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Señales

por 12 diciembre 2009

Durante más de veinte años la Concertación ha tenido que dar señales. A veces, más que señales, ha tenido que entregar garantías. Garantías de que no cambiaría el modelo económico, que no tocaría a Augusto Pinochet.

Hoy por hoy, cuando se acusa a la Concertación de todo, cuando la empresa norteamericana Bloomberg los llama “dinosaurios”, cuando toda una generación de votantes no conoce otro gobierno, es fácil olvidar de que en algún momento no fue así. Para llegar al poder, la Concertación, y los partidos que la constituyen, tuvieron que vivir un largo y duro proceso de renovación, que logró convencer a una mayoría – no todos – de los chilenos que esos partidos habían cambiado. El optimismo de “la alegría ya viene” no era solamente porque se terminaba una dictadura. Era porque venían vientos nuevos, renovadores, y a la vez un poco desconocidos.

Y así es que durante más de veinte años la Concertación ha tenido que dar señales. A veces, más que señales, ha tenido que entregar garantías. Garantías de que no cambiaría el modelo económico, que no tocaría a Augusto Pinochet, que no haría cualquier cosa que pudiera desequilibrar el fino ecosistema político impuesto por la Constitución de 1980.

Es fácil olvidar que muchos no le creían. Pensaban que como la Concertación contenía muchos de los personajes que habían participado en la política y los partidos de izquierda pre-1973, representaban las mismas ideas e políticas. No sabían, o no sabían reconocer, los tremendos cambios internos, la renovación ideológica, y la manera en que había cambiado no solamente la izquierda chilena, sino la mundial también.

durante más de veinte años la Concertación ha tenido que dar señales. A veces, más que señales, ha tenido que entregar garantías. Garantías de que no cambiaría el modelo económico, que no tocaría a Augusto Pinochet.

Con el tiempo la Concertación demostró que lo suyo no fue solamente un giro táctico. Se creyeron el cuento. La frustración de Jorge Arrate proviene precisamente de esa creencia, y de ese giro. Para él la Concertación se acomodó al poder. Ese es parte del cuento. Pero en realidad la Concertación aprendió a vivir dentro del ecosistema, alguna vez impuesto, pero ahora bastante cómodo. Los dinosaurios evolucionaron, pero evolucionaron para un ecosistema determinado.

Esta elección es una prueba. ¿Ha sido capaz la Concertación de seguir evolucionando? Marco Enríquez-Ominami dice que no. Que él es el líder del futuro, que ayudará a cambiar el ADN de la Concertación (y de ADN concertacionista él sabe). Arrate dice que la Concertación tiene que evolucionar hacia atrás. Y Frei cree que la Concertación siempre ha sabido evolucionar, por lo tanto hay que mantener los liderazgos que en el pasado han llevado ese proceso de reflexión a un buen puerto.

Pero la elección del domingo – y la de enero – también exigirá señales de la derecha. Porque hoy la gobernabilidad, o la falta de tal, no es el exclusivo dominio de un sector. ¿Qué señales de gobernabilidad dará la derecha? ¿Qué planes tiene para enfrentar los desafíos de la educación pública (y por cierto, la privada), las demandas de los pueblos originarios, las deudas históricas y no históricas de los sindicatos, las expectativas de los jóvenes, los problemas de la PYMES, y las reivindicaciones limítrofes, para mencionar algunas? La pregunta no es qué planes tiene para solucionar estos temas. Los gerentes saben de soluciones, descritas nítidamente en un Power Point y planificadas en una Carta Gantt. Pero ¿sabrán manejar los costos políticos? ¿Tendrán la paciencia para negociar, viendo sus propuestas diluidas por miles de demandas? ¿Tendrán la paciencia para recoger opiniones ciudadanas? ¿Después de tanto tiempo, serán capaces de dar garantías de gobernabilidad?

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