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Adiós, Buenos Aires

por 12 enero 2010


Concepto espacial. Lucio Fontana. Fuente: invertirenarte

Lucio Fontana. Fuente: artespain

Se acabó. Ha sido una eternidad. Ha durado demasiado poco. No sé si todo lo que quise conseguir cuando vine a Buenos Aires lo he conseguido. Pero algo he aprendido. Viendo un cuadro de Lucio Fontana en el MALBA he descubierto cuál es el error de mi vida. Trato de entender a los demás, de mejorar yo mismo, aumentando capas, texturas, mentalizando todo, idealizando a los demás. Y son incapaz de dejar todos esos matices y revestiduras y abrir un tajo, o varios, para ver qué hay detrás del color de las personas. Un simple tajo. Eso es lo que haré a partir de ahora. No trataré de entenderme a mí y a los demás por sus veladuras sino haciendo un tajo y viendo qué hay detrás.

Adiós, digo, Buenos Aires.

Me he reencontrado y desencontrado con personas que quiero y querré toda mi vida. He conocido a la dulce Valeria, a los chicos de Eterna Cadencia, a Vilma, a Inés, he hablado por teléfono con los descendientes de Carlos Thays y, sobre todo, a Diego Largache y quizá este hombre maravilloso me ha cambiado la vida. Ya lo veremos. Me han picado los mosquitos. He perseguido con Bárbara los bichitos de luz. He conversado con Mairal sobre el amor, la literatura, la neurosis, la carta astral y además he conocido a su hermoso hijo, a quien no pude invitarle el helado de dulce de leche que le prometí por culpa de Mairal. He recibido la oportunidad de cambiar mi vida y, quién sabe, quizá la tome. Perdimos a Sandro. Escuché salsa. He terminado un libro de cuentos. Aprendí a no sentirme víctima de mí mismo. Dormí sin dormonid( alguna vez). Comí asado y choripan. Me emborraché. Perdí mi adoradísimo iPhone en la esquina de Fritz Roy con Honduras y eso, en vez de ponerme triste, ha sido como una metáfora de todo el lastre que hay que perder para ganar algo. La vida misma, por ejemplo. Y así me encontré conmigo mismo en el sofá de la sala climatizada de Pedro Mairal. Como una nana peruana, acabo de limpiar todo. Cierro mi computadora para siempre, salgo a Florida a comprar un maletín de mano que camufle los kilos de más que me llevo en libros y me quedo aquí, en Pueyrredon al 1900, esperando que un taxi me lleve rumbo a mi casa, mi hijo, el resto de mi vida.

Adiós, sí, adiós Buenos Aires.

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