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Crónica de un general derrotado

por 28 diciembre 2009

A la hora de juzgar históricamente al régimen de Pinochet, lo más importante –como bien apunta Mario Vargas Llosa- es lo que nos ha mostrado la experiencia política: que los pueblos no necesitan de dictaduras para modernizarse y alcanzar el bienestar.

Hace algunos días, apareció en las librerías chilenas “La sombra del dictador. Una memoria política de la vida bajo el régimen de Pinochet”, del embajador de Chile ante Naciones Unidas, Heraldo Muñoz. Libro publicado originalmente en inglés el año pasado, premiado por la Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos y la Universidad de Duke como la mejor obra de no ficción sobre América Latina, y traducido al castellano en España por la prestigiosa editorial Paidós. Traducción que afortunadamente contó con la revisión de su autor, de manera tal que puede leerse sin jergas ajenas a nuestro lenguaje.

Más de alguien se preguntará qué aporte puede brindar hoy, en vísperas del bicentenario, un libro sobre un dictador ya fallecido y que tanto deseamos olvidar. Desde la óptica de los hechos o de su interpretación histórica, política, económica o sociológica, ninguna. Porque no es una investigación periodística como “La historia oculta del régimen militar” de Ascanio Cavallo (et al) o “Los zarpazos del puma” de Patricia Verdugo. Tampoco un ensayo de historia y sociología política como “Chile Actual. Anatomía de un mito” de Tomás Moulián o “El Chile perplejo” de Alfredo Jocelyn-Holt. Ni un simple testimonio personal como “La mala memoria” de Marco Antonio de la Parra. Ni menos todavía un estudio de ciencia política como “El quiebre de la democracia en Chile” de Arturo Valenzuela o “El régimen de Pinochet” de Carlos Huneeus.

¿Qué es entonces? Una crónica, es decir, una narración periodística basada en hechos reales, con ciertos elementos valorativos, que busca poner en contacto al lector no especialista con lo vivido por el autor para invitarlo a reflexionar, en este caso sobre la figura de Pinochet y su trascendencia internacional, especialmente para los ciudadanos de otros países que sienten curiosidad por conocer más sobre una dictadura latinoamericana, impuesta por la torpeza del intervencionismo norteamericano, en respuesta al primer gobierno marxista democrático de la historia, y que junto con asesinar, torturar, encarcelar y censurar sistemáticamente a los disidentes, impuso una economía capitalista de mercado que cimentó las bases de la modernización de Chile.

A la hora de juzgar históricamente al régimen de Pinochet, lo más importante –como bien apunta Mario Vargas Llosa- es lo que nos ha mostrado la experiencia política: que los pueblos no necesitan de dictaduras para modernizarse y alcanzar el bienestar.

Se trata, en suma, de un libro de divulgación escrito con parcialidad y subjetividad, como toda crónica, pero sin caer en el discurso panfletario, el morbo sensacionalita ni la “superioridad moral” que algunos se atribuyen para defender los derechos humanos. Ese es su aporte.

Ahora bien, fuera de algunos errores de fecha y ciertas reiteraciones innecesarias, el mayor defecto de esta obra es –como bien señala Patricio Navia- la total ausencia de autocrítica con respecto a los gobiernos de la Concertación. De hecho, el capítulo menos feliz del libro es el que relata este período.

Sin embargo, ninguna sección del libro se compara con el apasionante capítulo sobre el contexto internacional de la dictadura de Pinochet, basado principalmente en los archivos desclasificados de la CIA, que revelan la participación directa de Nixon y Kissinger en la siniestra conspiración contra Salvador Allende, desde el mismo día en que éste triunfó en los comicios presidenciales de 1970 hasta el golpe militar de 1973. Así como el apoyo silencioso de la Casa Blanca al dictador hasta 1977, año en que Jimmy Carter asume la presidencia y se hace parte de la indignación mundial por las violaciones a los derechos humanos.

De alto valor narrativo son también aquellas páginas que tratan el perfil oportunista de Augusto Pinochet, el polémico caso del desaparecido periodista estadounidense Charles Horman (en que se basó la película “Missing”) y los capítulos sobre la conmovedora lucha política de la oposición por la recuperación de la democracia, particularmente el papel que jugaron el ex Presidente Eduardo Frei Montalva –asesinado subrepticiamente por agentes del Estado en 1982, según lo establece un reciente auto de procesamiento- y Ricardo Lagos, quien después de haber sido arbitrariamente encarcelado, tuvo el coraje de desafiar al derrotado general ante las cámaras de televisión algunos meses antes del memorable plebiscito de 1988.

El capítulo final intenta responder dos preguntas claves para el juicio histórico a la dictadura: si acaso ésta fue necesaria y si el precio que se tuvo que pagar por el cambio económico valía realmente el costo humano. La respuesta del autor si bien es admirablemente negativa, una parte importante de su fundamento raya en la política ficción, ya que no es posible especular, por ejemplo, la suerte electoral de la Unidad Popular de no haber mediado el golpe y la dictadura.

A la hora de juzgar históricamente al régimen de Pinochet, lo más importante –como bien apunta Mario Vargas Llosa- es lo que nos ha mostrado la experiencia política: que los pueblos no necesitan de dictaduras para modernizarse y alcanzar el bienestar. En efecto, varios países latinoamericanos han logrado despegar económicamente a través de políticas de libre mercado sin necesidad de llamar a los cuarteles, sino gracias a una estabilidad democrática que permite el intercambio pacífico de bienes y servicios con otras economías.

Sin embargo, Vargas Llosa advierte que tampoco perdura una democracia política sin desarrollo económico. La pobreza, el desempleo y la marginación son el caldo de cultivo perfecto para el advenimiento de gobiernos populistas, sean de derecha o de izquierda, quienes bajo la falsa promesa de un nuevo modelo de sociedad, terminan ellos mismos transformándose en regímenes autoritarios para contener a los disidentes, como fue el caso de Fujimori en el Perú y actualmente de Chávez en Venezuela, o bien, terminan siendo derrocados por un golpe militar y sucedidos por una dictadura, como sucedió recientemente en Honduras.

De ahí que nos convenga cuidar la democracia si queremos que los distintos individuos y grupos dispongan libremente de sus experiencias de vida, pero esto no se logra únicamente con la pequeña virtud de la tolerancia, sino impidiendo la principal causa del fanatismo político: la insatisfacción permanente de necesidades socio-económicas. Porque nada se gana con invocar acuerdos internacionales de derechos humanos y valores democráticos allí donde no existen las condiciones de existencia necesarias para llevarlos a la práctica. Esa es la reflexión que recojo de esta crónica de un general derrotado.

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