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Editorial

Quién se queda con el timbre de los partidos

por 30 diciembre 2009

Quién se queda con el timbre de los partidos
Fuera de las deficiencias legales e institucionales del actual sistema, los partidos políticos son hoy organizaciones de baja calidad ética y democrática, con prácticas fraudulentas que disuelven el sentido de lo ciudadano y distorsionan completamente la representación. Transformándose por tanto en un elemento más de la ilegitimidad del sistema político.

Los partidos políticos están en el centro del debate en la actual elección presidencial. Ya sea para culpar o denunciar los fracasos.  Sus dirigentes han sido blancos de las críticas de los adherentes  bajo la acusación de entorpecer la campaña o lesionar la imagen de su candidato.

Ocurre con síntomas de catástrofe en la Concertación, es la razón y el origen de la candidatura presidencial de Marco Enríquez-Ominami y pasa, aunque en menor medida, en la UDI y en Renovación Nacional. Y gane quien gane las presidenciales, seguro no se articulará en torno a los partidos.

Para el ciudadano corriente, según los resultados de  muchas encuestas, los partidos políticos encarnan lo más detestable de la política y constituyen  aquello que tiene menos valor a la hora de decidir sobre los atributos de la democracia y sus instituciones. Los perciben como grupos de poder lejos de la representación democrática del interés colectivo, claramente organizados bajo lealtades clientelares con el propósito de controlar los bienes del Estado para beneficio propio.

Tal percepción contradice los rasgos  positivos que la ciencia política les atribuye a los partidos en relación a la democracia.

Fuera de las deficiencias  legales e institucionales del actual sistema, los partidos políticos  son hoy organizaciones de baja calidad ética y democrática, con prácticas fraudulentas que disuelven el sentido de lo ciudadano y distorsionan completamente la representación. Transformándose por tanto en un elemento más de la ilegitimidad del sistema político.

Para la academia los partidos son las organizaciones que deben transformar los intereses particulares en voluntades políticas colectivas y orientarlas como demandas hacia el Estado, en un  proceso  que implica competencia por el poder político para realizar esa voluntad colectiva. Deben además reclutar, entrenar y designar los candidatos a los cargos electivos del gobierno  y a los funcionarios que acceden a los cargos públicos cuando se tiene el poder.

Para que ello efectivamente se concretara sería necesario que las normas orgánicas y los procedimientos internos de los partidos chilenos efectivamente garantizaran procesos democráticos. Entregando a sus miembros el mismo o superior nivel de derechos ciudadanos que la Constitución acuerda a todos los habitantes del país.

Lamentablemente ello no ocurre.  Fuera de las deficiencias  legales e institucionales del actual sistema, los partidos políticos  son hoy organizaciones de baja calidad ética y democrática, con prácticas fraudulentas que disuelven el sentido de lo ciudadano y distorsionan completamente la representación. Transformándose por tanto en un elemento más de la ilegitimidad del sistema político.

Es importante reflexionar sobre el tema porque crecientemente se escuchan voces que claman por la refundación de algunas de las actuales organizaciones políticas, o derechamente por la  formación de unas nuevas.

La respuesta es compleja si lo que se desea es calidad democrática pues se vincula no solo a los mecanismos de regulación y control de los partidos, sino también a los sistemas de premio por sus actuaciones, especialmente en cargos electivos.

Pero si lo que se piensa hacer es cambiar unos dirigentes por otros con algún maquillaje generacional, mantener los mismos padrones de militantes llenos de inscripciones brujas que permiten el acarreo y la coima en los procesos electorales internos, el dilema de quien se queda con el timbre está resuelto. Serán exactamente los mismos que lo tienen ahora.

La enorme pifia a los presidentes de los partidos de la Concertación en el acto de lanzamiento de la campaña de segunda vuelta de Eduardo Frei habla de ese malestar profundo.

Se trate de derecha o izquierda el sistema de partidos eclosionó. Particularmente en la izquierda donde una creencia ancestral y mitológica genera la convicción de que los partidos políticos son entes eternos y no artefactos histórico-culturales que, como todas las cosas en la vida,  también tienen un tiempo histórico finito.

Como concepto, nadie niega el valor de los partidos políticos para el funcionamiento de una democracia. Pero se requiere que la institución se perfeccione en la realidad, lo que puede resultar tautológico si quienes deben hacer el cambio son los mismos que los administran con impunidad de propietarios fuera de todo control y responsabilidad pública.

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