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La vida de soltero

por 15 enero 2010

Mi pasaporte dice que soy soltero. Lo mismo mi declaración de impuestos, mis papeles de salud y mis documentos de inmigración.

¿Estado civil?, me pregunta cualquier burócrata con mirada desconfiada, y me veo obligado a mentir una vez más.

Soltero.

Y el burócrata queda feliz. Igual que el político, el cura, el abogado y el señor del tele marketing que llama a las horas mas inoportunas del día para preguntar si mi “señora” está disponible.

Esta semana comenzó en un tribunal de San Francisco un juicio para decidir si los votantes de California tenían o no derecho a definir el matrimonio estrictamente como la unión entre un hombre y una mujer.

Quién sabe si tenían o no el derecho. Eso lo decidirá el juez.
Pero antes de que se dicte sentencia, me gustaría, desde mi escritorio, levantar la voz y hablar sobre la vida de dos solteros: yo y Mr. D.

Yo y Mr. D cumpliremos en Marzo diez años juntos y nueve y medio de convivencia. No tenemos hijos, pero tenemos dos gatos a los que adoramos y seis sobrinos- dos por parte mía, cuatro por parte de él- que son parte fundamental de nuestra vida.

En la última década, hemos sobrevivido el ataque del Once de Septiembre, dos graves enfermedades, la Gran Recesión del 2009 y la extirpación de todos los dientes del gato más gordo.

Yo lavo la ropa interior de Mr. D, y él, en parte de pago, soluciona cualquier problema que pueda tener con mi computador.

Yo me aseguro que tenga su whisky favorito, y él, aunque creció en New Jersey y estudió en Boston, me cocina “pastel de choclo” y otros platos chilenos que aprendió a preparar en nuestras visitas anuales a Chile.

Yo celebro las fiestas judías con su familia, leo pasajes del Talmud durante “passover” y sostuve a su sobrino, con solos días de edad, durante su circumscisión. El adorna nuestro árbol de pascua, para que yo no eche de menos la Navidad.

Cuando estoy triste, Mr. D me abraza o, si es necesario, me deja solo y en silencio.
Cuando él esta triste, le toco la cara y le digo que todo va estar bien.

Mr. D hizo reír a mi ahijada hace unas semanas, sentado en el jardín debajo de un árbol. Yo, por mi parte, le enseñé a nadar a su sobrina, cuando todavía era una niñita, en las vacaciones que pasamos con toda su familia en una isla a las afueras de Savannah.

La mamá de Mr. D fue a Chile y recorrió el país de norte a sur con mis padres. Mis padres pasaron la noche de año nuevo del 2006 con la mamá de Mr. D en Atlantic City, y en esa misma oportunidad todos nos reunimos en nuestra casa a celebrar una inolvidable navidad.

Hace años, Mr. D me mostró la casa donde nació, el colegio donde estudió y me llevó a comer hot dogs en el “boardwalk” de la playa donde iba cuando niño. En Santiago, lo llevé a la casa donde nací, le mostré el colegio donde estudié y paseamos juntos por las calles de La Reina donde aprendí a manejar.

Cuando nuestro hamster, Jr., murió, fuimos juntos al Hudson y lo lanzamos solemnemente al río. Y ahí nos quedamos, entumidos en el frío de Diciembre, esperando que nuestro querido muertito llegara al mar.

El dice que no habría podido crear su empresa sin mi apoyo. Yo me pregunto a menudo donde estaría yo si él no hubiera aparecido.

A veces nos aburrimos juntos. Otras peleamos. Y en el verano recorremos Prospect Park en bicicleta.

Mr. D duerme al lado derecho de la cama y yo al izquierdo, con nuestro gato, Luther, instalado entre los dos. Eso, durante una década.

A veces, cuando es tarde de noche y estamos los dos en cama mirando la televisión, Mr. D se pone nostálgico y me dice que no puede creer cómo ha pasado el tiempo, que nos estamos poniendo viejos. Y yo le digo entonces que no, que no estamos viejos, que nos queda mucho por delante, y después nos quedamos dormidos tomados de la mano y con el televisor encendido.

Y luego comienza otro día. Le doy un beso antes de que parta la oficina, le digo que maneje con cuidado, y después preparo un café y me siento en mi escritorio a trabajar.

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