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Ciudadanía y política: el fin de los ismos

por 5 enero 2010

Los relatos políticos que clasifican y agrupan a las personas en patrones simplificados, no obstante la evidente creciente diversidad, están obsoletos, porque son ideas nacidas en una sociedad industrial en retirada. Los propios partidos responden a tal concepción: maquinarias verticales de trabajo y estructuras repetitivas, no redes horizontales generadoras de innovación.

Una de las características del pensamiento adolescente es reflexionar sobre situaciones que valoramos como insatisfactorias, utilizando ex post el condicional “si” (“si hubiera optado por aquello, no estaría ante esta situación”), una muy común trampa del lenguaje que nos permite relativizar un “inadecuado” presente, ajustándolo y racionalizándolo, y que, por lo demás, casi siempre no es otra cosa que resultado de nuestras propias conductas y acciones previas.

En efecto, a través de nuestra infinita capacidad de interpretación, buscamos con ese juego semántico adecuar los hechos a los propios intereses personales o de grupo, insistiendo en instalar relatos que re-construyen la realidad a la medida, de modo de minimizar la insatisfacción con las consecuencias. Así y todo, aquellos discursos tendrán más o menos repercusiones reales en tanto se pueda convencer a los otros de él, puesto que la nueva hermenéutica no tendrá eficacia ni valor social si no hace circular finalmente los hechos hacia el “norte” de quien los está manipulando.

En comunicaciones sociales y especialmente en política –entendida como los movimientos de las estructuras del poder- se suele leer o escuchar afirmaciones como “si tal hubiera hecho esto, podría haber logrado esto otro”, como si las opciones de “tal” hubieran estado abiertas a todas las miradas posibles, antes que los variados factores que intervienen en la construcción de realidad, cambiaran los escenarios. No se considera que, la más de las veces, los imprevistos devienen de la imposibilidad de contar con toda la información al momento del plan y/o que los intereses en juego nos ciegan la “correcta” decisión que, livianamente, se propone ex post. Un viejo refrán explica la afirmación: “Después de la guerra, todos son generales”.

Los relatos políticos que clasifican y agrupan a las personas en patrones simplificados, no obstante la evidente creciente diversidad, están obsoletos, porque son ideas nacidas en una sociedad industrial en retirada. Los propios partidos responden a tal concepción: maquinarias verticales de trabajo y estructuras repetitivas, no redes horizontales generadoras de innovación.

Como era de esperar, en el marco de una actividad política que aún considera a los ciudadanos como adolescentes, los resultados electorales de primera vuelta han sido “leídos” por los grupos en competencia de diversas formas, la mayoría denodados esfuerzos intelectuales para adecuar los hechos de manera de convencer a los otros de que la actual situación "favorece" las expectativas de los respectivos candidatos.

Ejemplos paradigmáticos de estas interpretaciones son las frases: “el 55% votó contra Piñera” o “el 70% votó por el cambio”. Otras joyas son “la Concertación sacó menos de 30% en la presidencial, pero en la parlamentaria le ganó a la derecha” o “La Concertación y Juntos Podemos consiguieron en 2005 un 55% y ahora cayeron a un 45%”.

A nadie escapa que se trata de “relecturas” de los hechos duros en función de los objetivos de quienes los interpretan, buscando asimilarlos a tendencias que, desde esas perspectivas, se deberían expresar en el balotaje, dando el triunfo al relato de una u otra coalición en disputa por el poder Ejecutivo.

De allí que frente al fenómeno del voto “díscolo”, encarnado esta vez por el ex diputado PS Marco Enríquez-Ominami, ambas candidaturas de segunda vuelta hayan reestructurado sus mensajes en la persecución de aquellas voluntades y que la polémica se haya trabado en la muy irrelevante condición de quién representa mejor las “ideas `progresistas” de dichos electores. Demás está decir que la decisión del ex diputado de formar otro partido político, es parte del mismo mal diagnóstico.

Es decir, por si nuestras elites no se han dado cuenta, Chile ha madurado. Las personas conocen bien sus propios intereses y no los enajenan, como en el pasado, en caudillos o grupos políticos que afirman “representarlos”. Los individuos tienen hoy –cada vez más- sus propios relatos, razón de ser, metas y valores que las sustentan; las verdades se han relativizado y los liderazgos son espontáneos y de oportunidad, se dan y quitan con gran facilidad; las lealtades ya no son ontológicas y se ajustan a entornos más inmediatos; y las ideas totalizantes (todos los “ismos”, incluido el “progre”), que daban respuesta masiva a toda inquietud humana, van en obvio desbarranque. Todas estas conductas son logros del individuo sobre la masa y se han conseguido aquí luego de treinta años de libertad económica y más de veinte de creciente libertad política y social.

El actual padrón electoral no ya comulga con “ruedas de carreta”, pues se trata de personas adultas, maduras, dueñas de sus voluntades, autónomos y libres, tal como lo demostró la primera vuelta, con los cruces de votos y como lo muestran quienes han atravesado, sin rubores, el Rubicón del discurso que dividió a los chilenos entre el Sí y el No, izquierdas y derechas, progresistas y conservadores, en el siglo pasado. Los relatos políticos que clasifican y agrupan a las personas en patrones simplificados, no obstante la evidente creciente diversidad, están obsoletos, porque son ideas nacidas en una sociedad industrial en retirada. Los propios partidos responden a tal concepción: maquinarias verticales de trabajo y estructuras repetitivas, no redes horizontales generadoras de innovación.

Chile ha ingresado a una nueva etapa. Sus relaciones sociales son más complejas que las mecánico-industriales; corresponden cada vez más a una sociedad que se integra aceleradamente a las nuevas Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (NTIC’s). Los electores lo van a demostrar el 17 de enero.

Sea cual fuere el resultado –estadísticamente es imposible preverlo-, el nuevo Ejecutivo se enfrentará a una ciudadanía con paciencia más leve y que, conociendo sus derechos, los impetrará en la acción, no en relatos que readecuan la verdad de los hechos. A contar de marzo, el espacio para el discurso adolescente de los condicionales se estrechará peligrosamente para nuestras elites. La madurez ciudadana, demostrada en primera vuelta, importa una estricta correlación entre pensamiento, palabra y hecho. Por eso la etapa que se inaugura obligará a la verdad, la responsabilidad y transparencia de los mandatarios.

De nuestra parte, no quedan más posibilidades que las de nuestras acciones y aquello importa más participación. Sin ella, los oprobios de los elegidos serán la obvia consecuencia de la desidia de sus mandantes. Entonces la culpa ya no será del chancho. Como dijo hace veinte siglos Jesús de Nazareth, “por sus hechos los conoceréis”.

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