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Brasil-Honduras: un Gulliver frustrado

por 14 diciembre 2009

Tampoco un historiador de las relaciones internacionales encontrará fácilmente en la política exterior de Brasil un episodio tan marginal como éste, y que haya tenido a sus tomadores de decisión tan en ascuas.

Una pelea propia de Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift -entre liliputanos y blefuscuences-, esta vez en Tegucigalpa, parece estar convirtiéndose en el primer rayón de pintura que tiene ese aspirante a gigante llamado Brasil.

Su errático manejo del caso Zelaya-Micheletti amenaza con empañar gravemente el vasto reconocimiento obtenido en los últimos años por ese país en el plano internacional, y que le ha valido, entre otros, integrarse al BRIC, junto a los grandes emergentes del mundo de hoy, India, Rusia y China, o bien al admirado G-20.

Pero Zelaya y Micheletti –un liliputano y un blefuscuence- han conseguido dejar al descubierto falencias muy relevantes. Y es que el Gulliver sudamericano parece no haber desarrollado suficientemente aún esa conciencia e instinto, sine qua non de cada potencia, característicos de todo gran actor del sistema internacional –de cada estado pivotal como lo denomina Brzezinski- para estar dispuesto a lidiar con problemas grandes, chicos y medianos en cualquier parte del globo; y muchas veces de manera simultánea. Y convengamos que Honduras es un problema chico. Y más aún, dentro del hemisferio.

Transcurridos varios meses de ese sainete protagonizado por Zelaya y Micheletti, con sus respectivos socios y adláteres, parece evidente que ambos han enredado a la diplomacia brasileña de una manera tal, que ni el más agudo politólogo hubiese podido avizorar. Tampoco un historiador de las relaciones internacionales encontrará fácilmente en la política exterior de Brasil un episodio tan marginal como éste, y que haya tenido a sus tomadores de decisión tan en ascuas. De hecho, Clodoaldo Bueno, el gran historiador de la política exterior brasileña no menciona casos análogos en sus principales obras.

Tampoco un historiador de las relaciones internacionales encontrará fácilmente en la política exterior de Brasil un episodio tan marginal como éste, y que haya tenido a sus tomadores de decisión tan en ascuas.

En Tegucigalpa, Itamaraty no sólo fue sorprendido con el intempestivo ingreso del hombre del sombrero a su embajada, sino que cada día ha ido quedando en evidencia una asombrosa perplejidad debido a una situación que no evoluciona como esperaba. Lo que ha rebasado todo lo imaginable es el episodio del avión  mexicano, solicitado de conjunto con Argentina.

En el fracaso de esa operación subyace la terrible realidad de que Itamaraty jamás imaginó estar como hoy, donde el grande va a la zaga. Verse superados por la picardía y el doble juego, tan presentes en el caso hondureño, ha sido un golpe al ego institucional. A ojos de cualquier observador, parece un Gulliver estupefacto ante su nula incidencia en un submundo de enanos. Inmensamente revelador de su desazón es la petición de que, ante la realidad –tan insoslayable como siempre- el depuesto mandatario se tome la molestia de abandonar la legación a fines de enero. Habrá que ver si tan magnánimo gesto será correspondido en el futuro con alguna palabra de deferencia o agradecimiento. A simple vista, se ve difícil. Zelaya gusta de la teatralidad y la grandilocuencia, vive con fuerza cada momento, y aunque es algo atarantado en sus decisiones, en el fondo es un jugador de póker, que sabe muy bien lanzar sus cartas.

Claro. Podría argumentarse que este problema, Itamaraty no lo buscó, o que no es prioritario en la agenda externa. Podría ser. Pero lo que definitivamente no calza es que un país de tales dimensiones, y especialmente de tales aspiraciones, no haya resuelto el caso de manera satisfactoria para sus propios intereses y en un lapso relativamente breve, acorde al tamaño del problema planteado. Por añadidura debe tenerse en consideración que el caso Zelaya-Micheletti es, en lo fundamental, un asunto político relativamente pacífico, sin las dosis de sangre y violencia que deben enfrentar países similares. Una simple oteada a sus socios del BRIC da una idea de los avernos que viven potencias de esos rangos. Un vistazo a la India, con el cual comparte además la legítima aspiración a un sillón en el Consejo de Seguridad de la ONU, siempre es útil. No está demás recordar que los miembros de éste se ganaron el derecho a estar allí en el campo de batalla; ninguno fue invitado. Lamentablemente, en la pequeña Honduras, el Gulliver regional no ha sido incapaz de indicar por dónde deben partirse los huevos.

Este caso ilustra además lo erróneo de ciertas apreciaciones teóricas en orden a que los Estados son actores poderosos o débiles según lo determinen sus capacidades estructurales. Ciertamente que países con instituciones sólidas y convicciones profundas sobre su lugar en el mundo son la base de la proyección de poder, pero la evidencia apunta –con cierta porfía- a la naturaleza humana, como elemento clave. Esta sigue siendo inmensamente poderosa en el proceso de toma de decisiones. Por eso no basta con decir que se trata de un “compromiso con la democracia”. Al día de hoy, esa es un recurso retórico vago y demasiado elemental. Hoy existen varios tipos de democracia. Por eso, y no por simple “extravío metafísico”, se han desarrollado criterios de medición y se le estudia como un proceso. Ergo, si se busca jugar un rol de mediador, de negociador, de puente, de conexión –o como quiera llamársele- una de las condicionantes del éxito es indicar qué se promueve.

Las falencias aludidas en el caso Zelaya-Micheletti serán motivo de estudio en los próximos meses y años. Pero se puede adelantar que dejan de manifiesto, que los tomadores de decisión de una potencia interviniente deben estar en condiciones de medir las subjetividades propias del acontecer político; por lo menos las más fundamentales. Cómo actuar, por dónde presionar, cómo calibrar las reacciones ante movimientos sutiles y otros no tanto, cómo adentrarse en los imaginarios de los demás actores y cómo conocer los sótanos y cañerías de desagüe de los Estados. Ese algo que ocupa y desvela día a día a los aparatos diplomáticos, de defensa y seguridad de las potencias. Asuntos que los países chicos y marginales son incapaces de comprender.

Por lo mismo, mientras no se tenga como punto de partida aquello que Bloch llamaba la “simultaneidad de lo no contemporáneo” (situaciones incongruentes que proceden de épocas diversas), no se entenderá lo que ocurre en Honduras. Y si un Gulliver acepta inmiscuirse en los submundos liliputanos, debe ser capaz de fijar sus parámetros, ritmos y objetivos. En lenguaje swiftiniano: debe clarificarles a liliputanos por dónde se rompen los huevos.

¿En qué parará la pre-moderna Honduras? “En lo que Dios quiera”. Así decía acertadamente el ilustre historiador mexicano del siglo 19, Lucas Alaman para describir la inestabilidad crónica de Mesoamérica.

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