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Perdedoras

por 23 diciembre 2009

 Perdedoras
En la candidatura de la derecha, “el orden de género tradicional aparece reforzado, combinándolo con las ideas de libertad de mercado y manteniendo en sus lineamientos el eje de la división tradicional del trabajo y la adscripción de las mujeres a sus roles de esposa y madre”.

La consigna “no da lo mismo quien gobierna” está un tanto devaluada.  Quizás esto no se deba tanto a la promesa de Piñera de mantener las políticas de protección social impulsadas por la Presidenta Bachelet como a que, y así nos ven desde afuera, existirían consensos básicos entre las fuerzas políticas relevantes por lo que no se alteraría sustancialmente la economía de mercado ni la preocupación por los equilibrios macroeconómicos.

El inmovilismo que de ello se desprende, así como una cierta desesperanza, no deja de ser preocupante.  De ser así, no se divisan los giros estructurales que permitirían modificar la  desigualdad en la distribución del ingreso así como la difundida sensación de abuso en amplios sectores de la población. Sin embargo, hay un grupo que debiera inquietarse frente a lo que viene y a quien no debiera dar todo lo mismo.

Nos referimos a las mujeres de Chile, que constituyen el 52% de la población. La confianza entregada  a Piñera  en primera vuelta proyecta señales de alarma, aunque el respaldo recibido por ME-O permite matizar los pronósticos más sombríos.  El voto femenino a Piñera fue de 44,16% mientras que los hombres lo hicieron en 43,89%. La opción ME-O recibió un 21,32% frente a 18,73% de varones. Frei, mientras tanto, tuvo más apoyo masculino, 30,54% que femenino, 28,83%. Arrate, a su vez, obtuvo una votación de 6,83% hombres frente a un 5,67% de mujeres. Comparando con su propia votación, ME-O fue el más competitivo en mujeres. De hecho, su efectividad en dicho sector  fue del 56,8% de su votación. En cambio, en Piñera fue de  53,72% y en Frei fue de 52,2%.

Resulta preocupante, así como un desafío, el hecho de que el candidato concertacionista no pudiera capitalizar, no sólo el balance positivo que los gobiernos concertacionistas reportan en materia de equidad de género, sino lo realizado durante su propio mandato.  Si no se recuerdan los logros, la inercia de la desmemoria y de la amnesia femenina  tiende a prevalecer.

En la candidatura de la derecha, “el orden de género tradicional aparece reforzado, combinándolo con las ideas de libertad de mercado y manteniendo en sus lineamientos el eje de la división tradicional del trabajo y la adscripción de las mujeres a sus roles de esposa y madre”.

Resulta lamentable la incapacidad de mirar hacia atrás y reconocer que, antes de 1990, nacían en Chile tres tipos de hijos (naturales, legítimos e ilegítimos), que las salas cunas eran escasas, que se pagaba la asignación familiar al padre, que las mujeres trabajadoras estaban imposibilitadas de amamantar a sus hijos, que las trabajadoras de casa particular carecían de fuero maternal, que el subsidio maternal se calculaba sobre el sueldo base, que la participación laboral femenina alcanzaba al 31%, que se exigía el test de embarazo para postular a un empleo, que el acoso sexual parecía como algo obvio, que los problemas de familia los veían los tribunales ordinarios, que la violencia familiar era invisible, que el embarazo limitaba tanto el trabajo como la continuidad de los estudios de las mujeres, que los padres estaban ausentes en los primeros días de vida de sus hijos, que no existía un sistema de protección preferencial e integral para la primera infancia, que la ley de matrimonio civil no contemplaba el divorcio y se utilizaba el fraude de las nulidades y así, suma y sigue.

La mirada femenina comenzó a estar presente en las políticas públicas de 1990 a la fecha, no antes. Es cierto que podría haberse andado más rápido pero también es cierto que, antes de recuperar la democracia, lo que existía en la materia era un páramo sombrío. Es una lástima que los autocomplacientes de la Concertación no incorporen, a la lista de los logros obtenidos luego de veinte años de gobierno, no sólo la reducción drástica de la pobreza o el doblaje del ingreso per cápita, sino también el arsenal de políticas que han intentado horadar las diferencias por sexo y la discriminación femenina.

Sin embargo, más miope resulta que la febril identificación de las convergencias programáticas entre las tres candidaturas de la centro-izquierda que se intenta por estos días  no incluya los consensos existentes en materia de igualdad de género. Todo ello es revelador de que, para los hombres concertacionistas, estos asuntos no revisten la importancia que se le suele asignar a las reformas laborales, educacionales o tributarias. Es un craso error porque hace rato que se conocen las consecuencias de la inequidad de género y de las distintas formas de discriminación y cómo afectan al desarrollo de la sociedad en su conjunto. Ahí están, por ejemplo,  los europeos (y las europeas), que han avanzado ejemplarmente en la visibilización del impacto económico del trabajo doméstico o de la violencia de género.

Amelia Valcárcel, filósofa española, advirtió para el caso español que “las electoras casi nunca recuerdan, al votar, que son mujeres” y “dan su voto a quienes se lo negaron, dejan que administre su libertad quien la impidió a toda costa y entregan su recién adquirida educación a las opciones que quisieron mantenerlas analfabetas”. Dado el resultado electoral de la primera vuelta, cabe preguntarse legítimamente qué  podría suceder con los asuntos de género y la situación de vida de las mujeres si llega a ganar un gobierno de la llamada  Coalición por el Cambio.

En este sentido, vale la pena volver a revisar las propuestas de género de los cuatro candidatos de la primera vuelta. Sólo así es posible percatarse de que quien afirma  que Piñera y Frei dan lo mismo, al menos en estos asuntos, lo hace presa de algún efecto alucinógeno. El Centro de Estudios de la Mujer (CEM) constata la existencia de dos enfoques distintos en las cuatro candidaturas de la primera vuelta.

En la candidatura de la derecha, “el orden de género tradicional aparece reforzado, combinándolo con las ideas de libertad de mercado y manteniendo en sus lineamientos el eje de la división tradicional del trabajo y la adscripción de las mujeres a sus roles de esposa y madre”. En las otras tres candidaturas, se plantea la necesidad de “generar garantías constitucionales en materia de igualdad de género y medidas de participación política equilibrada”, aunque ME-O se diferencia al añadir el compromiso de promover la aprobación de legislación específica en materia de derechos sexuales y reproductivos.

Por tanto, no solamente el programa de gobierno de Piñera es revelador de lo que les espera a las mujeres, sino que el carácter subalterno que se le confiere a las demandas femeninas se infiere de las declaraciones emitidas recientemente por el diputado y vicepresidente de RN, Cristián Monckeberg quien, ante los señalamientos de que figuras DC podrían engrosar un futuro gabinete de derecha, afirmó que “a Cortázar no le alcanza ni para ser ministro de Sernam”. Sus dichos son coherentes con lo señalado hace un tiempo por el presidente de esa colectividad, Carlos Larraín, para quien la Presidenta se estaría dando “un gustito” al privilegiar los temas de igualdad de género.

Estas afirmaciones, que la prensa suele reducir a lo folklórico suponen un peligro, no solamente porque no reconocen el papel del Sernam en los avances experimentados por las mujeres y lo sitúan en los subsuelos ministeriales, sino también porque son el preludio de un freno a las reivindicaciones de reconocimiento y autonomía de las mujeres y, en suma, a la aspiración de aceptar la pluralidad de estilos de vida. Las mujeres no se agotan en la dimensión familiar y no se protege eficazmente a la familia convirtiendo a las mujeres en rehenes frente a sus propias aspiraciones, anhelos y sueños. Sus dichos suponen la antesala de lo que vendrá en materia de institucionalidad de género y su vinculación con un cierto modelo de mujer que subyace al imaginario conservador que no logra reconocer que la familia y la maternidad, la participación política y los derechos y deberes en materia económica, por citar algunos ejemplos, son un asunto de a dos.

Es probable que, para estos personeros de la derecha, la violencia de género, la discriminación salarial, la participación política y laboral de las mujeres y, en suma, sus posibilidades de desarrollo en todos los ámbitos lo que incluye también el cuerpo, temas todos que constituyen los afanes del Sernam, debieran reducirse a conversaciones de peluquería. Lo cierto es que la afirmación del diputado Monckeberg es grave y, de no revertirse dramáticamente la tendencia electoral por sexos en la segunda vuelta, no cabe duda de que las grandes perdedoras de esta quinta elección presidencial en democracia seremos las mujeres.

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