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Victor Jara, sin bandera

por 8 diciembre 2009

Victor Jara, sin bandera
Embajador cultural de la Unidad Popular, rostro protagónico de la campaña que llevó a Allende a La Moneda, víctima de la más cobarde y cruel vulgaridad de los militares después del Golpe de Estado, Víctor Jara es, qué duda cabe, mártir de un mundo de izquierda que para siempre lo reclamará como símbolo.

Cantores Funeral Victor Jara Marisol GarciaLos cantores de la foto son tres de los muchos que esta mañana se sumaron de manera espontánea a la romería hacia el funeral de Víctor Jara. Los fotografié a la altura de la Pérgola de las Flores, cuando la multitud ya indicaba que la procesión hacia el Cementerio General sería una de las más masivas (y lentas) de un funeral público en nuestra historia. Desconozco los nombres de estos tres músicos, su repertorio, y si leyeron o no esa mañana en La Tercera la nota que le adjudica al cantante Américo 140 millones mensuales en ganancias por recitales.

Hicieron, sin embargo, una de las interpretaciones más hermosas que he escuchado alguna vez para “La partida“, la conmovedora pieza instrumental que Jara incluyó en su disco El derecho de vivir en paz. Pausada, afinada, con fuerza; urdida como homenaje anónimo para quien pasaría poco rato después en una carroza fúnebre rodeada de bailarines, amigos y autoridades.

Quienes se empeñan en mantener inmaculados a los mitos populares, olvidan cuánto pueden ganar éstos alejados de la proclama, enriquecidos por la grandeza que siempre gana un artista desobediente a los moldes.

A la mitad de la melodía, el grupo a su alrededor comenzó a moverse y a gritar lo increíble: «¡El que no salta es Pinochet!». Sólo ellos tres y yo mantuvimos nuestros pies firmes sobre el pavimento. Nadie quería escuchar. Peor, mascullé, nadie ahí quería pensar. El grito símbolo de la juerga en dictadura, remedado absurdamente en un contexto de tributo, con un apellido maldito sacado innecesariamente desde su entierro para distraer una jornada de música y agradecimiento. «¡Con Piñera, mejor con Piñera!», gritó alguien a mi lado, como preocupado de actualizar la tontera. El trío musical siguió, estoico, hasta el último acorde.

Embajador cultural de la Unidad Popular, rostro protagónico de la campaña que llevó a Allende a La Moneda, víctima de la más cobarde y cruel vulgaridad de los militares después del Golpe de Estado, Víctor Jara es, qué duda cabe, mártir de un mundo de izquierda que para siempre lo reclamará como símbolo. El trayecto de la romería de esta mañana se encendió hoy con miles de banderas rojas, y se vieron arreglos florales con las banderas del FPMR, el PC y el MIR.

Tras el cortejo, Guillermo Tellier, Andrés Lagos, Jaime Gajardo y Jorge Arrate se sentían despidiendo, con toda justicia, a uno de los suyos. La corrección política impide aún separar al cantautor de la carga partidista que rodea su memoria, pero, a 36 años de su muerte, se hace necesario permitirse ya la evaluación de Jara también como un creador autónomo, crítico, heterodoxo; cuyo repertorio supera con creces la pura canción revolucionaria, y cuya biografía ofrece numerosas pruebas de un espíritu disidente que no pocas veces lo hizo enfrentarse a la jerarquía comunista más rígida (basta recordar su polémica grabación de 1970 con los rockeros Los Blops).

«Si Víctor estuviese vivo, yo no tengo dudas de que hubiese seguido nuestro camino: renunciar al PC», me dijo esta semana Eduardo Carrasco, de Quilapayún, en una reveladora entrevista que no tuve espacio para publicar íntegramente en La Tercera. Aludía a su caso, pero también al de amigos cercanos en tiempos de la Nueva Canción, como Inti-Illimani y Ángel Parra. La profunda revisión ideológica de Carrasco ha quedado registrada en decenas de entrevistas y en el entretenido libro La revolución y las estrellas. Su opinión tiene la autoridad simultánea de la cercanía y de la distancia, pese a que sus confesiones le han ganado vehementes críticas de sus antiguos compañeros de causa. Su teoría sobre Jara puede ser incomprobable, pero agita con frescura la memoria de un hombre hoy recordado en incontables afiches, chapitas, poleras y banderas en las que su voz ya no se escucha.

Quienes se empeñan en mantener inmaculados a los mitos populares, olvidan cuánto pueden ganar éstos alejados de la proclama, enriquecidos por la grandeza que siempre gana un artista desobediente a los moldes. Lamentablemente, no tenemos hoy a Jara para precisar los alcances de su humanismo, pero están sus canciones –amplias, desprejuiciadas, innovadoras– y el testimonio vivo de sus cercanos para comprender la altura y trascendencia de su mirada pionera. Las palabras no son mías, sino de Carrasco, uno de sus buenos amigos:

«Confunde mucho las cosas cuando de pronto se detiene la vida de una persona y se convierte en una figura emblemática para grupos que se apoderan de su imagen y que no necesariamente representan las causas por las que Víctor luchó. Víctor no era un líder en el sentido político de la palabra. Hay un malentendido que yo confío que está disipándose de a poco. Víctor hubiese seguido una evolución. Los valores de su arte no tienen que ver con partidismos, e incluso esas características más políticas están vinculadas a una situación que no es la actual. Es importante rescatar a Víctor para todos los chilenos»

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