos. La Concertación enfrentaría esta elección en un estado de crisis interna nunca vista. Sectores importantes de ella la abandonaban para incorporarse a los “descontentos”. La mayoría coincidíamos en que la dinámica de los acontecimientos de la última década daba cuenta de que la izquierda tradicional, incluyendo en este concepto una amplia referencia a objetivos, métodos, orgánicas y discursos, no era representativa del “descontento” de amplios sectores de la Concertación, y de los jóvenes que no están participando en política. En cuanto supimos que Jorge Arrate se había sumado, con reales posibilidades de representar a la naciente izquierda amplia en las elecciones presidenciales nos acercamos de inmediato; se trata de un socialista que conocíamos desde la lucha contra la dictadura, de gran experiencia, consecuencia, liderazgo y, sobre todo, capacidad de enmendar rumbos. La izquierda, decíamos, con él puede salir de la marginalidad política, dando cuenta de su vitalidad, presentando un programa ambicioso pero realista, sin las consignas dogmáticas que la habían caracterizado, consiguiendo un pacto electoral que virtualmente rompiera el sistema binominal, y obteniendo más de dos dígitos en la primera vuelta electoral.

Es evidente que el juego de la política real nos encuentra mal parados. La derecha, a través de los medios de comunicación que controlan, gracias a los errores inexcusable que al respecto ha cometido la propia Concertación, favorecen el quiebre del “descontento”; no sería lo mismo que éste fuese capitalizado directamente por la izquierda, a que se distinguiera entre esa izquierda y la proveniente de la Concertación. Más allá de la conciencia que tengan los actores respecto a los intereses que pueden aunar, este dato ratifica que debimos dar pasos mucho antes para impedir estos quiebres.

El “descontento” no es un algo homogéneo. Este dice relación con la crisis de una forma de hacer gobierno y hacer política, lo que le da una amplitud de gran proyección. Se trata de un mal que afecta a todos quienes forman parte del establishment del poder y del gobierno, políticos de derechas y de izquierdas que acaban por tener intereses que a ratos resultan comunes. Esto se ve agravado por la sutil frontera que se ha establecido entre los intereses públicos y los privados, donde los que ayer cumplían misiones de Estado, incluso como ministros o subsecretarios, hoy están del otro lado del escritorio representando los intereses de los grandes grupos económicos, que hace sólo días tenían la misión de controlar. Esto fue denunciado tempranamente por sectores demócrata cristianos, socialistas y del PPD, que optaron por salirse de la Concertación. Por ello no es casual que Jorge Arrate hoy esté apoyando candidaturas parlamentarias incluso de ex DC. No debemos olvidar que estos mismo democratacristianos, o socialistas, ayer estaban junto a nosotros luchando contra la dictadura y son coautores de la victoria republicana; por lo que, más allá de las responsabilidades individuales, la culpa originaria es de la izquierda; la pérdida de la brújula está pasando ahora su factura.

Marco Enríquez Ominami, no es un aparecido en la izquierda, es un diputado que desde su postulación al parlamento se declaró de la izquierda de la Concertación. Legítimamente levantó su opción presidencial, tal como en su momento lo hicieron otros intentando representar este evidente “descontento”; lo que ha pasado posteriormente es conocido. No es extraño, entonces, que sectores decepcionados de la Concertación se hayan unido a otros de la propia izquierda extraparlamentaria en su campaña, buscando resolver el problema de la renovación de la propia izquierda junto con el del “descontento” de la política. El problema es que, como señalábamos, el “descontento” de la política involucra también a la derecha por lo que, con la inteligente colaboración de ésta, desde un comienzo se han unido en torno a su candidatura; utilizando la imagen de la serial de TV “Los 80’”, se unió el joven esforzado y honesto que quería volar, con el cuico fascista que con un linchaco lo atacó por la espalda. Por lo demás, aquí también están presentes los cruces entre lo público y lo privado que tanto ha complicado a la Concertación en el poder ¿o tiene alguna trascendencia el que los intereses económicos sean representados por un empresario con ideas de izquierda o de derecha, cuando estos siempre son de lucro? El problema de la izquierda es avanzar en la construcción de un país más justo y democrático, y nada nos indica que esa alianza con fines electorales nos lleve por ese camino, menos aún cuando su destino podría terminar siendo el favorecer el regreso de los sectores que Marco ha llamado “los más ultraconservadores de Chile”. Por cierto, más allá de las responsabilidades individuales, la pérdida de la brújula por parte de la izquierda aquí nos está pasando otra factura, y por esto es que debemos insistir; la opción de Marco siempre ha sido legítima y debe formar parte de todo proyecto futuro que impulsemos.

Nos queda entonces afrontar los argumentos de si votar, o no, y por quién, para asegurar el triunfo siempre de la mejor opción, sino una revolucionaria, para Chile. La gente vota porque considera que el acto de participar en condiciones de igualdad, en los procesos de la vida política, es una acción valiosa por sí misma, más allá de sus consecuencias. No quiere esto decir que éstas no importen, pero las consecuencias del acto individual del votar no son lo único que importa, pues ya sabemos que si cada uno midiera el peso de su voto por sus consecuencias la gente no iría nunca a votar. Esto también puede ser válido para el acto de la abstención militante, que considera la acción de votar mala en sí misma, con independencia de las consecuencias. Éste ha sido un clásico argumento que considera que la participación electoral refuerza, con un simulacro de libertad, la dominación burguesa.

Una cosa son las consecuencias de una acción estrictamente individual, y otra muy distinta las consecuencias de una acción individual inserta en el marco de una acción colectiva socialmente organizada. En el acto de sufragar se está participando del juego democrático y, como en todo juego, la motivación no viene sino del compromiso con el juego mismo. Sabemos que, ya dentro de éste, lo hacemos con un firme deseo de ganar, porque en sus mismas reglas está la búsqueda del triunfo. Por cierto, también sabemos que si, por algún motivo, se vicia la opción de ganar, se acaba también el compromiso con el juego.

Los ciudadanos tendemos a participar, y la abstención militante o el voto en blanco o nulo son formas de hacerlo. Sin embargo, es evidente que la existencia de cortapisas a la democracia, condiciones que limitan el creer en la posibilidad de ganar, como el sistema binominal en el que antes de la elección será claro quiénes serán los elegidos, y estos son escogidos por los partidos, condicionan una creciente abstención de los procesos electorales. Sin duda que también inciden otros factores, como la desaparición de las formas tradicionales de solidaridad de clase, lo que ha dejado al individuo más y más sólo ante la precarización de la vida social y económica. Otro factor, que ya pareciera influir en nuestra sociedad, es la creciente sensación de que la política es impotente ante unos procesos de alcance mundial, como las crisis económicas que periódicamente nos afectan, y que parecen condicionados por grandes imperios privados que no tienen que rendir cuentas a nadie (las empresas transnacionales) y por unos mercados financieros frente a los que nos encontramos inermes. Pareciera entonces que contrarrestar la abstención electoral requiere más reflexión que la desplegada hasta ahora, y pretender incidir adhiriendo a alguna forma de obtención se confunde con muchas otras condicionantes.

En todo caso, y más allá de la efectividad de su convocatoria, me parece relevante destacar que quienes han llamado a abstenerse o anular en los últimos cuatro procesos electorales lo han hecho sin desconocer el valor del “juego democrático”, sencillamente porque no han tenido candidato que estrictamente los represente. Para la izquierda, renuncia a incidir en la política republicana significa abandonar un rol activo, y siempre se debe evitar ese escenario. La “libertad de acción” es un mal sucedáneo, que más bien agrava la falta al requerir de una explicación de por qué las opciones serían lo mismo, cuando es evidente que prácticamente nunca lo son.

Todo indica que la Concertación no está leyendo bien el escenario y no asume que, de no obtener a lo menos un 30% en la primera vuelta, lo menos que la ciudadanía esperaría es que sus actuales líderes den un paso al costado, para que en esta coyuntura otros puedan abordar con más legitimidad la negociación de una nueva mayoría democrática, que genere gobernabilidad con una impronta de avanzada social. Eso haría creíble el valor del voto ciudadano y cerraría las puertas a quienes pretenden llamar a la libertad de acción a sus adherentes, entregándole a la derecha la opción del triunfo. El llamado de Jorge Arrate entonces adquiere una nueva dimensión; el acuerdo de Marco Enríquez y de Eduardo Frei a parar a la derecha, es convocado por el compromiso social de una izquierda que asume sus circunstancias en el actual escenario y la necesidad de ser responsables frente a la historia de nuestro país.

Un fenómeno nuevo en la política nacional, y no sólo en la izquierda, es la búsqueda de argumentos y el presentarlos al debate. Todo lo que he aquí escrito, para confrontarlo, ha sido legítimamente presentado por otros. Lo que aún nos cuesta aceptar es que nuestras ideas sean debatidas con la misma seriedad y convicción que lo hacemos nosotros al presentarlas. Hoy el debate republicano se ha liberado de las consignas dogmáticas, sin embargo aún nos cuesta acostumbrarnos a ocupar argumentos sin apellido, intentando así denotar su presunta “verdad absoluta”. El propio Marx rechazaba esta actitud, y sólo distinguía la ciencia buena de la mala, y decía que, a quien “procura acomodar la ciencia, no a un punto de vista emanado de la ciencia misma, por erróneo que pueda ser, sino a un criterio dictado por intereses extraños y ajenos a ella, creo que no es injusto aplicarle el calificativo de ‘deshonesto’.”

La izquierda tiene argumentos honestos y robustos para volver a ser alternativa de poder en Chile. Creo entonces que también tenemos poderosas razones para llamar a los “descontentos” a votar por Jorge Arrate, a decir también por qué en primera vuelta no nos parece correcto votar por Marco Enríquez o por Eduardo Frei, y porque la izquierda no debe ser un mero espectador y junto a Jorge Arrate tiene que hacer política, con la posibilidad de sus fuerzas, para lograr un acuerdo de gobierno que impida que la derecha se haga, ahora por la vía electoral, del poder total.

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