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Por quien votaré

por 7 enero 2010

Por quien votaré
No le diré a nadie por quien voto porque pertenezco a esta profesión media extraña. En épocas electorales, los cientistas políticos son como los médicos. En vez de preguntar por un dolor que tienen en el lado, en fiestas de fin de año y almuerzos familiares, conocidos y no tan conocidos piden un análisis electoral. ¿Quién va a ganar? ¿Por cuánto? ¿Qué opino de tal y tal encuesta? ¿Qué tal la franja?

Me he decidido. Ya sé por quien voy a votar el 17 de enero. Pero no le diré.

La democracia es muchas cosas, y por cientos de años los cientistas políticos han buscado una definición adecuada. Robert Dahl sólo pudo hacerlo cambiándole el nombre (poliarquía). Pero para mi gusto, la definición más sucinta y adecuada es la de Adam Pzewroski: La democracia es un sistema en que los partidos en poder pierden elecciones. Eso sería todo. Para que un partido en gobierno pierda, tienen que existir una serie de condiciones desde la libertad y diversidad de la prensa hasta el voto libre, sin interferencias, y sin tener que anunciárselo a nadie.

Muchas de estas condiciones, si no todas, fueron ganadas, de a poco, a través de los siglos. Gente murió. Siempre hubo un lado que luchó por ampliar las formas y espacios democráticos, y siempre hubo un lado que le temía al progreso. Preferían conservar los espacios ganados. La ampliación de derechos democráticos amenazaba con diluir su poder. Hoy día, los temas han cambiado, pero en este sentido esencial la política ha avanzado poco. Es por eso hay que defender estos derechos, desde la pluralidad mediática hasta el derecho de no tener que informarle a nadie por quien voto.

En épocas electorales, los cientistas políticos son como los médicos. En vez de preguntar por un dolor que tienen en el lado, en fiestas de fin de año y almuerzos familiares, conocidos y no tan conocidos piden un análisis electoral. ¿Quién va a ganar? ¿Por cuánto? ¿Qué opino de tal y tal encuesta? ¿Qué tal la franja?

Pero hay un punto adicional. No le diré a nadie por quien voto porque pertenezco a una profesión media extraña. En épocas electorales, los cientistas políticos son como los médicos. En vez de preguntar por un dolor que tienen en el lado, en fiestas de fin de año y almuerzos familiares, conocidos y no tan conocidos piden un análisis electoral. ¿Quién va a ganar? ¿Por cuánto? ¿Qué opino de tal y tal encuesta? ¿Qué tal la franja?

Se supone que lo que están pidiendo, en buena ley, es una opinión profesional. Supuestamente las expectativas de nuestros análisis electorales no son las que uno le tendría, por ejemplo, a los de un veterinario. Y así debe ser.

Todos tenemos nuestras preferencias, e incluso prejuicios ideológicos. Pero un análisis bien hecho debe dejar estos de lado. El mercado académico chileno exige cada vez más que publiquemos en revistas indexadas – es decir, validadas por ciertos estándares mínimos de calidad. Y estas revistas exigen, a la vez, rigurosidad metodológica e intelectual, de modo que no deja espacio alguno para las preferencias y prejuicios personales.

¿Cuál debiera ser el rol del académico, entonces, frente a la contienda electoral?

Sea cual sea la disciplina, la labor académica es estudiar e interpretar la realidad, sea esta la fusión nuclear o las fisuras partidarias.  Suponiendo que filósofos desde Kant hasta Foucault tienen razón, y es imposible observar la realidad con una objetividad absoluta, nuestras investigaciones siempre estarán impregnadas por subjetividad. Con el tiempo, entonces, no debiera ser difícil identificar en nuestra obra una postura ideológica, y de ahí inferir preferencias políticas. De Keynes hasta Krugman, no es difícil adivinar por quienes votaron. Con eso basta. Que hablen los papers, no los newspapers.

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